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    Un collado muy deportivo

    ALFREDO MERINO
     
    El nombre de este portacho del Guadarrama, situado sobre Valsaín, recuerda a un deporte muy popular en siglos pasados. Alcanzarlo forma parte de una esforzada marcha que recorre interesantes parajes serranos.
    Matarían aquí los cabreros sus largas horas de ocio con este esforzado juego que antaño gozó de mayor predicamento? ¿Sería, más bien, como asegura el docto Julio Vías, lugar de apuestas de los monteros en los ratos que les dejaban libres sus quehaceres en las monterías regias que se celebraban en el cercano Valsaín?

    Como fuera. Dado que la pasada primavera se glosaban en esta sección las andanzas de Federico Díaz, del que apenas nada se recuerda hoy, aparte de ser el artífice de la que tal vez sea la más singular construcción de la región madrileña: el Monumento a los Ojos.

    Aparte de ello, y de sus singulares escritos, amistades y gustos bohemios, este madrileño fue uno de los primeros españoles en pisar el Círculo Polar Artico y, a lo que vamos, campeón de barra castellana.

    Es la barra castellana un deporte tradicional que está más muerto que vivo, a pesar de sus viejas raíces y extraordinarias singularidades. Su origen se sitúa en la barra del arado romano con la que se hacían los surcos en los sembrados y con la que los labriegos de antaño, al parecer aún no demasiado cansados con sus jornadas de agro de sol a sol, se entretenían en viriles desafíos y apuestas por ver quién la lanzaba más lejos.

    Con el tiempo, se estableció que en vez de la reja del arado, sería una barra de hierro con los extremos aguzados, con un peso por encima de los siete kilos. La actividad gozó de gran prestigio durante bastantes siglos, siendo citada en varias ocasiones por Miguel de Cervantes.

    Hasta los años 70 fue considerada un deporte con todas las de la ley, bajo el nombre de Barra Española, dependiente de la Federación Española de Atletismo, hasta su exclusión de la disciplina deportiva.

    Lo que no ha trascendido, sin embargo, es si Díaz practicó su afición en este portacho que se alza a una altura de 1.984 metros, entre el Montón de Trigo y La Pinareja, en el cordal del Guadarrama Central que es dado en llamarse La Mujer Muerta.

    Alcanzarlo es un ejercicio pedestre de primer orden y una de las marchas más interesantes de esta parte de la sierra. Comienza en el aparcamiento de Majavilán, al final de las Dehesas de Cercedilla.

    El primer tramo discurre por la calzada romana. Por ella se remonta todo el valle de la Fuenfría, alcanzándose el puerto de igual nombre, después de haber cruzado los puentes del Descalzo y de Enmedio, la pradera de Los Corralillos y la carretera de La República.

    Es el puerto de la Fuenfría una de las encrucijadas más importantes de todo el Guadarrama, pues aquí llegan la citada calzada romana, la carretera de La República, la senda de los Cospes, el Camino de Santiago Madrileño, el sendero de gran recorrido GR-10 y varios caminos menores.

    No tomar ninguno de ellos, sino salir de la pista que atraviesa horizontal la ladera y comenzar a ascender de frente y a unos 20 metros de un visible mojón de granito. Se trata de la subida del Cerro Minguete que se alza justo delante.

    Alcanzar sus 2.023 metros lleva menos de 30 minutos. Su cumbre es un privilegiado miradero sobre Siete Picos, Peñalara y Valsaín. Aunque hay que fijarse hacia el norte, para descubrir la armoniosa silueta del Montón de Trigo y, justo a su izquierda, el collado objetivo final de esta entretenida marcha.

    Desde la cima de Cerro Minguete descender por el camino que lleva al cercano portacho que separa este monte de Montón de Trigo. Luego continuar hacia el segundo, sin subir demasiado.

    El cómodo camino, enseguida se desvía a la izquierda y cruza la ladera oeste del Montón de Trigo, alcanzando sin problemas el collado que ostenta el nombre de un deporte anciano y popular que, hoy, por desgracia, ha pasado a peor vida.


    MARCHA EXIGENTE

    Para andarines. La ruta descrita discurre por caminos evidentes, sencillos y cómodos, por lo que es difícil extraviarse. Por el contrario, resulta exigente a causa de su longitud, unos diez kilómetros, e importante desnivel, alrededor de 600 metros. Calcular entre cinco horas y media y seis horas, para su recorrido ida y vuelta, por el mismo camino, sin contar paradas.


    HACIA LAS DEHESAS

    Ferrocarril. El tren es una buena opción para llegar a Cercedilla. (http://www.renfe.es y tel: 902 240 202). La carretera de Las Dehesas comienza al final de la cuesta situada sobre la estación de Renfe. Durante el verano puede limitarse el acceso de vehículos a La Fuenfría, pues los aparcamientos situados en el fondo del valle, suelen llenarse.


    PARADA Y FONDA

    Información. En el Centro de Visitantes del Valle de la Fuenfría brindan información sobre ésta y otras excursiones por la zona. Carretera de las Dehesas, kilómetro 2. (Tel: 918 522 213).

    Comer. Casa Cirilo. Las Dehesas, Cercedilla. (Tel: 918 521 798).

    Dormir. Casa rural Los Castaños. C/ Emilio Serrano, nº 10. Cercedilla. (Tel: 918 521 798).

    Directo a la cima de la esfinge

    ANDRÉS CAMPOS

    El camino más corto a La Maliciosa remonta este curso de su cara suroeste desde la Barranca de Navacerrada

    Desde los albores del excursionismo madrileño, a La Maliciosa se la comparó con seres tan dispares como una monja -el parecido que guardan las largas estrías blancas de sus ventisqueros con las tocas de ciertas religiosas lo señaló el primero Constancio Bernaldo de Quirós en su Guía alpina del Guadarrama, en 1909- y un rinoceronte, paquidermo cuyo hocico le recordaba a Juan Almelá Meliá (Andanzas Castellanas, 1918), vista por el lado occidental, su cúspide, con el cuerno del Peñotillo. Menos conocido, pero no menos acertado, es el símil que por esas mismas fechas acuñó el poeta Carlos Fernández-Shaw: La Maliciosa, esfinge inmutable.

    Es La Maliciosa una esfinge de cuatro fortísimas patas -sus estribos de las Buitreras, los Almorchones, los Asientos y los Porrones- y elegante espinazo que asciende desde el collado del Piornal, donde entronca con las Guarramillas. Una esfinge que, centinela avanzada hacia la llanura desde el cogollo de la sierra, custodia dos espacios sagrados de ésta: el alto Manzanares a saliente y la Barranca de Navacerrada a poniente. Una esfinge que nos propone hoy el enigma de cuál es el camino más corto hasta su cima.

    Para subir a La Maliciosa hay catalogadas 13 vías. La más rápida y cómoda es la que se le acerca suavemente por la espalda, por el norte, desde el puerto de Navacerrada: dos horas y 600 metros de desnivel. Pero, con sus seis kilómetros, no puede ser la más corta. ¿Y las peligrosas trochas que trepan por la abismática cara sur? Tampoco: exigen una aproximación de cuatro kilómetros desde Mataelpino. La más directa es la que sube desde la Barranca por el arroyo de las Tijerillas, entre las Buitreras y los Almorchones, salvando 800 metros de altura en sólo dos kilómetros y medio. Con una pendiente del 32%, más que una senda, es una escalera.

    Otra cuestión enigmática, pero para la que no tenemos respuesta, es por qué el arroyo de las Tijerillas aparece en todos los mapas, oficiales o no, con el nombre postizo y cero ingenioso de arroyo de La Maliciosa. Tijerillas le dicen los serranos desde que el mundo es mundo. Tijerillas le llama en sus Andanzas Juan Almelá Meliá, que remontó este regajo durante la primera ascensión a La Maliciosa de que hay noticia, allá por 1910, en lo más crudo del invierno. Y Tijerillas se lee en el letrero -cosa rara, porque los letreros en España rebuznan- que hay en un costado del aparcamiento número 2 de la Barranca, que reza: 'Senda Maliciosa y Tijerillas'.

    Guiados por esa senda, empezaremos cruzando por un puente de madera el río Navacerrada, del que es afluente nuestro arroyo. Acto seguido, doblaremos a la izquierda y, culebreando por espeso jaral, pasaremos de largo junto al embalse del pueblo de Navacerrada para llegar en diez minutos a la vaguada del arroyo de las Tijerillas, el cual llevaremos cantando en lo sucesivo a mano izquierda, mientras que a la diestra nos hará enmudecer el silencio gris de una enorme pedrera. Bruscamente, pasaremos del piso del pino al de la gayuba, al del enebro y al piorno, y de éste al del azafrán y la roca.

    Sin dejar un instante la senda, cruzaremos el arroyo por primera y última vez cerca de sus fuentes, empinado y cascajoso, nos encaramaremos al espinazo de La Maliciosa transcurridas dos horas desde el inicio y, virando a la derecha, en media hora más, a la propia cima, desde donde se ve todo Madrid y, en los días claros, hasta los montes de Toledo. A naciente se destaca La Pedriza, un caos absoluto de rocas junto al que reposa una de las estribaciones de La Maliciosa. La esfinge mira el desbarajuste pétreo de reojo y guarda silencio, enigmática.

    Con buen tiempo y en forma

    Dónde. La Barranca se halla a 60 kilómetros de la capital yendo por la M-607 (de Madrid a Navacerrada por Colmenar Viejo), con desvío señalizado a la derecha al poco de pasar el hito del kilómetro 57. Los autobuses de La Sepulvedana (teléfono 91 530 48 00) llevan al pueblo de Navacerrada, que está a sólo tres kilómetros de la citada Barranca. Cuándo. Marcha de siete kilómetros y cinco horas de duración -tres de subida y dos de bajada por el mismo camino-, con un desnivel acumulado de 850 metros -La Barranca, 1.380 metros; La Maliciosa, 2.227- y una dificultad alta, sólo recomendable en épocas de bonanza meteorológica y para personas en buena forma. Quién. Guillermo García Pérez es el autor del libro Andanzas por las sierras de Madrid, guía de la editorial La Tienda, donde se describen con todo detalle las 13 posibles ascensiones a La Maliciosa. Para esta subida en particular, también puede consultarse La sierra de Guadarrama (editorial El Senderista), de Juan Pablo Avisón. Y qué más. Cartografía que se puede consultar: hoja 18-20 (Cercedilla) del Servicio Geográfico del Ejército o mapa excursionista Sierra de Guadarrama, de La Tienda Verde (calle de Maudes, 23 y 38; teléfono 91 534 32 57). En ambos, el arroyo de Las Tijerillas figura como arroyo de La Maliciosa.

    Alto Lozoya. Travesía hasta la solitaria cumbre de Cabeza Mediana

    ALFREDO MERINO

    RASCAFRIA.- A pesar de ser el puerto más aislado del Guadarrama, el de Los Cotos fue desde antiguo una importante vía de paso. Por aquí cruzaban los naturales del Alto Lozoya cuando, para ir a Segovia o Avila, querían evitar el arisco puerto del Reventón. Así fue trazado el histórico camino del Palero, en desuso a partir del momento en que, durante los años 30, se abrió la carretera que lleva a Rascafría por el valle de La Angostura. Su parte más elevada, la que va desde Los Cotos al collado de la Sillada de Garcisancho, también es conocida como el camino Viejo del Paular.

    Es un recorrido que brinda las mejores vistas de la cabecera del valle, discurriendo por parajes solitarios. Una de las rutas sobre las que brindan información en el centro que la Consejería de Medio Ambiente tiene en el Puente del Perdón, en Rascafría, transita por este sendero. Pero, aparte de las imprecisiones en su descripción, en la misma se alude de forma continua a las balizas que deberían señalar el camino. Cinco años después de ser proyectada la ruta, aún no han sido colocadas.

    El camino puede seguirse, sin embargo, gracias a las señales recién pintadas del sendero de Gran Recorrido 10, uno de cuyos tramos coincide con esta ruta. Una vez más, el esfuerzo anónimo y desinteresado da sopas con honda a toda una señora Consejería.

    Tras la inevitable barrera, situada junto a la carretera de Rascafría, la pista se adentra en La Pradera, despejada llanura en cuyo fondo todavía perduran los restos de un barracón militar. No hay que llegar allí, sino que justo en un visible mojón situado en medio de la pradera, hay que desviarse hacia la izquierda, hacia una vaguada que desciende al profundo pinar. Más abajo hay que cruzar un arroyo, abandonando en este punto la pista, que desciende hacia la derecha, y proseguir por un sendero situado enfrente. Las señales blanquirrojas, pintadas sobre una piedra del suelo, ayudan a encontrar el rumbo.

    Unos puentecillos de madera conducen a un abandonado refugio perdido en la espesura del bosque. Tras él, una subida desemboca en otra despejada pradera desde la que se contempla toda la vertiente norte de las Cabezas de Hierro. Una fila de piedras clavadas en el suelo llevan al caminante a un abrupto descenso que no termina hasta llegar al fondo del barranco abierto por el arroyo de La Laguna. Un rústico puente, situado aguas arriba, permite cruzar el brioso cauce, tras el que sigue una empinada cuesta que muere en una pista horizontal. Tomada a la derecha, conduce a la Sillada de Garcisancho, topónimo que señala el escondido collado que separa las laderas del Peñalara con la Cabeza Mediana. Hacia ella, se dirige la pista que surge a la derecha, cruzando una recoleta pradera presidida por un notable pino silvestre.

    No cuesta mucho encaramarse a lo más alto de la loma. Pero no se engañe el excursionista. Esta no es su objetivo. Habrá de recorrerla en toda su longitud y descender por un empinado cortafuegos, situado en la vertiente opuesta. Luego, tras un profundo collado, hay que arremeter la última costanera. El lugar, que es frecuentado por ganado vacuno, se encuentra perdido en medio del alto Lozoya. Pues, si bien algunos de los pocos que se aventuran por estos parajes llegan hasta la Sillada, la mayoría prosigue camino del Palero abajo, sin reparar en el interés de estos altozanos.

    Ya cerca de la cumbre, el pinar se abre en amplios prados y armoniosos roquedales. Las caballadas que pasan el año sueltas por el valle muestran querencia por estos andurriales y miran con curiosidad el paso del caminante. Ya junto al mojón que señala el punto más elevado, al lado de una placa solar y un pararrayos; es momento de recuperar el resuello, mientras se contempla cómo todavía se pierden bajo la nieve las oscuras aristas del Peñalara.

    Datos prácticos

    Cómo llegar.- Desde Madrid, por la carretera de A Coruña hasta llegar a la localidad de Villalba, donde habrá de tomarse la N-601, en dirección a Segovia, hasta el puerto de Navacerrada. Una vez aquí, hay que desviarse por la carretera C-604 hasta el puerto de Los Cotos. Desde este lugar, hay que descender hacia Rascafría, hasta sobrepasar el kilómetro 41, dejando el vehículo justo enfrente de una pista que se abre a mano izquierda.

    Horario.- Es una caminata que dura entre dos horas y media y tres horas para todo el recorrido.

    Indicaciones.- Se trata de una excursión que, sin tener dificultades demasiado notables, exige por parte del viajero cierta atención y conocimiento del terreno, pues el camino puede perderse en algunos puntos.

    De igual manera, el trayecto tiene tramos con un importante desnivel. El camino de regreso es el mismo que el llevado a la ida.

    Valores naturales.- En esta ruta hay bastantes valores paisajísticos y naturales. En concreto, un amplio pinar, praderas de montaña y zonas de roca. Entre la fauna que puede verse figura el buitre negro, el águila, el ratonero, el picapinos y algunas especies de aves de bosque.

    Dónde comer.- Casa Marcelino en el puerto de Los Cotos es un buen lugar para reponer fuerzas.

    Chapuzones en agua fría de montaña para combatir el calor

    ANDRÉS CAMPOS
     
    Pocos placeres más elementales e intensos que zambullirse en pleno verano en una charca rebosante de las aguas frías de la montaña, cuya pureza atestiguan las truchas y las nutrias. La Pedriza del Manzanares, el valle del Lozoya y la cuenca alta del Eresma ofrecen las mejores ocasiones para ello en la sierra de Guadarrama. A continuación se proponen cuatro sencillas rutas a pie para acercarse a las pozas más bellas y solitarias de la región.

    - Río Cambrones. La poza del Guindo semeja un gran espejo ovalado: un espejo de 20 metros de largo por la mitad de ancho, enmarcado en una orla de hierba sobre la que se yerguen y contonean, mirándose y remirándose en el cristal de las aguas, varios álamos, fresnos, sauces y un lánguido cerezo, o guindo, que es el que da nombre al remanso.

    Más arriba de la del Guindo, que, con su corte de árboles presumidos, es la reina de las pozas de la sierra, quedan la de Enmedio, la Negra -negrísima su agua en un tenebroso hondón, al pie de una espumeante cascada-, la del Barbas y un interminable rosario de pozas escalonadas que, de tan alto como suben, ya sólo espejan el cielo. Son las pozas o calderas del Cambrones, un riacho bravo y saltarín que desciende 900 metros en 14 kilómetros, desde su cuna en el puerto de Malagosto hasta las vecindades de La Granja, donde se lo bebe el Eresma. A las pozas se llega andando en una hora desde La Granja, por una senda que se desvía del viejo paseo de la Casa de Vacas a 500 metros del puente de la Princesa. La descripción y el croquis de la ruta se hallarán en www.segoviasur.com y en la oficina de información turística del paseo del Pocillo (teléfono: 676 457 395), cerca del punto de partida.

    - Angostura. Desde el área recreativa Las Presillas, en El Paular, hasta la poza de Sócrates, junto al puerto de los Cotos, el río de la Angostura o alto Lozoya ofrece 15 kilómetros de buenas razones para darse un chapuzón. Las charcas más solitarias y apetecibles son las que quedan a medio camino, donde no se puede llegar directamente en coche.

    Para disfrutar de ellas, nos echaremos a andar por la pista forestal cerrada al tráfico con barrera que nace en el kilómetro 32,4 de la carretera M-604 -a mano izquierda, según se sube hacia Cotos-, la cual nos llevará en media hora hasta el anciano puente de piedra de la Angostura, donde cambiaremos de margen.

    Entre este puente y el de madera de los Hoyones, que está a dos kilómetros río arriba -otra media hora-, veremos sucederse los rápidos, las cascadas y las pozas profundas, más que muchas piscinas, a la sombra de los pinos albares, los robles y los abedules. Bañistas, en cambio, no veremos otros que los martines pescadores y las nutrias. Para orientarnos, hay sendos centros de educación ambiental en Cotos (teléfono: 918 520 857) y El Paular (teléfono: 918 691 757). Otra referencia útil para caminar por la zona es www.andarines.com/madrid/laangostura/angostura.htm

    - Alto Manzanares. Caminando río arriba desde el último aparcamiento de la Pedriza se llega en tres cuartos de hora a la archifamosa Charca Verde, una poza de 20 metros donde al agua adquiere un vivo color de elixir de clorofila al remansarse entre gigantescas lanchas de granito que sirven de solárium para la muchedumbre habitual de bañistas. Muy tranquilo, el lugar, no es.

    Si lo que se busca es intimidad, hay que seguir remontando el Manzanares casi dos horas; de hacerlo así, hallaremos, justo por encima de las cascadas conocidas como los Chorros, un rosario de pozas solitarias asombradas por pinos silvestres de añosísima corpulencia, con vistas a la riscosa cuerda de las Milaneras.

    Sobre la ruta de los Chorros -diez kilómetros y cinco horas de duración, incluida la vuelta por el mismo camino- informan en el centro de educación ambiental (teléfono: 918 539 978) que abre todos los días junto al control de acceso a la Pedriza, a dos kilómetros de Manzanares El Real.

    En los días más calurosos del verano, mejor opción que subir, es efectuar el descenso del Manzanares desde su nacimiento en el Ventisquero de la Condesa, cerca del puerto de Navacerrada, recorrido que se describe con detalle en www.excursionesysenderismo.com.

    - Aguilón. Este arroyo, uno de los principales afluentes del Lozoya, se tropieza en su curso medio con una impresionante quebrada, lóbrega y vertiginosa, por la que se abre paso brincando de poza en poza con saltos de hasta 15 metros de altura.

    El Purgatorio, que así se llama el paraje, es uno de los enclaves de mayor valor ecológico de la región, habitado por la nutria y el desmán de los Pirineos, lo que habla de la pureza casi teórica de estas aguas recién nacidas en la umbría de la Najarra. El camino de acceso, bien señalizado, parte del centro de educación ambiental Puente del Perdón (teléfono: 918 691 757), en el kilómetro 27,6 de la carretera M-604, a dos de Rascafría, y se va abriendo paso por robledales y pinares hasta llegar a la quebrada de marras.

    La senda acaba en un mirador de madera frente a una de las cascadas, pero se puede seguir subiendo con cuidado por los escarpes rocosos de la margen derecha -izquierda, según se asciende- para gozar de las pozas que se esconden allende el Purgatorio. Este lugar, más alto, bello y solitario, es, apurando la metáfora, el paraíso. Son 12 kilómetros y cuatro horas de paseo, incluida la vuelta por el mismo camino. Se encuentran más detalles de la ruta en www.madrid.org/inforjoven.

    En busca del Pino de las Tres Cruces, sobre el Valle de Los Caídos

    Un recorrido por un camino solitario de amplias panorámicas que se abren sobre el valle de Cuelgamuros

    ALFREDO MERINO

    SAN LORENZO DE EL ESCORIAL.- El mejor sueño que puede concebir cualquier excursionista que se precie no es otro que recorrer un camino solitario que salte de cumbre en cumbre. Algo que se antoja difícil en estos tiempos que corren, en los que todo el mundo parece haber vuelto su mirada a la naturaleza. Y más aún en las cercanías de una urbe como la capital madrileña, capaz de despertar las ansias campestres en el más recalcitrante de los urbanitas.

    Pero a tiro de piedra de nuestra ciudad se extienden solitarios recorridos y abren sus trazos aislados retazos de rutas que, por increíble que parezca, hacen realidad tan locos sueños. Un buen ejemplo se encuentra en el franco cordal que se extiende entre los cerros de La Carrasqueta y San Juan, justo encima de Cuelgamuros. Una marcha de sencillo acceso, que puede despacharse en un par de horas y completamente solitaria. Ideal para una tarde de verano.

    MAS QUE UN SIMPLE ARBOL.- Hace tiempo que el caminante recorrió esta ruta para descubrir un pino cuya extraordinaria vegetalidad le había convertido en algo más que en un simple árbol. ¿Qué mejor excusa para echarse a andar que saludar a un viejo amigo?

    Se elevaba este especimen justo en el ángulo noroeste de la tapia que delimita los terrenos del Valle de los Caídos. Era uno de los más añejos del Guadarrama. Con una altura por encima de los 25 metros, el perímetro de su tronco alcanzaba tres metros y medio. Se le conocía como el Pino de las Tres Cruces. Parece que el nombre le vino por las cruces que tenía grabadas en su tronco. Aunque hay quien cree que aludía a que en este preciso punto coincidían los términos municipales de El Escorial, Guadarrama y Peguerinos. Los más píos, por el contrario, aseguran que se debía al hecho de que tan formidable presencia, sólo podía aludir a la Santísima Trinidad.

    La concurrida Fuente de las Negras es el punto de partida. Allí se inicia un sendero que, hacia el norte, penetra en el bosque. El camino, transita bajo un cuidado arbolado, descubriendo de vez en cuando bucólicas praderas y esparcidas pedrizas. Manteniendo el rumbo, encara una fuerte pero corta pendiente. En su final se encuentra el refugio de La Naranjera. También conocido como La Carrasqueta, es una de esas recias construcciones que se esparcen por esta parte del Guadarrama. Construidas hace varias décadas para albergar los servicios de cuidado y gestión de estos montes, hoy aguardan olvidadas convertirse en ruinas.

    En el lado oeste de este paraje, conocido como La Portera del Cura, se extiende interminable una valla de piedra. Es el límite de las posesiones del Patrimonio Nacional, en cuyo centro se encuentra el Valle de los Caídos, otrora conocido como Cuelgamuros. Al otro lado de la valla, unas cercanas piedras ofrecen descansadas terrazas desde las que se contempla a placer la «mayor cruz de la Tierra» o, si se quiere, «la octava maravilla del mundo». Un tremendo monumento de 150 metros de altura y cerca de 50 de envergadura, erigido tras la guerra a fuerza de sudor de presidiario, por expreso deseo del general Franco. Mejor dejarlo aquí y seguir con nuestra caminata.

    Cruzada de nuevo la cerca, se toma a mano derecha -noroeste- el ancho camino que discurre paralelo a la misma. De inmediato, se inicia un empinado descenso que se solventa con un par de descarnadas revueltas. Atraviesa el sendero un sombrío bosque alfombrado de espesas gayubas y el pinar se acicala con el perfume de romeros, cantuesos, jaras y tomillos. A continuación, atraviesa una amplia colladona, donde la vista abarca la depresión de Pinares Llanos.

    LA NATURALEZA POR LOS SUELOS.- El bosque se aclara y se llega hasta el fin de la cerca, donde debía estar el Pino de las Tres Cruces. Pero el venerable árbol ya no se apoya en la esquina de la finca. Su altivo tronco, yace en el suelo tras el cercado, desmochado y sin ramas. Su antaño lustrosa madera hoy es un tronco rígido y gris, se diría que cadavérico. Entre los piornos las pruebas del crimen: un par de bidones de plástico, una camiseta y virutas en el suelo.

    Mas la vida sigue. Otro pino de considerables dimensiones crece a escasos metros. Sus ramas lanzadas al cielo proclaman que hace tiempo tomó el relevo de su padre.


    Datos prácticos

    Cómo llegar.- La manera más razonable de llegar al comienzo de la ruta, es a través del puerto de Malagón, al que se accede desde San Lorenzo de El Escorial. Desde el collado, una carretera en mal estado lleva en cuatro kilómetros hasta la Fuente de las Negras, donde se inicia la andadura. .

    Horario.- Entre tres horas y tres horas y media para el recorrido de ida y vuelta.

    Indicaciones-. Dada la situación de la ruta y el reducido horario que supone, junto con lo prolongado de los días en esta época del año, puede emprenderse a la caída de la tarde, cuando el calor comienza a remitir.

    Valores naturales.- Buitre leonado, águila real, picapinos, ardilla, jabalí, etcétera.

    Dónde comer.- Restaurante La Genara, en El Escorial.


    Las autopistas más ecológicas. Senderos de gran recorrido

     
    ANDRÉS CAMPOS
     

    Los senderos de gran recorrido (GR) son itinerarios de medio centenar de kilómetros en adelante, que generalmente discurren por caminos anchos -pistas forestales, cañadas reales, antiguas calzadas...-, sin grandes pendientes y, para mayor comodidad, señalizados con trazos de pintura blanca y roja. Recorren la sierra de Guadarrama por sus dos vertientes, pero también las que parten del centro mismo de la ciudad.

    - Sendero GR-10

    Uno de los grandes clásicos del senderismo español es este itinerario de Valencia a Lisboa, que corre 200 kilómetros por tierras madrileñas, desde Patones hasta San Martín de Valdeiglesias, bordeando la ladera meridional del Guadarrama. Las serrezuelas de Patones y La Cabrera, las dehesas de Miraflores y Manzanares, el valle de la Fuenfría y los pinares del embalse de San Juan son algunos de los paisajes gloriosos que surca. El tramo más vistoso, empero, es el que va del puerto de Guadarrama a San Lorenzo de El Escorial por la cresta de Cuelgamuros. Es una travesía de 20 kilómetros y unas seis horas, sólo ida. El tramo de Cuelgamuros se explica paso a paso, con planos y fotografías, en www.trotamontes.org/marcoabantos.htm.

    - Sendero GR-10.1

    Se trata de una variante del anterior, del que se desgaja en el paraje de El Collado, en Bustarviejo, y con el que vuelve a juntarse en el puerto de la Fuenfría, en Cercedilla, después de dar un rodeo de 50 kilómetros por el valle madrileño del Lozoya y el segoviano de Valsaín. La última parte del sendero, la más espectacular, conduce del puerto de Cotos al de la Fuenfría por el camino viejo de El Paular y la umbría de Siete Picos, atravesando los arroyos que dan origen al Eresma y el bosque de pinos silvestres más cuidado de España. Incluyendo la bajada a Cercedilla, es una caminata de 22 kilómetros y unas seis o siete horas de duración, sólo ida. Tanto Cotos como Cercedilla están comunicados con trenes de Cercanías (Renfe, teléfono 902 24 02 02) y autobuses de Larrea (teléfono 91 398 38 05), por lo que no se necesitan vehículos de apoyo (www.madrid.org/inforjoven.)

    - Senda Real

    Inaugurada en octubre de 1999 y homologada poco después como GR-124, esta ruta senderista, idea feliz de Ecologistas en Acción, invita a ir de la ciudad a la sierra por el camino más directo. Son 47 kilómetros desde la glorieta de San Vicente hasta el castillo de Manzanares el Real, rodeando por el este el monte del Pardo, atravesando los pastaderos de Colmenar y orillando el embalse de Santillana. Desde el puente medieval que hay señalizado en el kilómetro 38,400 de la carretera M-604, entre Colmenar Viejo y Cerceda, se puede seguir fácilmente la Senda Real hasta Manzanares paseando entre dehesas de ganado bravo. Es éste un paseo de 15 kilómetros y cinco horas de duración, incluida la vuelta por el mismo camino. (www.ecologistasenaccion.org/madrid/natural/senda/real.htm)

    - Senda de las Merinas

    Esta ruta de 53 kilómetros comunica naturalmente la ciudad con la sierra Oeste, yendo desde la misma glorieta de San Vicente hasta San Lorenzo de El Escorial, por la Casa de Campo, Pozuelo, Villafranca del Castillo, Valdemorillo y Zarzalejo. Las vías pecuarias por las que discurre en todo momento -la vereda de San Antón, la de las Carreras, la colada del Camino de la Crucijada...- explican su bautismo. Para una sola jornada, lo más apetecible es pasear desde el barrio de la estación de Zarzalejo hasta Valdemorillo llevando a una y otra mano hermosas dehesas de encinas. Al inicio de este recorrido de 20 kilómetros y seis horas -incluida la vuelta por el mismo camino-, se pasa junto a las lagunas de Castrejón, en cuyas aguas someras se refleja la mole granítica de la Machota Chica. El sendero completo se detalla en www.andarines.com, bajo el epígrafe Una salida por el oeste.

    - Sendero GR-88

    Se le conoce también como Sendero Segoviano, porque la mayor parte de él (140 kilómetros) discurre por la falda septentrional del Guadarrama, entre los términos de El Espinar y Cerezo de Abajo, siguiendo casi siempre la cañada real de la Vera de la Sierra, y sólo al final se adentra 45 kilómetros en Madrid para ir a enlazar con el GR-10 a la altura del Pontón de la Oliva, en Patones. La carretera se cruza con el sendero GR-88, que invita al caminante a subir por la Loma Mediana, entre los valles de los ríos Jarama y Ermito, contemplando el único bosque madrileño de hayas. En tres horas, se puede alcanzar la divisoria de aguas de la sierra y asomarse a la llanura segoviana. Información en la Federación Española de Montaña y Escalada: www.fedme.es

    Los antiguos pinares de Segovia

     
    (extracto del libro, Memorias del Guadarrama, Historia del descubrimiento de unas montañas, de Julio Vías)
     
     
    Remontando como una gran marea verde las faldas de Peñalara hasta casi rodear las altas escarpaduras de la cumbre, se extienden por ambas vertientes de la montaña algunas de las mejores masas de bosque de pino silvestre de toda Europa. En la vertiente segoviana la vista se pierde en el gran océano de pinos de los montes de Valsaín, "joya de la riqueza forestal de nuestro país", como fueron calificados en 1884 por los ingenieros encargados de su ordenación Rafael Breñosa y Joaquín María de Castellarnau. Al otro lado de la sierra, los no menos valiosos pinares de El Paular, encajonados en el fondo de la cabecera del Lozoya por el poderoso abrazo de las cumbres de Peñalara y las Cabezas de Hierro, y que por su paisaje y umbrosa vegetación merecieron, en 1864, el calificativo de "valle alemán", en la Memoria de Reconocimiento de la Sierra de Guadarrama, del ingeniero Máximo Laguna, el cual, habiendo estudiado en la Escuela de Montes de Tharandt, en Sajonia, creía otorgarles así la máxima categoría forestal y paisajística.
     
    Aunque la historia de estos dos montes tiene un origen común, los avatares por los que pasaron cada uno de ellos fueron muy distintos. Pertenecientes ambos a la Comunidad de Villa y Tierra de Segovia desde el siglo XII y frecuentados habitualmente por los reyes de Castilla en sus monterías, sus destinos se separaron a causa de las ambiciones, intereses e intrigas que durante siglos movieron al hombre por la posesión de su gran riqueza maderera.
     
    El primero en segregarse de la común propiedad de Segovia sería el llamado Monte Cabeza de Hierro, en las alturas del valle de El Paular, dónde, a partir del siglo XVI, los monjes cartujos del monasterio, que desde su llegada al valle en 1390 tenían únicamente los derechos para pastar en él sus ganados, comenzaron a talar pinos que vendían en las vecinas tierras del Señorío de Buitrago. Tras las denuncias interpuestas por Segovia y los pleitos aq ue dieron lugar, finalmente los monjes serían condenados a respetar el antiguo dominio de la ciudad sobre los pinares.
     
    Pero en 1675 una Real Cédula del rey Carlos II otorgaba al monasterio la propiedad del monte sin que las protestas de los segovianos que alegaban la menor edad del rey y que este documento se había firmado sin su conocimiento, fueran tenidas en cuenta. Tras otra larga sucesión de pleitos, Segovia perdió definitivamente sus derechos frente a la entonces poderosa cartuja, excepto en una estrecha y elevada franja del pinar conocida como la Cinta de Peñalara.
     
    Trasl a périda de los pinares de El Paular, Segovia siguió conservando los de Valsaín hasta que, en 1761, el rey Carlos III, gran aficionado a cazar y pescar en estos bosques, decidió incorporarlos al patrimonio real expropiándolos a sus seculares propietarios junto a los montes de Riofrío y las matas robledales de San Idelfonso y Pirón. Otra vez desposeída, a Segovia sólo le quedaron los derechos de explotación de los pastos, las leñas muertas, algunas ramas de acebo para las celebraciones del Domingo de Ramos, y las ramas de piornos necesarias para cubrir y conservar la nieve de los ventisqueros
     
    Los llamados a partir de entonces Reales Montes de Valsaín, o mas popularmente en singular, Pinar del Rey, fueron acotados o amojonados para señalar con exactitud las propiedades de la corona creándose a su vez un severísimo cuerpo de guardería para vigilarlos. Precisamente fueron dos de estos cotos o mojones, los que señalaban el límite entre los pinares reales y el monte Cabeza de Hierro perteneciente al vecino monasterio (del Paular) y que aún hoy se conservan jalonando el paso de la carretera en lo alto del antiguo puerto del Paular, los que acabarían por dar a este paso su actual denominación de puerto de los Cotos

    LA PRIMERA EXCURSIÓN DEL GUADARRAMA. Marcha Giner, por Alfredo Merino

     
    (Nota publicada en el Diario El Mundo el día 24 de Julio de 2002)
     
    Marcha Giner. Los próximos días 26, 27 y 28 se realizará esta ruta, que recuerda la más temprana visita que la Institución Libre de Enseñanza llevó a cabo en la sierra madrileña
    La primera excursión del Guadarrama

    ALFREDO MERINO

    Corría el verano de 1883 cuando a Francisco Giner de los Ríos se le presentó la ocasión de llevar a la práctica el más original y recordado de sus planteamientos educativos: la visita a la naturaleza. Así que el precursor del ecologismo español organizó sus vacaciones de una manera por aquel entonces muy original: recorrería la sierra de Guadarrama.

    Junto con otros profesores y alumnos de la Institución Libre de Enseñanza, el maestro emprendió el 14 de julio de aquel verano un largo recorrido que le permitió cruzar la sierra en tres jornadas.El viaje constituyó la primera excursión colectiva realizada en la sierra de Guadarrama y está considerada como uno de los primeros hitos del guadarramismo.

    Los próximos días 26, 27 y 28 de julio se va a conmemorar la salida realizada hace 119 años. Organizada por el Foro de la Sierra y con la colaboración de la Comunidad de Madrid, la Marcha Giner repetirá con la mayor fidelidad posible el recorrido original.Para ello, saldrán cada una de las jornadas de los mismos lugares que lo hicieron aquellos hombres, pernoctando donde ellos pasaron la noche.

    La excursión repetirá de cabo a rabo aquel memorable viaje, pero su intención no es glosar en exclusiva sus indudables méritos deportivos. «Se trata de algo que va más allá de una simple actividad, como la marcha. Buscamos aproximarnos al Guadarrama desde la perspectiva más humanista y cultural», explica Domingo Pliego, uno de sus organizadores.

    Junto con Giner, a la sazón con 44 años de edad, marcharon el también profesor Manuel Bartolomé Cossío; los colaboradores Salvador Calderón, José Madrid Moreno y Jerónimo Vida, ambos en calidad de naturalistas y los alumnos Pedro Blanco, Julián Besteiro, Eduardo y Alejandro Chao, Jorge Arellano, José María Garay, Raimundo Martínez Vaca, Luis Prieto y Darío Cordero. Catorce personas en total de las que cabe citar de manera especial a Besteiro y Garay, que años más tarde se convertirían en presidente de las Cortes constituyentes y en alcalde de Madrid, respectivamente.

    Hoy, aquel recorrido sigue siendo duro y cansado. Entonces lo fue mucho más. Hay que tener en cuenta que aún no funcionaba el ramal ferroviario que une Villalba con Cercedilla, ni tampoco estaba trazada la carretera que alcanza el puerto de Navacerrada.«Para cumplir sus objetivos no les quedó más remedio que el primer día, por ejemplo, salir de Villalba a las 3.00 horas. «Después de atravesar lo más abrupto de la sierra, alcanzaron el monasterio de El Paular a la caída de la tarde», cuenta el geógrafo y miembro de Ecologistas en Acción Alvaro Blázquez, de quién partió la idea original de organizar esta marcha.

    La segunda jornada, igual que hicieron Giner y sus compañeros, transcurrirá en la visita al monasterio de El Paular, Casa de la Horca, puente del Perdón y otros lugares de interés del Alto Lozoya. Por último, el tercer día, el domingo 28 de julio, se completará la marcha con la travesía del Alto Guadarrama, desde Rascafría a La Granja a través del histórico puerto del Reventón.

    En todo momento se ha intentado recorrer los mismos caminos que tomaron. Aunque no siempre ha sido posible. Para encontrar la mayor fidelidad posible, Domingo Pliego, experto senderista, ha llevado a cabo una labor detectivesca, rebuscando entre los jarales, bosques y pedrizas aquellas olvidadas sendas.

    APOYOS

    UNA ESTACION SINGULAR: LA FUENTE DE LOS GEOLOGOS

    Uno de los lugares por los que el próximo fin de semana pasará la Marcha Giner también celebra un cumpleaños que, hasta la fecha, ha pasado por completo inadvertido.

    A escasa distancia del puerto de Navacerrada y en el arcén de la carretera, la fuente de los Geólogos es uno de los monumentos más conocidos de todo el Guadarrama.

    Inaugurada hace 70 años, es obra del arquitecto alpinista Julián Delgado Ubeda, quien la levantó por encargo de la Comisaría de Parques Nacionales. No existía, pues, en el momento en que se realizó la excursión primigenia.

    Fue erigida en memoria de cuatro insignes geólogos: Casiano de Prado, José Macpherson, Salvador Calderón y Francisco Quiroga.

    A su inauguración, en julio de 1932, acudieron entre otros el presidente de las Cortes, Julián Besteiro, y en ella se glosó la figura de aquellos hombres de ciencia que, según recordó Eduardo Hernández Pacheco, «fueron los primeros que estudiaron la geología española y sintieron profundamente el amor por la naturaleza y el paisaje».

    Como insisten los organizadores, la intención es repetir el camino andado en el siglo XIX.

    Aunque no siempre lo han logrado. «Algunas pistas han desaparecido, sobre todo las que siguieron la primera jornada. También evitaremos un tramo, cerca de La Granja, donde ellos se perdieron», explica Pliego.

    Al final, ya en La Granja, una visita por los jardines del palacio reconfortará los ánimos cansados.

    Más adelante, dentro de unos meses, se editará un libro que recogerá los avatares de ambas excursiones, la de 1883 y la de 2003, con un profundo análisis de la evolución del paisaje entre ambas fechas.

    Giner de los Ríos, el maestro ecologista

    Francisco Giner de los Ríos, filósofo y pensador español, fue, antes que cualquier otra cosa, maestro en el sentido más amplio y extenso de la palabra.

    Nacido en Ronda (Málaga) en 1839, su paso por Alemania le permitió conocer al filósofo Federico Krause, importando a España sus teorías, el krausismo.

    Las aplicó a partir de 1876 en la Institución Libre de Enseñanza, fundada por él como centro de formación al margen de las influencias de la Iglesia y del Estado, los dos entes dominantes de las escuelas de la época.

    Entre los conceptos de su método, destacaba por lo novedoso el contacto con la naturaleza.

    Una inquietud no sólo teórica, sino práctica, llevándola a cabo a través de repetidas excursiones y recorridos de carácter científico-educativo a lo largo de la geografía española.

    A pesar de ser la primera excursión, el recorrido por la sierra de Guadarrama que se revivirá el próximo domingo sentó las bases de esta manera de acercarse al medio natural: mediante el respeto y el conocimiento. Conceptos bien presentes hoy en el movimiento ecologista.

    El Escorial, por Teresa Berganza

    Los árboles tienen personalidad y cada uno es diferente
    Hace casi tres décadas Teresa Berganza eligió este lugar para vivir cerca de la naturaleza. El mismo al que venía con sus padres de pequeña a pasar los domingos
     
    Asegura Teresa Berganza, una de las grandes voces de la lírica mundial, que San Lorenzo de El Escorial es el lugar idóneo para vivir. Rodeando al monasterio -«una maravilla llena de maravillas en su interior»-, hay un incomparable marco natural que la mezzosoprano recorre a pie siempre que puede. «Me gusta mucho caminar. Suelo dar paseos de hora y media. A mi hijo también le gusta y a veces subimos juntos a la Silla de Felipe II o a Abantos. Pero sobre todo paseo por la Herrería». Unos paseos que considera terapéuticos porque le sirven para contrarrestar la vida social que su profesión requiere y que confiesa que no le ha gustado nunca. «Me gusta ir sola, a paso rápido, sin escuchar música, disfrutando de la soledad y el silencio. Cada vez los necesito más. Me gusta mirar los árboles, porque tienen personalidad y cada uno es diferente. Aquí hay algunos que, si me los dieran, los pondría en mi casa como una escultura».

    Dice que este año ha echado en falta en sus paseos los pequeños arroyos que suelen correr en invierno. El recuerdo de esta escena bucólica la transporta al pasado, cuando llevaba a sus hijos al pinar de Abantos: «Siempre querían ponerse las botas de agua, porque su ilusión era meterse en los riachuelos, que caían tan bonitos... Ahora están secos. No hay agua».

    Inevitablemente el cambio climático se cuela en la conversación. «Recuerdo los inviernos de antes, y hablo de veintitantos años atrás, te levantabas por la mañana y estaba todo grisáceo. En Bilbao ante ayer tuve que protegerme del sol». Lo dice cuando diciembre va ya por la segunda quincena. «Si seguimos maltratando a la Naturaleza un día se vengará. Es muy fuerte y no podemos ir contra ella», se lamenta.

    Acaba de volver de Bilbao, donde ha cantado en un concierto organizado por el BBVA. Unos días antes actuó en Madrid, en el auditorio del Museo del Prado, y la semana anterior estuvo en Amsterdam... «La vida que hago es de locos. Aviones, cambios de horario, de clima, de dieta... Por eso cuando cumplí los cincuenta me impuse una vida sana». En la que incluye, aparte de sus caminatas, la práctica diaria de yoga desde hace diez años. «La vida del artista es muy inestable, con momentos de éxito y otros más bajos. Hace falta equilibrio mental para llevarlo bien. El yoga me lo da».

    Lo dice quien ha conocido el éxito desde muy joven, aunque afirma que nunca ha sido profeta en su tierra. «Y creo que sigo sin serlo. No me conocen. Tengo un público bergancista que me quiere muchísimo, pero mucha gente no sabe quién soy, porque no soy una cantante mediática. Tuve que serlo al comienzo de mi carrera, en Estados Unidos, en una época en que no había más remedio que estar en la televisión, en programas como los de Maurice Chevalier, y presentar discos, como se hace ahora aquí. Pero yo me he dedicado a cantar y a volver después a mi casa o al hotel. Me marché de España porque en aquella época no podía hacer nada... Fui una emigrante y gracias a ello soy lo que soy. Si no, estaría dando clases de solfeo o tocando el piano en algún colegio».

    Resulta difícil imaginarse a Teresa Berganza en esa «tesitura». Es más fácil pensar en ella en uno de sus recitales, «auténticos espectáculos teatrales en los que la música, la palabra y el gesto constituyen una unidad», como consta en su presentación en la web de los Premios Príncipe de Asturias, galardón que recibió en 1991, compartido con otras figuras de nuestra lírica. Entre ellas, Victoria de los Ángeles, fallecida hace dos años, en cuyo homenaje va a participar. «Para mí es un gran honor. Mientras lo cuento siento escalofríos, porque Victoria ha sido muy querida para mi y creo que no se le ha hecho mucha justicia, siendo tan gran cantante. Este homenaje me parece una responsabilidad enorme, porque pienso si le gustaría el programa o cómo voy a cantar».

    Mi cabeza es joven

    Hay otros proyectos para el próximo año, como el Concurso Viñas, en el Liceo de Barcelona. «Luego me voy a cantar por esos mundos. Aunque a Estados Unidos no sé si voy a ir, porque es tremendo lo de los aeropuertos... Te quitan los zapatos, te deshacen las maletas, te piden explicaciones de cada medicina... Y ahora que no soy joven, bueno si lo soy de aquí -dice señalando la cabeza-, aunque no por mi fecha de nacimiento (1935), por qué tengo que pasar por todo eso».

    Mientras pasea por el bosque de laHerrería, posando para las fotos, le pide al fotógrafo que la saque guapa. Una petición que no le parece nada complicada al fotógrafo, que se concentra en que el paisaje que capta no desmerezca a la entrevistada. Es coqueta y se cuida mucho, aunque sabe adaptarse a su edad: «Cuando me veo arreglada y pintada me pregunto por qué se opera la gente. Si yo lo hubiera hecho, mira como estaría», dice mientras se estira la piel de la cara con las manos. Después ríe y comenta: «El pelo blanco también es. Para qué tapar las canas si son bonitas. Como las manchas y las arrugas, cada cosa a su edad».

    Las hojas de los robles han caído ya y crujen bajo los pies de Teresa Berganza. Frente a la ermita de la Virgen de Gracia recuerda que a este lugar venía con sus padres cuando ella y sus hermanos eran pequeños, «con los filetes empanados, la tortilla de patata y, sobre todo, las empanadillas que hacía mi madre. Qué buenas estaban».El camino desde la estación, situada a unos dos o tres kilómetros, lo hacían apie, con la cesta de la comida y la manta que luego extendían sobre el suelo. Entonces ya le gustaba El Escorial y preguntaba a su padre por qué no iban a veranear allí. «Y él me contestaba que esto era para los ricos». Iban tan sólo de visita, a ver a una hermana de su padre, que cosía para unos militares que, por una de esas «casualidades del destino», vivían justo en el mismo lugar donde Teresa Berganza tiene ahora su casa, frente al monasterio. Con gran sorpresa, comprobó que entre las casas que Patrimonio puso en alquiler estaba ésa.

    Los recuerdos se agolpan

    Los recuerdos se agolpan en su mente. «Podríamos estar hablando una semana», comenta entusiasmada. Escucharla es un placer, casi tanto como oírla cantar. A la voz une sus gestos -«nací artista»-, que son cordiales y acogedores.

    La afición por la naturaleza la ha heredado de su padre. «Era excepcional. Nos enseñaba las flores y los bichitos. Y nos explicaba... Recuerdo que una vez vimos dos lagartijas, una sobre la otra. Fue la única vez que mis padres me dijeron cómo se podía hacer un niño. Y yo pensaba, "qué cosa más rara que luego salga un lagartijito de estos dos"». También le atribuye su creatividad. Y a su madre el tener los pies en el suelo.

    Se considera tímida, extrovertida y hogareña. Y afirma haber encontrado aquí la casa de sus sueños. Señala un largo corredor interior que comunica con otras viviendas. Sus muros de piedra y los faroles colgados del alto techo parecen trasportarnos a otra época. Y la resonancia que encuentran las voces añade aún más misterio. «Esto es como un convento. A mí, que me gusta la soledad y que soy una mujer mística, aunque no en el sentido religioso, me encanta entrar aquí, pienso que soy como las viudas del siglo XVII que se iban a los monasterios pero que tenían su apartamento propio».

    Explica entre bromas que si se encontrase con Felipe II paseando por allí, una vez repuesta del susto, le diría: «Pase, Majestad, que le voy a cantar una canción maravillosa de las de su tiempo». No cabe duda de que el monarca creería estar en la gloria.

    Para mantenerse en forma, Teresa Berganza camina una hora y media diaria. La Herrería es su lugar favorito.

    Naturaleza y arquitectura

    Situado a los pies del monte Abantos, San Lorenzo del Escorial aúna naturaleza y arquitectura. Piedra berroqueña y pinares en los alrededores proporcionaron a Felipe II los elementos básicos para la construcción del monasterio, en cuyo interior se encuentra el panteón real, un encargo de su padre, Carlos V. Desde la silla que lleva su nombre, el monarca contemplaba la evolución de la obra que ha pasado al acervo de frases populares como ejemplo de lentitud y parsimonia. Pero el resultado mereció la pena. Desde la plataforma de granito en la que se encuentra la Silla se divisa una magnífica panorámica del pueblo y del paisaje que le rodea. Destaca el monte Abantos (1.752 metros), declarado paisaje pintoresco en 1961, un lugar emblemático para los senderistas. La verticalidad de sus laderas y las repoblaciones realizadas en el pasado, cuando la antigua Escuela de Ingenieros de Montes tenía aquí su sede, dan lugar a una diversidad de entornos que lo convierten en el destino ideal para los amantes de la montaña. En el llano se extiende el bosque de la Herrería, declarado de especial interés ecológico en 1995. En él se alternan zonas de bosquetes de roble melojo con otras formaciones adehesadas en las que conviven robles y fresnos. Durante las fiestas de San Lorenzo, en el mes de agosto, tiene lugar la Travesía de las Cumbres que rodean a El Escorial, 19 kilómetros en los que Las Machotas (1.404 metros) son lugar de paso obligado.

     
     

    Valsaín

    ANTONIO SÁENZ DE MIERA

    Los pinares del Guadarrama son inseparables del paisaje de la Sierra: pinares de Canencia y Navafría, de San Rafael y El Espinar, de Peguerinos, de Fuenfría, de la Acebeda y de Valsaín... Más de 60.000 hectáreas de bosque de pino silvestre que, tradicionalmente, han supuesto un modo de vida para los habitantes de los pueblos serranos. Cuando yo le preguntaba a mi padre por qué El Espinar tenía banda de música y Cercedilla no, me respondía sin dudar un momento: porque tienen mejores pinares. Pero, agregaba enseguida, con ser buenos, no se pueden comparar con los de Valsaín.

    Y es que el bosque de Valsaín, uno de los más bellos del mundo, ha sido siempre considerado el rey de los pinares guadarrameños. Fue durante muchos años la posesión más valiosa de la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia; en 1761, con Carlos III, pasó a ser propiedad de la Corona y, a partir de ese momento, no ha dejado de estar en manos del Estado, algo que Segovia nunca ha visto con buenos ojos, pero que indudablemente ha contribuido de forma decisiva a su conservación.

    En nuestros días, la previsible creación del Parque Nacional del Guadarrama ofrece una ocasión excepcional para la definitiva ubicación de este bosque único en el conjunto serrano. Valsaín no puede quedar fuera del futuro Parque; ninguna razón podría justificar tamaño despropósito y son los políticos y los técnicos los que tienen que encontrar fórmulas que lo eviten. El nudo de la cuestión es tan fácil de explicar como complicado de resolver sin tocar ninguna fibra sensible. Todo depende de que la corta de la madera sea considerada como una industria extractiva o como una actividad tradicional. Como industria extractiva, quedaría prohibida por el Plan Director de Parques Nacionales, algo que rompería el equilibrio entre el paisaje humano y el paisaje natural, que ha sido clave en el desarrollo de un bosque bellísimo comparable con los pinares más importantes de Centroeuropa.

    El Guadarrama cambia, más despacio o más deprisa; nuestra Sierra no es un espacio natural de valores eternos que hay que preservar. No es ni será siempre la misma, aunque lo queramos, aunque, en ocasiones, nos lo parezca, y tenemos que procurar que esos cambios no se pervientan ni nos pervientan. Sería tan grave tratar de hacer del bosque segoviano una especia de museo intocable como intentar que fuera un negocio sin limitaciones ni controles. La explotación que se ha venido realizando en Valsaín, y que no parece haber perjudicado su adecuada conservación, podría mejorar sensiblemente con su adscripción al Parque, sin necesidad de acabar con una industria que produce el cinquenta por ciento de la madera de la Sierra de Guadarrama, que es además la mejor madera de pino de España y un medio de vida para ciento cincuenta familias.

    Una cuestión de semántica no debería conducir a una solución tan indeseable. Pero tampoco sería admisible que, para mantener la explotación, se acudiera a subterfugios que dejaran a Valsaín fuera del Parque y en manos, quizás, de los interés madereros. Por prudencia y por sentido común, tales soluciones deben ser rechazadas de plano. Tan increíble sería pensar en Segovia como Ciudad Monumental sin su acueducto como pensar en el Parque del Guadarrama sin su Valsaín. Son inseparables. El pinar de Valsaín, uno de los tesoros más preciados de nuestra Sierra, está llamado a ser el pulmón de un Parque Nacional que tendrá en el Valle del Lozoya su corazón. Nada nos faltará: Segovia, presente en el Patronato del Parque, satisfará su vieja reivindicación histórica al tiempo que sus pinares más queridos seguirán formando parte de ese “Guadarrama, viejo amigo”, de esa “sierra ris y blanca” que Machado decía ver en sus tardes madrileñas en uno de sus versos más conocidos, escritos, no lo olvidemos, camino de Valsaín.

     
     

    Lugares de interés: Casa Eraso

    DOMINGO PLIEGO
     
    Se trata de unas ruinas informes situadas a 1650 m. de altitud, cerca de la vieja Fuente Fría, junto a la Calzada Romana, en lo alto de una loma que domina la vaguada del arroyo Minguete.
     
    Enrique III tuvo allí un pabellón de caza, que fue agrandado por Enrique IV y mejorado por los Carlos V. Felipe II lo convirtió en residencia real, por consejo de su Secretario D. Francisco de Eraso, y posiblemente de ahí venga el nombre de Casarás, ya que fue conocida esta residencia como "casa Eraso", que fácilmente pudo pasar a Casa ERAS y, finallmente, a CASARAS.
     
    Fue maestro de obras Gaspar de la Vega, y la construyó Hernán García, terminándose en 1571. La residencia quedó bajo la superintendencia de Francisco de Eraso, aunque más tarde pasaría a manos de Juan de Herrera, maestro de obras del Rey.
     
    Se utilizó también esta casa como almacén de nieve para el cercano palacio de Valsaín, conociéndola con el sobrenombre de la casa de la nieve.
     
    En el Monasterio del Escorial hay una pintura al óleo, de Giuseppe Leonardo, de 1639, que representa la casa Eraso y sus alrededores. Nunca fue convento y es posible que esta calificación esté relacionada con las leyendas del diablo, que se cuentan en la zona de Siete Picos y de la Cueva del Monje, en las laderas del Peñalara. En cualquier caso, la denominación de convento quedó erróneamente recogida en la cartografía del Instituto Geográfico Nacional, divulgándose a partir de la misma.

    LUGARES DE INTERÉS. El Palacio de Valsaín

    (Domingo Pliego) 
     
    Según Colmenares, ya en 1566 utilizaba Felipe II la Casa del Bosque, en Valsaín, para sus cacerías de verano. Esta casa se incendió y fue reedificada. Allí, Isabel de Valois dio a luz a Isabel Clara Eugenia en 1566.
     
    En 1570, Felipe II se casó con Ana de Austria, sirviendo a aquella mansión de la Casa del Bosque como aposento de la Reina. Este palacio se incendió de nuevo en 1697, pocos días antes del famoso incendio del Alcázar de Segovia.
     
    Hacia 1701, el Conde de Belmonte se trasladó a Valsaín, por orden de Felipe V, para ver la posibilidad de reconstruir el palacio. Las obras de reconstrucción comenzaron en 1717, por cuenta del Rey.
     
    Pero Felipe V añoraba el ambiente de Versalles, y hacia 1720, siguiendo sus instrucciones, se comenzaron a trazar los planos del Palacio y Jardines de la Granja de San Idelfonso, lugar próximo a Valsaín, que fue elegido para la ubicación del nuevo palacio.
     
    El Rey, D. Felipe V, siguió desde Valsaín las obras del palacio de la Granja, al que se trasladó una vez terminadas.
     
    Antes de 1800, el palacio de Valsaín volvió a ser pasto de las llamas, quedando reducido a los pobres restos que hoy podemos contemplar, ya que nunca volvió a ser reconstruido.

    DE NIÑO QUISE FUGARME A ESTE BOSQUE...

    Javier Reverte, escritor y periodista, elige... Valsaín

    Su último gran viaje ha sido a territorio Yukón (Canadá) tras los pasos de Jack London. Pero la patria de su infancia está en un pinar segoviano

    (Miguel Ángel Barroso)

    El autor de la «Trilogía de África», «El corazón de Ulises» y «El río de la desolación» entrenó su apetito viajero en los montes y pinares de Valsaín (Segovia) en tiempos en que no había puertas en el campo. Durante un par de veranos en la década de 1950 se trasladó en autocar con sus padres, su abuela y sus cinco hermanos a esta pequeña tierra de conquista. «En mi memoria permanece el olor de los pinos y el rumor del río y de las fuentes», confiesa Javier Reverte. «Me gustaba andar solo por el monte. Recuerdo que me hice amigo de un pastor, un chico mayor que yo que me contaba historias de lobos. Veníamos a las pozas a bañarnos y a pescar truchas con las manos. Se escurrían que no veas y, en ocasiones, sacaba alguna culebra por equivocación. En aquella época había corzos y muchos saltamontes y libélulas; ahora es más difícil ver animales silvestres. En la zona de los Robles, cerca del pueblo de Valsaín, cazábamos escarabajos que usábamos para hacer carreras. Les poníamos nombres de caballos famosos. El mío se llamaba “Roque Nublo”,un purasangre que por entonces ganaba competiciones. Le cogí un enorme amor a la naturaleza. Me pongo sentimental cada vez que vengo aquí».

    A las correrías por los pinares habría que añadir los primeros escarceos amorosos. «Hoy los chavales tienen sorbido el cerebro con las maquinitas, pero en mi época jugábamos a las chapas, a la taba... y a las prendas con las niñas». Las prendas o «castigos» se sustanciaban con besos más o menos castos, pero suficientes para que una tal MariCarmen Raso le robara el corazón a Javier. «Le propuse fugarnos los dos al monte, pero aquel amor no fue correspondido. Entonces planeé irme yo solo con una tienda de campaña y vivir de la caza y de la pesca. No llegué a largarme porque mi padre me interceptó. Debió chivarse algún hermano mío».

    La fiebre del oro

    Así que todo empezó aquí, junto al río Eresma, para este hijo y nieto de periodistas que un día rompió el precinto de su motor y decidió dedicarse a viajar y a contarlo. De la Boca del Asno, un conocido lugar de recreo para los amantes de la Sierra de Guadarrama, hasta el mítico río Yukón, en Canadá, escenario de su última aventura. Un recorrido de 750 kilómetros en canoa en busca del río Klondike, Dawson City, Chilkoot Pass y White Pass, escenarios de la fiebre del oro de finales del siglo XIX; en busca del mundo que conoció y describió Jack London. La experiencia será descrita en un próximo libro. «El viaje real, físico, es importante, pero nada tendría sentido sin un viaje interior, sin el conocimiento de uno mismo que proporcionan estas peripecias. Cualquier persona que ame viajar comprenderá lo que digo. Cuando esto se plasma sobre el papel es muy importante evitar el egocentrismo». Reverte reivindica la sencillez y la naturalidad en la literatura frente al engolamiento y el empacho de frases subordinadas. «Uno puede añadir reflexiones filosóficas a la descripción de lo que ve sin necesidad de una erudición desmesurada. En mis viajes he contado con la ayuda de los clásicos; he procurado elegir lugares con sabor mítico y poso literario. En “Vagabundo en África” está Conrad. Y en el nuevo libro está, claro, Jack London».

    La «Trilogía de África» con la que Reverte alcanzó el reconocimiento aún le da muchas satisfacciones. «Los libros se siguen reeditando, y hay personas que me preguntan si volveré a escribir sobre este continente. Les contesto que, honestamente, no tengo mucho más que añadir. Mis pasos me llevan por otros derroteros». La atracción, ahora, es el norte del norte. Después del Yukón, y una vez ejercitados los brazos con los remos, el próximo proyecto será navegar el McKenzie que, con 1.738 kilómetros, es el río más largo de Canadá. Desemboca en el Ártico y su estuario sirve de refugio a ballenas beluga. Eso será después de la publicación, la próxima primavera, de una novela ambientada en la posguerra española y con protagonismo de la Iglesia católica.

    Época de moras

    Pero hoy, a las puertas del otoño, a lo largo del Camino de las Pesquerías que parte del merendero y el aparcamiento de la Boca del Asno y llega a las puertas de Valsaín pasando junto a varios puentes históricos, las prioridades son otras: dar oportunidad a los sentidos para que la mente vea escenas del pasado. El río que nos lleva es más modesto que el Yukón y el McKenzie, pero no por ello menos evocador. El Eresma se abre paso entre pinos, enebros, helechos, jaraspringosas, rosales silvestres y zarzamoras. Hay domingueros buscando caladeros de moras para hacer pasteles y mermelada. Reverte coge unos pocos frutos y se los echa a la boca: el gusto también juega en este ejercicio. En un recodo del río donde las rocas lavadas permiten caminar sobre las aguas, el escritor mete las manos como esperando tocar una resbaladiza trucha o un cangrejo (el tacto). Una vez vio una culebra saliendo a la orilla con un pez en la boca. Casi como en un documental de televisión.

    En la calle de las Acacias, en Valsaín, aún está en pie la vieja casa de piedra donde Javier Reverte veraneaba con su familia. En la planta baja había una tienda de comestibles cuyo rótulo está prácticamente borrado. La vivienda se encontraba en el piso de arriba. El escritor pregunta a unos vecinos que pasan por allí. Por lo visto, la vivienda aún se alquila en el periodo estival. Junto a la puerta del establecimiento hay una piedra donde Javier se sentaba al fresco. «Aquí una niña me dio el primer beso en la boca. Aunque a mí me gustaba otra». Sí, aquella Mari Carmen que no quiso fugarse con él. «A lo mejor lee esto y se acuerda».

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    El bosque animado
     
    Los montes de Valsaín se encuentran en la vertiente norte de la Sierra de Guadarrama, en el término municipal de San Ildefonso-La Granja (Segovia). Con una superficie forestal de 10.672 hectáreas, la especie vegetal más representativa es el pino silvestre, que deja espacio a robledales, pastizales, piornales, encinares y bosques de galería. La singularidad de este espacio natural, así como la riqueza y diversidad de su avifauna (más de 100 especies nidificantes), hicieron que fuera declarado en 1987 Zona de Especial Protección para Aves (ZEPA). También está incluido en la red Natura 2000 de espacios protegidos de la Unión Europea. Sus habitantes más renombrados son el buitre negro y el águila imperial. Entre los mamíferos encontramos la nutria, el corzo y el jabalí. Lagarto verdinegro, víbora hocicuda, salamandra y rana ibérica destacan en la nómina de reptiles y anfibios. El lugar ofrece propuestas para todos los públicos, desde andarines a buscadores de setas y moras. El Centro de Interpretación de la Boca del Asno es un buen punto de partida. Allí se proporciona información sobre la riqueza de la zona, así como de las excursiones que pueden realizarse. Rutas cargadas de vestigios históricos, fruto de la presencia de la realeza en estos montes.

    LUGARES DE INTERÉS. LA TOMA DE AGUAS DEL ACUEDUCTO DE SEGOVIA

    (Domingo Pliego)
     
    Esta conducción, que aún existe y, aunque muy reparada, sigue en funcionamiento, lleva el agua del río de la Acebeda (curso alto del Río Frío) hasta Segovia. En su día llevaba agua directamente hasta la primera torre del Agua del Acueducto, conocida como la Casa de Piedra. Hoy, estas aguas constituyen un aporte más de la red de agua potable de la ciudad.
     
    La toma de aguas en el arroyo de la Acebeda está formada por un simple muro de desviación, que forma un ángulo de cuarenta y cinco grados con el eje del arroyo. El muro, o presa, está constituido por 26 piezas de granito, de 69 cm. de ancho y distintas longitudes, hasta sumar los casi 11 metros y medio de longitud total, engrapadas entre sí con plomo y hierro. La cota de esta presa es de 1.255 m. de altura, unos 255 m. más alta que la propia ciudad de Segovia. El caudal del canal de toma llega a ser de 50 litros por segundo.
     
    El muro o presa de desviación es, probablemente, el original romano, aunque los engrapados de hierro pueden ser posteriores, pero la conducción, enterrada casi en su totalidad, fue restaurada varias veces, siendo la última hacia 1970.
     
    En 1929 se colocó una tubería de plomo de distintos diámetros, enterrada en el suelo, en la misma ubicación del canal original. Esta conducción, de 11 kilómetros y medio de longitud, tenía más de 2 kms. de un diámetro de 50 cm., y el resto de 40 cms. Había 110 arquetas de registro en los vértices de la poligonal formada por la conducción, muchas de ellas aprovechando las primitivas romanas.
     
    Cerca de la carretera de La Granja a Riofrío, que cruza esta conducción a la altura del km. 6, pasa bajo un camino o cañada de ganados, estando protegida exteriormente, en la superficie del camino mismo, por cinco grandes losas funerarias del siglo XVII, que aún pueden verse.
     
    La vieja conducción cruzaba los arroyos de las vaguadas por unos cajeados de losas de granito, de unos 2 m., de largo por 1,70 m. de ancho (tres piezas en el fondo y dos en los costados). Aún pueden verse varios de estos cajeados, si se recorre la conducción por encima, a partir de la misma toma de aguas (hay mucho matorral y abundantes jarales que molestan el paso, pero no lo impiden).
     
    La pendiente de la conducción es del 0,43% en casi todo el trayecto, excepto en la bajada del Molino de los Hoyos, donde alcanza un 13,5%, constiyendo un verdadero "salto" de agua de unos 70 m. de desnivel, que, sin duda, se aprovecharía en su día para mover dicho molino.

    PASOS HISTÓRICOS DE LA SIERRA DE GUADARRAMA: El Puerto de la Fuenfría

    (Por Julio Vías, de su libro "Memorias del Guadarrama")
     
    Camino de Reyes y Villanos
     
    Las primeras referencias documentales que hablan del camino del Puerto de la Fuenfría datan de principios del siglo XIII. Según el cronista segoviano Diego de Colmenares, cuando los habitantes de Segovia aún se esforzaban en poblar las grandes extensiones de tierras yermas que se extendían entre las cumbres del Guadarrama y la ciudad de Toledo, el obispo de Segovia don Gutierre Miguel mandó levantar, hacia el año 1200, una pequeña alberguería en el camino de subida a la sierra. El lugar elegido era una alta explanada donde manaba una fuente de aguas casi heladas en la que tradicionalmente solían detenerse para beber y descansar los pocos viajeros que entonces debían aventurarse a cruzar el collado que, entre los cerros Minguete y Ventoso, daba paso hacia los territorios de la tras-sierra.
     
    Durante más de cinco siglos, aquella pequeña venta perdida en la soledad del pinar conocida como Venta de la Fuenfrída crecería hasta casi convertirse en una pequeña aldea en donde habitaba un pequeño ejército de mesoneros, herreros, mozos de espuela, criadas y fregonas. Allí mismo quiso Miguel de Cervantes que naciera el pícaro Pedro del Rincón, el jóven Rinconete protagonista de una de sus más célebres Novelas Ejemplares.
     
    La venta de la Fuenfría fue, durante todos estos siglos, propiedad compartida del Ayuntamiento y de la Noble Junta de Linajes de la Ciudad de Segovia, que tenían la importante misión de inspeccionarla regularmente y de cuidar de que estuviera siempre abastecida. Precisamente, una de las pocas referencias documentales que de ella se conservan trata de la inspección que, en 1725, ya casi al final de su larga historia, hicieron el regidor de la ciudad y varios diputados de la Junta de Linajes, ocasión para la cual se la abasteció, entre otros productos, con dos pavos, cuatro libras de vaca, doce de tocino, dieciséis de perdices, vino, dulces y bizcochos, pagándose cincuenta y ocho reales a la cocinera que tuvo que guisar la comida durante la visita.
     
    Desde que a finales del siglo XIV el rey Enrique III levantara un pequeño pabellón de caza junto a las orillas del río Eresma, el puerto de la Fuenfría se convirtió ya en lugar de paso habitual para los reyes que acudían a correr los muy reales montes de osso de Valsaín y La Acebeda en los que habitualmente buscaba refugio el extraño e infortunado monarca Enrique IV, quien, por su conocida afición a la soledad y a la naturaleza, acabaría siendo conocido como el rey Silvano. Hacia 1545, el emperador Carlos I comenzó a levantar en Valsaín el palacio de El Bosque, que en 1565 sería terminado por su hijo Felipe II convirtiéndose en su residencia de verano favorita hasta que en 1584 se terminaron las obras del monasterio de El Escorial, al otro lado de la sierra.
     
    La aspereza de la travesía del puerto, que en invierno quedaba cerrado por la nieve durante muchos meses, obligó al secretario del rey Francisco de Eraso a aconsejar al monarca que completase las obras del palacio de El Bosque con un alojamiento emplazado por las alturas de la sierra para hacer más seguro el trayecto en las jornadas reales. Felipe II decidió hacer caso a su secretario cuando, en mayo de 1566, su mujer la reina Isabel de Valois, que se hallaba embarazada de seis meses de la infanta Isabel Clara Eugenia, tuvo que sufrir una penosa travesía por el puerto en la que necesitó continuas paradas para descansar bajo la sombra de enramadas de pino levantadas por los lacayos.
     
    El rey, después de elegir personalmente el emplazamiento de su nuevo refugio en un amplio rellano próximo a la venta de la Fuenfría pero lo suficientemente apartado del bullicioso camino, encargó su construcción a su maestro mayor ed obras Gaspar de la Vega. Este arquitecto hizo los diseños al nuevo estilo de Flandes tan del gusto del monarca, es decir, coronándolo con inclinadas cubiertas de plomo en las que trabajaron emplomadores traídos especialmente desde los Países Bajos.
     
    La Casa Eraso, como así fue conocida, era un magnífico edificio. De ella apenas conservamos el testimonio gráfico de un cuadro atribuido a Giuseppe Leonardo y una breve descripción de su fábrica y su uso hecha en 1626 por Juan Gómez de Mora, arquitecto de los reyes Felipe III y Felipe IV, que por aquel tiempo cruzaba la Funefría con frecuencia para supervisar las obras de reforma de el palacio de El Bosque:
     
    "Es esta cassa de piedra y cubierta de plomo, y tiene de madera la mejor armadura que se alla en la mayor parte de España. Cuando los Reyes passan al bosque de Balsaín comen en esta cassa y está labrada con esta comodidad. Asiste un casero de ordinario que tiene quenta della y de ençerrar la niebe en los poços que hay para lo que fuere menester. Y la mayor parte del ynbierno suele estar tapiada por la gran niebe que suele caer en su termino. Biene de Segouia las fiestas y domingos un capellá a decir Missa a los moradores en una hermita junto a la cassa, y a pocos passos mas abajo camino de Segouia está una benta que tomó el nombre de la Fuenfría por una fuente que tiene su vertiente a la parte de Segouia"
     
    La Casa Eraso sirvió durante más de dos siglos como alojamiento a los reyes de España en sus jornadas a través de la Fuenfría. Desde allí, una noche de 1686, el rey Carlos II, que viajaba de vuelta a la Corte tras una corta estancia en Valsaín, pudo contemplar el resplandor de las grandes llamas que consumían el palacio de El Bosque después de haberse extendido el fuego desde alguna de las grandes chimeneas encendidas para caldearlo durante la visita real.
     
    En 1700, recién llegado de Francia para ser coronado rey de España, Felipe V se dejó cautivar enseguida por la belleza de estos pinares y comenzó las obras de reconstrucción del palacio, del que sólo quedaban los muros. Pero este interés duró poco tiempo; en 1718, durante una cacería, descubrió los parajes que rodeaban una granja que los monjes jerónimos de El Parral tenían junto a la pequeña ermita de San Idelfonso, no muy lejos de Valsaín. Este nuevo lugar, situado al mismo pie de Peñalara y extraordinariamente abundante en agua, le hizo concebir la idea de levantar un nuevo palacio al gusto francés y abandonó las obras de reparación de El Bosque.
     
    Por estos años, el camino de la Fuenfría estaba en tan mal estado que apenas permitía el paso de carruajes. Cuando el rey anunciaba su visita a La Granja, a donde acudía asiduamente para visitar las obras de su nueva residencia, el Ayuntamiento de Segovia debía enviar al puerto grupos de hombres para que auxiliaran al cortejo real amrrando gruesas maromas a la zaga de los carruajes, evitando a fuerza de brazos que se despeñaran por la áspera bajada.
     
    La construcción del magnífico camino empedrado que aún hoy podemos admirar en la vertiente meridional del puerto se debió llevar a cabo entre 1722 y 1728, según se deduce de los relatos de algunos viajeros franceses de la época. En 1721, Louis de Rouvroy, duque de Saint Simon, un personaje que adquirió gran relieve en la corte de Felipe V al venir a España como embajador extraordinario para tratar del posible casamiento del rey Luis XV de Francia con la infanta española María Teresa, al cruzar la Fuenfría camino de La Granja decidió abandonar su carruaje y hacer el trayecto a lomos de mula después de observar que no había dos dedos de distancia entre las ruedas y el precipicio. Sorprendentemente, atribuía el que no se hubiera hecho nada por arreglar este camino al hecho de que el rey no sintiese ningún miedo al atravesarlo.
     
    Poco tiempo después, en 1729, otro viajero francés, el interventor de la hacienda francesa, Etienne de Silhouette, ya cruzaba el puerto por el nuevo camino del que escribió "que en otros tiempos era mut difícil y que ha sido arreglado desde que el rey ha tomado gusto a este sitio".
     
    Pero el nuevo camio fue utilizado poco tiempo. El ocaso del puerto de la Fuenfría como lugar de tránsito real se inició con la muerte de Felipe V, de todos los reyes seguramente el que con más ilusión lo atravesaba. Entre las últimas comitivas solemnes que pudieron verse cruzar por las alturas del puerto destacarían dos cortejos funebres: el del rey, que en cumplimiento de su voluntad de ser enterrado en su palacio, pasó por allí el 17 de julio de 1746, y veinte años después, el 18 de julio de 1766, el de su viudad Isabel de Farnesio.
     
    La construcción de la nueva carretera de Villalba a La Granja por el puerto de Navacerrada, iniciada en 1778 y concluida a principios del reinado de Carlos IV, dejaría obsoleto el milenario camino de la Fuenfría que acabó por ser abandonado. La vieja venta y la Casa Eraso quedaron deshabitadas y comenzaron a arruinarse. La dureza del clima y el continuo saqueo de sus restos, que fueron aprovechados como cantera durante muchos años, apenas dejaron de estos dos albergues, refugios de reyes y villanos, las pobres ruinas que hoy se pueden contemplar a las orillas de la antigua carretera real. Solo la espléndida obra del camino mandado pavimentar por el rey en su impaciencia por llegar cuanto antes a su amada palacio, se conserva hoy día en muchos tramos como si el tiempo no hubiera pasado por él.
     
    Paisajes admirados
     
    De todos los puertos y pasos del Guadarrama recorridos por tantos viajeros a lo largo de la historia, ninguno como el de la Fuenfría ha despertado tan tempranos y vehementes sentimientos de admiración por los paisajes que se pueden contemplar al atraesar sus alturas.
     
    Aunque duro y abrupto como la mayoría de los demás pasos de la sierra y a veces denostado por imaginarios viajeros, como el soldado de El Buscón, la inmortal obra de Quevedo, que hubiera querido volarlo con pólvora para alivio de caminates, el puerto de la Fuenfría fue siempre mucho más ameno de transitar a causa de la frondosidad de sus bosques y por las soberbias panorámicas con que obsequiaba a los viajeros cultos e ilustrados de todas las épocas. Posiblemente, el primer personaje en dejarse cautivar por sus paisajes fue el rey Felipe II cuando eligió el emplazamiento para levantar su refugio de la Casa Eraso. Sólamentequien haya contemplado la espectacular panorámica de la cumbre de Peñalara y el valle del río Eresma cubierto de inacabables pinares que se domina desde las ruinas de esta casa, podrá hacerse una idea de lo aficionado que era el culto rey Felipe a los paisajes hermosos.
     
    Durante los siglos XVII y XVIII, muchos de los viajeros extranjeros que acudían a España atraídos por el general sentimiento de curiosidad hacia todo lo español que imperaba en países como Francia e Inglaterra, dejaron en sus libros de viaje no pocos testimonios de admiración por los paisajes de la Fuenfría- En 1659 François Bertaut, señor de Freauville y gentilhombre y lector de Cámara de Luis XIII de Francia, después en asistir  de ese año a la firma con España de la Paz de los Pirineos como miembro de la delegación francesa, acudió a Madrid con una embajada del mariscal de Grammont. En una de sus jornadas, atravesando el puerto por el camino real en dirección a Valsaín, no pudo ocultar su admiración por los que calificó como "los más bellos y espesos pinares del mundo" al tiempo que le venían a los labios, como expresión de su entusiasmo, unos versos que acababa de aprender:
     
    Y es turbante Guadarrama
    de la cabeça del Viento
    tomándose por remate
    la media luna del Cielo
     
    Louis de Rouvray, al que vimos cruzar el puerto en 1721, pocos años antes de que se arreglara el camino, confesaba en sus memorias no haber visto nunca "un camino tan hermoso y tan aterrador". Otro viajero francés, Jean François Peyron, que cruzó el puerto en 1777 en su camino desde El Escorial a La Granja, describió de esta forma tan moderna para su tiempo impresión que le causaron hasta los más pequeños detalles del paisaje de la Fuenfría:
     
    "Se atraviesan para llegar allí muy altas montañas que se llaman Puerto de la Fuenfría; están cubiertas de pinos centenarios que producen efectos soberbios. Algunos, blanqueados por la edad, proyectan a lo lejos su tronco rugoso y desnudo; otros, ennegrecidos y heridos por el rayo, muestran en su seno el verdor, la ruina y la desolación en contraste pintoresco. En el fondo del profundo valle que forma este grupo de montañas, corre un pequeño río cuyas aguas son extremadamente frías. El aire de estas tierras es penetrante y allí se siente un frío riguroso incluso en plena canícula. Al llegar al punto más alto de la montaña se descubre un paisaje inmenso, campos dilatados que se extienden cubiertos de bosques, aldeas y pueblos..."
     
    En 1786, ya casi terminada la nueva carretera del puerto de Navacerrada y, por lo tanto, a punto de quedar abandonado el paso de la Fuenfría, el inglés Joseph Towsend pasó por allí dejándonos una espléndida descripción en su Viaje por España en los años 1786 y 1787, un libro que, publicado en 1791 y traducido al francés poco después, tuvo tal éxito en Europa que veinte años después casi todos los oficiales franceses venidos a España con el ejército de Napoleón traían un ejemplar en su equipaje. En su relato podemos ver la impresión que le causó la soberbia panorámica desde la Casa Eraso que dos siglos antes cautivara a Felipe II:
     
    "Este puerto es elevado y desde él se disfruta de una vista deliciosa (...). Al mirar hacia abajo en dirección a Segovia todo el territorio parece tan llano como la superficie de un lago y tan dilatado como el océano; pero a medida que se desciende a la llanura se ven las montañas elevarse ante uno. Sus profundos barrancos y amenazantes peñas, los pinos que los cubren allá donde pueden crecer y los furiosos torrentes que los rasgan, hacen de estas cimas unas tierras de una majestad salvaje"
     
    A partir de entoces, y al igual que había ocurrido poco antes con el antiguo camio del puerto de la Tablada, los tiempos de esplendor del puerto de la Fuenfría daban paso a su utilización como humilde camino de herradura apenas transitado por segadores y arrieros que rodeaban por aquí para evitar el pago del portazgo de Navacerrada. La Fuenfría quedaría así, durante más de un siglo, prácticamente abandonada hasta que a principios del siglo XX un pqueño grupo de historiadores la sacaran del olvido al encontrar en ella los restos del a vía romana XXIV del Itinerario de Antonino.
     
    Las Huellas de Roma
     
    El carácter casi legendario que a causa de su calzada romana ostenta hoy el puerto de la Fuenfría, es un fenómeno bastante reciente ya que durante años se tuvieron muchas dudas acerca del lugar por donde atravesaba la sierra esta vía XXIV que llegaba hasta Segovia desde Titulcia, en las inmediaciones de Aranjuez, y que comenzó a ser estudiada por primera vez de forma rigurosa por el historiador e ingeniero Eduardo Saaavedra hacia 1860.
     
    La total certeza no se tuvo hasta 1910, cuando al extraerse tierra de las márgenes del viejo camino con el fin de recebar el firme y suavizar las fuertes pendientes que dificultaban la saca de maderas del pinar, apareció, a escasos setencientos metros del puente de la Venta de Santa Catalina, un miliario romano con la inscripción todavía visible:
     
    V S P N L Q I L V
    C D D I I D. A V G. T R I B.
    C. V I I ...
     
    El descubrimiento del miliario de Cercedilla dio lugar, en el seno de la Academia de la Historia, a vivas controversias entre dos de los más acreditados especialistas en vías romanas de aquella época, el jesuita Fidel Fita y el historiador y arqueólogo Antonio Blázquez. En los respectivos estudios que publicaron en el mismo  número del boletín de esta institución, discrepaban sobre todo en la datación del miliario: de tiempos de Trajano según Fita, y de Vespasiano según Blázquez. Es a éste último a quien debemos el descubrimiento de esta vía y los estudios más serios realizados sobre su trayecto hasta Segovia desde las mansiones romanas de Titulcia y Miacum.
     
    Antonio Blázquez y Delgado Aguilera (1859-1950), era militar, historiador, miembro de la Academia de la Historia y de la Real Sociedad Geográfica, y autor de importantes estudios sobre la longitud de la milla romana. Desde 1905 anduvo buscando restos de esta antigua vía por diferentes puertos y collados de la parte central y occidental de la sierra, preguntando a pastores y arrieros y requiriendo a los ingenieros de montes para que avisaran de cualquier hallazgo antiguo en los trabajos de apertura de caminos forestales.
     
    El miliario descubierto al pie de la Fuenfría era aparentemente idéntico a los ya entonces desaparecidos "tres hitos de piedra redondos y del altor de un ombre hincados en el suelo junto al Camino Real" a los que de este modo se refería un viejo libro de apeos y deslindes de mediados del siglo XVII conservado en el archivo de la villa de Guadarrama, y que sin duda fueron otros tres miliarios pertenecientes a la misma vía. Estos tres antiguos miliarios, que estuvieron situados entre esta última localidad y Collado Villalba, fueron el indicio gracias al cual pudo Blázquez determinar definitivamente el trazado de la vía XXIV, que en su aproximación a la Sierra de Guadarrama desde Aranjuez y Madrid, coincidía con el del camino real posterior utilizado durante siglos por los reyes para ir a Valsaín.
     
    Sin embargo, en la memoria que publicó en 1918 tras su investigación, el magnífico camino empedrado que asciende aún hoy por la vertiente meridional del puerto y los cuatro puentes de rústica mampostería que le sirven de paso para cruzar los arroyos que bajan de las cumbres ya los atribuyó a obras posteriores que, como vimos, fueron realizadas durante el reinado de Felipe V. Esta hipótesis de Blázquez ha sido confirmada por recientes y rigurosos estudios realizados sobre este camino que determinan con total precisión el trazado de la antigua calzada romana, diferente en muchos tramos al camino abierto por el primero de los Borbones.
     
    Pese a ello, la antigua y arraigada costumbre de las gentes de considerar romano a cualquier camino empedrado y a todo puente antiguo y de origen incierto, sigue hoy día otorgando a la hermosa calzada de la Fuenfría el sello mítico y legendario de todas las obras romanas. 

    POR EL CAMINO DE LAS PESQUERÍAS, A ORILLAS DEL ERESMA

    Una cómoda trocha, mandada empedrar por Carlos III, facilita un poco frecuentado recorrido en la vertiente norte del Guadarrama
    (Por Alfredo Merino)
     
    A pesar de haber madrugado lo suyo, el caminante debe ceder el paso a un grupo de jinetes con el que se cruza a la vera del arroyo Carneros, no sea que, con las estrechuras del puente del Niño, alguna caballeriza le arree un pechugón, que le sirva un tiempo de recuerdo de esta ruta que sale de La Granja (Segovia) y se adentra en los espesos robledales del río Eresma.

    La cancela que defiende el camino señala que es ésta una tierra ganadera. Los rústicos carteles, labrados en pura madera de Valsaín, indican que, de los tres caminos que nacen en la encrucijada, el de la izquierda es el correcto.

    Una segunda barrera libera, por fin, de servidumbres al sendero, que a partir de ese momento marcha despreocupado por el fondo del robledo.

    Salen al paso añosos ejemplares, desvencijados arbolones que son los señores del bosque. A sus pies, las pringosas jaras hace tiempo que dejaron de sudar y, arrugadas, parecen que dormitan pensando en lo lejano que les queda el verano.

    Eresma

    No pasa largo trecho hasta escuchar el ruido con el que el Eresma se marcha de la sierra. Al poco, el río aparece de nuevo por la derecha.

    Al llegar a sus orillas, el puente Pasaderas permite cambiar de margen; aquí, el robledal cede terreno a la pinada. Se esparcen grandes rodales de pinos silvestres, entre cuyos limpios fustes se atarean las ardillas.

    También hay un lugar para los pálidos chopos, que espolvorean el suelo con su lluvia de hojas blanquecinas.

    Ya siempre por la orilla del río, se descubre junto a sus aguas algún que otro tramo enlosado. Son retazos de aquella pequeña obra de ingeniería que, a finales del siglo XVIII, mando construir el rey Carlos III para matar el tedio cortesano de las tardes de estío palaciegas.

    Coto privado

    Aficionado al noble arte de la pesca, el río Eresma fue el coto privado del monarca ilustrado en los suaves veranos de La Granja.

    Habría que ver al entusiasta rey, seguido por una corte de petimetres que, a regañadientes, salía del palacio para mojar el anzuelo en las frías aguas serranas.

    Bastante deteriorado, en esta primera parte, todavía persisten las losas ennoblecidas por una espesa patina de musgo. De vez en cuando, surgen pequeños descansaderos y escalerillas que permiten acceder a las pozas y remansos más escondidos del cauce.

    Un estrecho paso se salva con gastados escalones, que conducen a una casa a la que van a parar las grandes canalizaciones que descienden de la ladera de enfrente. Más adelante, vuelve a angostarse el camino pegado al río, que corre bastante caudaloso para la época del año en la que andamos.

    A mano derecha, un oxidado canalón lleva el agua a algún sembrado, mientras da compañía, durante un trecho, al camino. Algo más adelante, un sordo ruido es el preámbulo de una espectacular cascada que se despeña por la ladera opuesta. Desbordada entre ciclópeos canchales, medio ahoga a los árboles y arbustos que encuentra a su paso.

    Al final de la mínima garganta, otra tanda de escalones permite escapar de la húmeda umbría. Tras remontar una cuesta, el camino desemboca ahora sobre una amplia y redondeada piedra, justo delante de un esbelto puentecillo.

    Corona real

    Para que no haya ninguna duda acerca de la autoría y de la propiedad de esta senda, en el borde de la piedra aparece grabada la corona real y la fecha en que fue trazada: 1768.

    Pasa el camino bajo este puente, llamado Anzolero y continúa por la zona donde el empedrado mejor se conserva.

    En una escurridiza lancha, se conservan los escalones y canalizos que fueron tallados en la pura roca para evitar cualquier resbalón poco deseable para su majestad.

    Poco a poco, se abre el valle, hasta que se llega a la pequeña presa, situada aguas abajo de Valsaín.

    Llegado a este punto de la sierra, el caminante se queda cabilando durante un buen rato. No sabe si darse la vuelta para llenarse la andorga en La Granja o, antes del retorno, recomponer sus fuerzas en alguno de los rotundos y magníficos figones de esta villa maderera.


    Datos prácticos

    Cómo llegar.- Desde Madrid por la autopista A-6 hasta la localidad de Villalba. Continuar luego por la M-601, en dirección al Puerto de Navacerrada.

    Seguir por esta ruta rumbo a Segovia, hasta la localidad de La Granja.- Frente al indicador del kilómetro 121, hay que desviarse por el ramal que se abre a la izquierda. Seguirlo entonces hasta su final, donde se sitúa una amplia chopera, punto donde comienza la ruta.

    Indicaciones.- Excursión sin mayor dificultad que lo escurridizo que puede resultar el suelo, debido al agua y a las hojas secas. Un buen calzado para caminar por estos lugares es más que recomendable.

    Valores naturales.- Desconocido curso fluvial que incluye una sorprendente cascada. No son muchos los madrileños que conocen este bello rincón.

    Horario.- En realizar esta ruta se tarda, aproximadamente, entre una hora y media y dos horas para el recorrido completo de ida y vuelta.

    Dónde comer.- Casa Zaca, buen figón situado en La Granja. Teléfono: 92 147 00 87.

    POR LOS PINARES DE VALSAÍN RUMBO A LA BOCA DEL ASNO

    Un recorrido por los umbríos bosques que se esparcen junto a las orillas del bello y tranquilo cauce del río Eresma

    (Por Alfredo Merino)

    Trescientos años se han cumplido desde que Carlos II abandonó este palacio, coincidiendo con el fin de la estirpe de los Austrias. Desde 1697 el robusto edificio aguanta en pie los envites de hombres y elementos.

    Tempestades, incendios y guerras civiles hundieron su techumbre y vaciaron las cuencas de sus ventanas. Pero, a pesar de tanta injuria y abandono, y con el escarnio sobre sus ladrillos de haber sido declarado monumento histórico y artístico, su noble fábrica aún aguanta en pie.

    Fue Enrique IV quien levantó este edificio, llamado en principio la Casa del Bosque, epicentro de un zoológico. Por estas mismas fragosidades del Guadarrama aquel Trastamara soltó a lo más florido de su afamada colección de fieras. Bien cierto que no para su contemplación, sino para satisfacer sus ansias venatorias.

    El caso es que, para la preocupación de leñadores, ganaderos y demás paisanos de aquella época, convirtió el alto Eresma en el primer safari del universo.

    El olor a madera recién cortada y el trasiego de la amplia caballada en los prados que se extienden al sur del pueblo, señalan que leñadores y ganaderos siguen con su laboreo en el Alto Eresma.

    Hoy, las únicas fieras que inquietan al caminante son los malencarados mastines que azuzan al ganado.

    Añosos robles dan fin al prado que se extiende en el margen izquierdo del Eresma. En sus cercanías, un camino remonta su curso y, tras dejar un puente de madera, llega junto a una presilla, punto de encuentro de pescadores.

    Algo después se llega al llamativo puente de Los Canales, sorprendente acueducto formado por pilares de piedra berroqueña.

    A partir de allí, la orilla ofrece un ancho paseo por el que se sigue una suave caminata que remonta el curso del río.

    De vez en cuando aparecen tramos solados con grandes losas de granito y también algunas escalerillas, hoy solo útiles a los musgos, descienden hasta una oscura poza. Es el camino de las pesquerías.

    Camino de las pesquerías

    Mandado construir por Carlos III, a pesar de su anonimato, es un curioso ejemplo de la arquitectura civil del XVIII que recorre toda la orilla del Eresma, desde las cercanías del palacio de La Granja, hasta la Casa de la Pesca, a los pies de las Siete Revueltas.

    La marcha no tiene mayor misterio que subir aguas arriba para ir descubriendo escondidos parajes. Mostajos, majuelos, servales, acebos, zarzales y helechos jalonan el camino, que de vez en cuando se asoma hasta el borde de las aguas para ver en su fondo las truchas.

    Así se alcanzan Los Asientos, bucólico paraje que, desde temprana hora, colonizan algunas familias. De vez en cuando el camino se bifurca y, cuando el bosque se abre en despejadas praderas, surgen pistas y sendas, siendo recomendable seguir la cercana al río.

    El recio puente de Navalacarreta da paso a una mínima pero angosta garganta de piedras entre las que se precipita el Eresma.

    Boca del Asno

    Para evitarla se sube por un empinado terraplén, en cuya cumbre se descubren balaustradas de madera que protegen el precipicio y mesas de madera que se esparcen por las praderas. Al otro lado de la garganta, un puente de madera da acceso a la Boca del Asno. Aguas arriba aparecen nuevos tramos enlosados.

    Un mojón de piedra acompaña a otro puente que suda su resina al sol del mediodía. Es el de Los Vadillos. El caminante sigue hasta el Puente de la Cantina y retornará por la otra orilla, siguiendo el rumbo que le señalan las aguas.


    Datos prácticos

    Cómo llegar.- Desde Madrid, por la autopista de La Coruña, hasta Villalba, para tomar la M-601 hasta el Puerto de Navacerrada, a partir del cual la carretera se denomina CL-601.

    Al llegar a Valsaín, cruzar el puente sobre el Eresma y dejar el vehículo aparcado en las cercanías de las ruinas del palacio real, donde comienza la excursión.

    Horario.- Entre tres horas y tres horas y media hasta el último de los puentes.

    Indicaciones.- Como todas las marchas que se realizan en este tiempo estival, es recomendable comenzar temprano. Existe la posibilidad de refrescarse en cualquiera de las abundantes charcas que jalonan el recorrido.

    Valores naturales.- Son los pinares más importantes del centro de la península Ibérica.

    Presencia de águila imperial y buitre negro como especies destacadas, junto con una completa muestra de la fauna serrana.

    Dónde comer.- Recomendable el Restaurante El Torreón, en Valsaín.

    EL CAPRICHO DE UN REY PESCADOR

    El rey Carlos III impulsó entre 1767 y 1769 las obras de la senda de pescadores de uso regio que recorre los nueve primeros kilómetros del río Valsaín
    (Javier Prieto Gallego)
     
    Todo se debe a la pasión de Carlos III por pescar truchas. Así se escribe la historia y así se acometen impagables obras públicas como la pavimentación de la orilla izquierda del río Eresma a su paso por Valsaín. Impagable no por la cuantía pecuniaria, que también; impagable, sobre todo, por el gozo inmenso que hoy procura a quien se aventura por aquellas losas de granito en un recorrido inolvidable para disfrutar de algunos de los rincones más hermosos de toda la sierra del Guadarrama.

    El rey Carlos III lo sabía como nadie y por eso impulsó esta auténtica senda de pescadores de uso regio con unas obras que se llevaron a cabo entre 1767 y 1769 a lo largo de los nueve primeros kilómetros del río Valsaín, que es como se nomina al Eresma aquí, entre su nacimiento y el actual embalse segoviano de Pontón Alto.

    Nueve deliciosos kilómetros en los que sus paisajistas de cabecera diseñaron todo un repertorio de escalinatas, muretes y represas con el fin de que su rey pescador pudiera pasearse las orillas y escoger el rincón que mejor viera para practicar una de sus aficiones preferidas sin mancharse ni la suela de los botines. Por suerte para los corre-ríos buena parte de aquella obra sigue aún donde se plantó tan alcance de cualquier plebeyo que haría pasmarse a más de un rey campechano.

    Trazado circular

    Por si fuera poco, desde hace unas semanas cuenta con una espléndida señalización como compañera de viaje por alguno de sus tramos más impactantes. El itinerario en cuestión, bautizado como 'Sendero de los Reales Sitios', dibuja un trazado circular que enlaza las localidades de La Granja, Valsaín y Pradera de Navalhorno del que forma parte el aludido tramo de las Pesquerías Reales.

    El primero de los paneles informativos hay que buscarlo en la rotonda junto a la puerta de Segovia -uno de los accesos al Real Sitio-, en el arranque de la carretera que continúa hacia Navacerrada. Desde ese panel los primeros pasos encaminan hacia Segovia mientras se avanza con la carretera al lado derecho. A los pocos metros se alcanza la melancólica fachada del viejo Parador levantado en el siglo XVIII. En otros pocos pasos más, frente a la gasolinera, se alcanza el segundo de los paneles, dispuesto para informar acerca de la importancia del cultivo de los afamados judiones, producto estrella en la gastronomía de la localidad.

    Tras superar el embalse del Pontón Alto el paseo abandona los trajines de la carretera para ponerse en paralelo con la orilla izquierda del río. El tramo por el robledal que arropa entre jaras las márgenes del embalse finaliza en su misma cola, al alcanzar los primeros vestigios del regio enlosado. Desde aquí hasta la localidad de Valsaín median 3,5 kilómetros de delicioso paseo repleto de sorpresas y piedras bien puestas entre los que destacan, por orden de aparición, el vado del puente de Las Pasaderas, la escalinata que precede al puente del Anzolero o la presa del Olvido, ya cerca de Valsaín. Desde esta localidad, tras visitar las desabridas ruinas del primitivo palacio real, el camino enfila hacia La Pradera de Navalhorno para atajarla por su calle Primera en dirección al Centro de Montes y Aserradero de Valsaín.

    La última de sus serrerías da paso a un arbolado paseo de fresnos por el que se alcanza la fuente del Nogal de Calabazas. Casi de inmediato, entre impresionantes apilamientos de troncos, se abre la bifurcación en la que, por la izquierda, se abandona el asfalto para encaminarse, a través de los pinares, hasta la puerta de Los Cosíos, del palacio Real. Desde ella una pista conduce hasta la cercana carretera CL-601 en cuya compañía, recorriendo el sendero que la flanquea, se llega de nuevo, en diez minutos, al inicio del paseo.
     

    DE INTERÉS

     

    En marcha: El inicio del paseo se localiza junto a la Puerta de Segovia, de la localidad de La Granja de San Ildefonso.


    El paseo: La longitud del paseo es de unos 9 kilómetros de escasa
    dificultad que pueden recorrerse en unas tres horas. Se encuentra señalizado en todo su recorrido. La Oficina de Turismo facilita un folleto con el croquis y mucha información sobre el recorrido ( 921 47 00 18). Buena parte de esa información aparece también en los paneles situados junto al camino. El camino de las Pesquerías Reales puede recorrerse por completo entre el embalse y la confluencia con el arroyo del Telégrafo.


    Jardines Reales: El comienzo del otoño es uno de los mejores
    momentos del año para visitarlos. Información: 921 47 00 19.
    Dormir: 902 20 30 30

    ALTAS TORRES QUE NO HAN CAÍDO

     ( Por Andrés Campos)

    Levantadas en tiempos de violencia fronteriza, las murallas son el recordatorio de un mundo atroz, pero también la orgullosa enseña de aquellas villas que no han sucumbido al asedio de la moderna vulgaridad urbanística, que han sabido defender sus altas torres almenadas contra un ejército de especuladores, hormigoneras y gnomos de jardín. Éstos son los más importantes recintos fortificados de Madrid y de las provincias aledañas:

    - Buitrago del Lozoya. Al pie de Somosierra, antaño belicoso paso de moros y cristianos, se alza la única villa de la región que conserva completo su recinto fortificado: una muralla de más de 800 metros de longitud, nueve de altura y tres de espesor, que se erige imponente sobre una cerrada curva del río Lozoya desde el siglo XII, si no antes. La puerta principal -con acceso en recodo, para mejor defenderla de los atacantes- se abre en el muro meridional, bajo la torre del Reloj, cobijada por un arco ojival y otro de herradura. Justo encima, hay un tramo rehabilitado del adarve -unos 100 metros- que permite contemplar a vista de ángel la iglesia gótica de Santa María y los tejados del casco viejo, siempre y cuando se concierte la visita en la oficina de turismo (teléfono: 918 68 16 15), porque está cerrado con llave. Otro tramo restaurado, de libre acceso, se halla en el ángulo norte, allí donde Buitrago corta cual proa las aguas verdes del Lozoya. La Feria del Mercado Medieval -que se celebra este fin de semana- es una ocasión muy apropiada para la visita (www.buitrago.org).

    - Alcalá de Henares. De los casi seis kilómetros que llegó a tener la muralla alcalaína en el siglo XV, quedan en pie 1.200 metros flanqueados por 19 torres en el ángulo noroeste de la ciudad vieja, correspondientes a la cerca del Palacio Arzobispal. Erigida en el siglo XIII y reformada en el siguiente por el obispo Tenorio, tiene lienzos de casi siete metros de altura por 1,8 de grosor en las partes más antiguas, y torres que miden más de 11, todo ello de mampostería encintada, con vanos, esquinas y almenas de ladrillo, al más puro estilo alcalaíno. Paseando desde la puerta de Madrid hasta el arco de San Bernardo, por la calle de Andrés Saborit y la Vía Complutense, se ofrece, en sugerente contraste con esta obra medieval, la modernidad del Museo de Esculturas al Aire Libre, con creaciones de Úrculo, Alberdi, Poblador, Pepe Noja... Hay una oficina de turismo (teléfono: 918 81 06 34) en la plaza de los Santos Niños, a cuatro pasos de la muralla (www.ayto-alcaladehenares.es).

    - Ávila. Consideradas el mejor ejemplo de fortificación medieval que se conserva en Europa, las murallas de Ávila definen un recinto rectangular de 2.516 metros de perímetro, 12 de altura y tres de espesor medio, con 88 torres y nueve puertas. La mejor vista de las mismas, la que aparece en todas las guías, se obtiene desde el paraje de los Cuatro Postes, en la carretera de Salamanca. Se puede subir al adarve en tres puntos -la puerta del Alcázar, la del Peso de la Harina y la del Carmen- y andar sobre las murallas algo más de un kilómetro, gozando de una insólita perspectiva aérea de las iglesias románicas y de los jardines de las casas palaciegas. El resto del recinto puede verse caminando por el exterior, en un cómodo paseo circular que dura alrededor de una hora. Horarios de visita, precios y otros datos útiles se pueden encontrar en la puerta del Peso de la Harina (teléfono: 920 25 50 88), en el Centro de Recepción de Visitantes de Ávila (teléfono: 902 10 21 21) y en www.avilaturismo.com.

    - Segovia. Aunque no las necesitaba, estando en lo alto de una peña tajada por los barrancos del Clamores y del Eresma, la capital segoviana comenzó a rodearse en el siglo XI de una muralla de 3.000 metros de longitud. De las cinco puertas que tuvo, se conservan tres: la de San Cebrián, que se abre al norte; la de Santiago, a la sombra del Alcázar, y la de San Andrés, al mediodía. Sobre esta última, en lo que fue el cuerpo de guardia, se halla el Espacio Informativo de la Muralla (teléfono: 921 46 12 97), con paneles que explican, entre otras curiosidades, el funcionamiento de la puerta de rastrillo. También desde aquí puede subirse al adarve y pasear por él cerca de 300 metros, contemplando por un lado los tejados de la antigua judería, y por otro el vallejo del Clamores, el Pinarillo y la cercana sierra de Guadarrama. Más información, en el Centro de Recepción de Visitantes situado en la plaza del Azoguejo (teléfono: 921 46 67 20) y en www.turismodesegovia.com.

    - Palazuelos. A 137 kilómetros de Madrid, en las vecindades de Sigüenza, se halla esta localidad guadalajareña que fue villa pechera de doña Mayor Guillén de Guzmán, querida de Alfonso X el Sabio, y luego de los Mendoza, oculta dentro de un impresionante recinto murado de más de dos kilómetros de longitud, razón por la cual es conocida (por los cuatro que la conocen) como la pequeña Ávila. Tiene tres puertas fortificadas -la principal, con el clásico acceso en zigzag, para facilitar la defensa- e, inserto en el ángulo septentrional, un castillo alto y cuadradote que encargó hacia 1454 don Íñigo López de Mendoza, el famoso poeta y primer marqués de Santillana, al no menos famoso arquitecto Juan Guas, y que desde 1999 está siendo rehabilitado como vivienda privada. Más detalles sobre este ignoto reducto de pura Edad Media se pueden conseguir en la página www.castillodepalazuelos.es y en la oficina de turismo de Sigüenza (teléfono: 949 34 70 07; www.siguenza.es).

    RECREO, OXÍGENO Y TRÁFICO. Collado Villalba

    (Moncho Alpuente)

    Villalba aportaba a los veraneantes de la capital "recreo y oxígeno", y los veraneantes correspondían con "riqueza, gusto urbano, tráfico y animación". Los términos de este casi idílico intercambio aparecían en una revista del año 1903 y son citados en el libro La sierra de Guadarrama. Naturaleza, paisaje y aire de Madrid, editado en 1992 por la Comunidad. Antonio Sáenz de Miera, director y coordinador de la edición, comenta en sus páginas el devenir de tan sencillo y reconfortante trueque, y afirma: "De ese intercambio, que entonces parecía no sólo inocuo, sino beneficioso, se podrían derivar problemas que hoy se nos hacen patentes tras la exacerbación de las demandas residenciales y turísticas que se producen en la época anterior".En 1997, según la guía Conocer Collado Villalba, existían en esta localidad, con 40.000 habitantes censados, 32 agencias inmobiliarias y más de cien empresas del ramo de la construcción en todas sus facetas. La sierra sigue ofreciendo a sus residentes, estacionales o fijos, "recreo y oxígeno", y la capital continúa aportando "riqueza, tráfico y animación"; lo del "gusto urbano" es, desde luego, mucho más discutible.

    En Collado Villalba, como en otros pueblos de la comarca afectados por la capitalización, se distinguen dos núcleos de población bien definidos que sus vecinos conocen como Villalba-Estación y Villalba-Pueblo. Lo más representativo del primer núcleo es, por supuesto, la estación de ferrocarril, motor de la urbanización colindante y del crecimiento de la zona. Pero la significación ha cambiado en los últimos años tras la demolición por parte de Renfe del edificio de la antigua estación, un edificio entrañable para muchos vecinos de la zona que se opusieron inútilmente al derribo. La vieja estación, una construcción de granito en la mejor tradición serrana, no se merecía tan triste final. Aunque las necesidades del servicio exigían una ampliación urgente (se calcula que 10.000 viajeros hacen uso diario de sus instalaciones), la venerable casona podía haber sobrevivido como algunas hermanas suyas de la sierra situadas en la misma línea de cercanías.

    El ferrocarril y la autopista hace tiempo que pusieron a Villalba a tiro de piedra de Madrid. Huyendo del mundanal ruido y de los infernales precios de la urbe, muchos capitalinos hicieron de su segunda residencia estival la primera y siguieron llevando tráfico, animación y mal gusto urbano a Villalba y sus alrededores. Para sustituir a la vieja estación ferroviaria ha surgido un nuevo edificio que por su rabiosa funcionalidad resulta prácticamente invisible. Así lo ve, o mejor dicho, no lo ve, Carlos Colorado, vecino de Villalba y guionista de un proyecto televisivo sobre el Madrid invisible.

    El comercio, grande y pequeño, se concentra entre los focos de la autopista y la estación, barrios modernos y anónimos con sus rotondas y sus módicos atascos de tráfico para que los recién llegados de la aglomeración urbana no sientan nostalgias de su anterior hábitat. El centro comercial Los Valles y otras grandes superficies comerciales, media docena de discotecas y un rosario de discobares se concentran en el cogollo urbano de Villalba-Estación, unida al pueblo de Villalba por un delgado hilo conductor, tan fino que en algunos tramos no permite el paso simultáneo de dos vehículos pesados.

    El núcleo del pueblo de Villalba se preserva milagrosamente alrededor de la iglesia y el Ayuntamiento. La iglesia es una maciza construcción del siglo XVI consagrada a la Virgen del Enebral, en la que destacan el primoroso artesonado, la torre y la propia talla de la Virgen patrona. El edificio del Ayuntamiento, a pesar de las numerosas remodelaciones, conserva su característica traza de principios de siglo, con sus bloques de granito extraídos de las moles circundantes de Guadarrama. A su lado, al borde de la peligrosa carretera, unas rotundas gradas de piedra bastamente labrada en el siglo XVII son testigo de una antigua, tradición democrática. Sobre ellas se sentaban en los días señalados el alcalde y los concejales para administrar justicia en concejo libre y abierto con los vecinos.

    El pueblo conserva también antiguos caserones rurales y algunas de las primeras villas de veraneo en uno de los conjuntos más armónicos de esta zona de la sierra. Villalba, como toda la comarca, nació de los asentamientos con los que los pastores segovianos, buscando mejores pastos y para facilitar la trashumancia de sus rebaños, fueron jalonando el territorio madrileño, en un proceso a menudo interrumpido por querellas y pleitos de demarcación entre reyes, obispos y nobles. De su antigua dedicación ganadera apenas le quedan a Villalba dos o tres ganaderías, una de ellas de reses bravas. En Villalba (villa blanca) mandó instalar Felipe II pozos de nieve, depósitos perpetuos que sirvieron para refrescar los gaznates de los habitantes de la capital durante los tórridos veranos,

    Desde su fundación, Villalba estuvo muy relacionada con Madrid como primera etapa y puesto de avituallamiento de los viajeros que entraban o salían de la urbe en un trayecto siempre arriesgado y difiícil: "En el siglo pasado y a principios del actual estaba muy extendida la idea de Guadarrama como guarida de salteadores, como lugar peligroso y paso desagradable", escribe Sáenz de Miera en el libro citado anteriormente, en el que subraya también que tendría que llegar el siglo XX para que los madrileños urbanos dejaran de vivir de espaldas al impresionante murallón de Guadarrama, al que veían más como un obstáculo que como un lugar bello y saludable.

    Este cambio de mentalidad, propiciado por la aparición en las sociedades urbanas de las teorías higienistas y de retorno a la naturaleza, marcó el rumbo de la sierra madrileña y su desarrollo. Para los antiguos pobladores segovianos, Guadarrama fue "puerto, nieve, agua, madera, pasto y caza"; para los capitalinos, territorio de expansión, de huida, de imposible retorno a unas formas de vida que ellos mismos contribuyeron a cambiar irremediablemente con su "gusto urbano" hasta parir este híbrido a mitad de camino entre lo urbano y lo rural, privilegiado por el inmutable y majestuoso entorno de la sierra de Guadarrama, tesoro y orgullo de Madrid.