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    En busca del Pino de las Tres Cruces, sobre el Valle de Los Caídos

    Un recorrido por un camino solitario de amplias panorámicas que se abren sobre el valle de Cuelgamuros

    ALFREDO MERINO

    SAN LORENZO DE EL ESCORIAL.- El mejor sueño que puede concebir cualquier excursionista que se precie no es otro que recorrer un camino solitario que salte de cumbre en cumbre. Algo que se antoja difícil en estos tiempos que corren, en los que todo el mundo parece haber vuelto su mirada a la naturaleza. Y más aún en las cercanías de una urbe como la capital madrileña, capaz de despertar las ansias campestres en el más recalcitrante de los urbanitas.

    Pero a tiro de piedra de nuestra ciudad se extienden solitarios recorridos y abren sus trazos aislados retazos de rutas que, por increíble que parezca, hacen realidad tan locos sueños. Un buen ejemplo se encuentra en el franco cordal que se extiende entre los cerros de La Carrasqueta y San Juan, justo encima de Cuelgamuros. Una marcha de sencillo acceso, que puede despacharse en un par de horas y completamente solitaria. Ideal para una tarde de verano.

    MAS QUE UN SIMPLE ARBOL.- Hace tiempo que el caminante recorrió esta ruta para descubrir un pino cuya extraordinaria vegetalidad le había convertido en algo más que en un simple árbol. ¿Qué mejor excusa para echarse a andar que saludar a un viejo amigo?

    Se elevaba este especimen justo en el ángulo noroeste de la tapia que delimita los terrenos del Valle de los Caídos. Era uno de los más añejos del Guadarrama. Con una altura por encima de los 25 metros, el perímetro de su tronco alcanzaba tres metros y medio. Se le conocía como el Pino de las Tres Cruces. Parece que el nombre le vino por las cruces que tenía grabadas en su tronco. Aunque hay quien cree que aludía a que en este preciso punto coincidían los términos municipales de El Escorial, Guadarrama y Peguerinos. Los más píos, por el contrario, aseguran que se debía al hecho de que tan formidable presencia, sólo podía aludir a la Santísima Trinidad.

    La concurrida Fuente de las Negras es el punto de partida. Allí se inicia un sendero que, hacia el norte, penetra en el bosque. El camino, transita bajo un cuidado arbolado, descubriendo de vez en cuando bucólicas praderas y esparcidas pedrizas. Manteniendo el rumbo, encara una fuerte pero corta pendiente. En su final se encuentra el refugio de La Naranjera. También conocido como La Carrasqueta, es una de esas recias construcciones que se esparcen por esta parte del Guadarrama. Construidas hace varias décadas para albergar los servicios de cuidado y gestión de estos montes, hoy aguardan olvidadas convertirse en ruinas.

    En el lado oeste de este paraje, conocido como La Portera del Cura, se extiende interminable una valla de piedra. Es el límite de las posesiones del Patrimonio Nacional, en cuyo centro se encuentra el Valle de los Caídos, otrora conocido como Cuelgamuros. Al otro lado de la valla, unas cercanas piedras ofrecen descansadas terrazas desde las que se contempla a placer la «mayor cruz de la Tierra» o, si se quiere, «la octava maravilla del mundo». Un tremendo monumento de 150 metros de altura y cerca de 50 de envergadura, erigido tras la guerra a fuerza de sudor de presidiario, por expreso deseo del general Franco. Mejor dejarlo aquí y seguir con nuestra caminata.

    Cruzada de nuevo la cerca, se toma a mano derecha -noroeste- el ancho camino que discurre paralelo a la misma. De inmediato, se inicia un empinado descenso que se solventa con un par de descarnadas revueltas. Atraviesa el sendero un sombrío bosque alfombrado de espesas gayubas y el pinar se acicala con el perfume de romeros, cantuesos, jaras y tomillos. A continuación, atraviesa una amplia colladona, donde la vista abarca la depresión de Pinares Llanos.

    LA NATURALEZA POR LOS SUELOS.- El bosque se aclara y se llega hasta el fin de la cerca, donde debía estar el Pino de las Tres Cruces. Pero el venerable árbol ya no se apoya en la esquina de la finca. Su altivo tronco, yace en el suelo tras el cercado, desmochado y sin ramas. Su antaño lustrosa madera hoy es un tronco rígido y gris, se diría que cadavérico. Entre los piornos las pruebas del crimen: un par de bidones de plástico, una camiseta y virutas en el suelo.

    Mas la vida sigue. Otro pino de considerables dimensiones crece a escasos metros. Sus ramas lanzadas al cielo proclaman que hace tiempo tomó el relevo de su padre.


    Datos prácticos

    Cómo llegar.- La manera más razonable de llegar al comienzo de la ruta, es a través del puerto de Malagón, al que se accede desde San Lorenzo de El Escorial. Desde el collado, una carretera en mal estado lleva en cuatro kilómetros hasta la Fuente de las Negras, donde se inicia la andadura. .

    Horario.- Entre tres horas y tres horas y media para el recorrido de ida y vuelta.

    Indicaciones-. Dada la situación de la ruta y el reducido horario que supone, junto con lo prolongado de los días en esta época del año, puede emprenderse a la caída de la tarde, cuando el calor comienza a remitir.

    Valores naturales.- Buitre leonado, águila real, picapinos, ardilla, jabalí, etcétera.

    Dónde comer.- Restaurante La Genara, en El Escorial.


    Las autopistas más ecológicas. Senderos de gran recorrido

     
    ANDRÉS CAMPOS
     

    Los senderos de gran recorrido (GR) son itinerarios de medio centenar de kilómetros en adelante, que generalmente discurren por caminos anchos -pistas forestales, cañadas reales, antiguas calzadas...-, sin grandes pendientes y, para mayor comodidad, señalizados con trazos de pintura blanca y roja. Recorren la sierra de Guadarrama por sus dos vertientes, pero también las que parten del centro mismo de la ciudad.

    - Sendero GR-10

    Uno de los grandes clásicos del senderismo español es este itinerario de Valencia a Lisboa, que corre 200 kilómetros por tierras madrileñas, desde Patones hasta San Martín de Valdeiglesias, bordeando la ladera meridional del Guadarrama. Las serrezuelas de Patones y La Cabrera, las dehesas de Miraflores y Manzanares, el valle de la Fuenfría y los pinares del embalse de San Juan son algunos de los paisajes gloriosos que surca. El tramo más vistoso, empero, es el que va del puerto de Guadarrama a San Lorenzo de El Escorial por la cresta de Cuelgamuros. Es una travesía de 20 kilómetros y unas seis horas, sólo ida. El tramo de Cuelgamuros se explica paso a paso, con planos y fotografías, en www.trotamontes.org/marcoabantos.htm.

    - Sendero GR-10.1

    Se trata de una variante del anterior, del que se desgaja en el paraje de El Collado, en Bustarviejo, y con el que vuelve a juntarse en el puerto de la Fuenfría, en Cercedilla, después de dar un rodeo de 50 kilómetros por el valle madrileño del Lozoya y el segoviano de Valsaín. La última parte del sendero, la más espectacular, conduce del puerto de Cotos al de la Fuenfría por el camino viejo de El Paular y la umbría de Siete Picos, atravesando los arroyos que dan origen al Eresma y el bosque de pinos silvestres más cuidado de España. Incluyendo la bajada a Cercedilla, es una caminata de 22 kilómetros y unas seis o siete horas de duración, sólo ida. Tanto Cotos como Cercedilla están comunicados con trenes de Cercanías (Renfe, teléfono 902 24 02 02) y autobuses de Larrea (teléfono 91 398 38 05), por lo que no se necesitan vehículos de apoyo (www.madrid.org/inforjoven.)

    - Senda Real

    Inaugurada en octubre de 1999 y homologada poco después como GR-124, esta ruta senderista, idea feliz de Ecologistas en Acción, invita a ir de la ciudad a la sierra por el camino más directo. Son 47 kilómetros desde la glorieta de San Vicente hasta el castillo de Manzanares el Real, rodeando por el este el monte del Pardo, atravesando los pastaderos de Colmenar y orillando el embalse de Santillana. Desde el puente medieval que hay señalizado en el kilómetro 38,400 de la carretera M-604, entre Colmenar Viejo y Cerceda, se puede seguir fácilmente la Senda Real hasta Manzanares paseando entre dehesas de ganado bravo. Es éste un paseo de 15 kilómetros y cinco horas de duración, incluida la vuelta por el mismo camino. (www.ecologistasenaccion.org/madrid/natural/senda/real.htm)

    - Senda de las Merinas

    Esta ruta de 53 kilómetros comunica naturalmente la ciudad con la sierra Oeste, yendo desde la misma glorieta de San Vicente hasta San Lorenzo de El Escorial, por la Casa de Campo, Pozuelo, Villafranca del Castillo, Valdemorillo y Zarzalejo. Las vías pecuarias por las que discurre en todo momento -la vereda de San Antón, la de las Carreras, la colada del Camino de la Crucijada...- explican su bautismo. Para una sola jornada, lo más apetecible es pasear desde el barrio de la estación de Zarzalejo hasta Valdemorillo llevando a una y otra mano hermosas dehesas de encinas. Al inicio de este recorrido de 20 kilómetros y seis horas -incluida la vuelta por el mismo camino-, se pasa junto a las lagunas de Castrejón, en cuyas aguas someras se refleja la mole granítica de la Machota Chica. El sendero completo se detalla en www.andarines.com, bajo el epígrafe Una salida por el oeste.

    - Sendero GR-88

    Se le conoce también como Sendero Segoviano, porque la mayor parte de él (140 kilómetros) discurre por la falda septentrional del Guadarrama, entre los términos de El Espinar y Cerezo de Abajo, siguiendo casi siempre la cañada real de la Vera de la Sierra, y sólo al final se adentra 45 kilómetros en Madrid para ir a enlazar con el GR-10 a la altura del Pontón de la Oliva, en Patones. La carretera se cruza con el sendero GR-88, que invita al caminante a subir por la Loma Mediana, entre los valles de los ríos Jarama y Ermito, contemplando el único bosque madrileño de hayas. En tres horas, se puede alcanzar la divisoria de aguas de la sierra y asomarse a la llanura segoviana. Información en la Federación Española de Montaña y Escalada: www.fedme.es

    Los antiguos pinares de Segovia

     
    (extracto del libro, Memorias del Guadarrama, Historia del descubrimiento de unas montañas, de Julio Vías)
     
     
    Remontando como una gran marea verde las faldas de Peñalara hasta casi rodear las altas escarpaduras de la cumbre, se extienden por ambas vertientes de la montaña algunas de las mejores masas de bosque de pino silvestre de toda Europa. En la vertiente segoviana la vista se pierde en el gran océano de pinos de los montes de Valsaín, "joya de la riqueza forestal de nuestro país", como fueron calificados en 1884 por los ingenieros encargados de su ordenación Rafael Breñosa y Joaquín María de Castellarnau. Al otro lado de la sierra, los no menos valiosos pinares de El Paular, encajonados en el fondo de la cabecera del Lozoya por el poderoso abrazo de las cumbres de Peñalara y las Cabezas de Hierro, y que por su paisaje y umbrosa vegetación merecieron, en 1864, el calificativo de "valle alemán", en la Memoria de Reconocimiento de la Sierra de Guadarrama, del ingeniero Máximo Laguna, el cual, habiendo estudiado en la Escuela de Montes de Tharandt, en Sajonia, creía otorgarles así la máxima categoría forestal y paisajística.
     
    Aunque la historia de estos dos montes tiene un origen común, los avatares por los que pasaron cada uno de ellos fueron muy distintos. Pertenecientes ambos a la Comunidad de Villa y Tierra de Segovia desde el siglo XII y frecuentados habitualmente por los reyes de Castilla en sus monterías, sus destinos se separaron a causa de las ambiciones, intereses e intrigas que durante siglos movieron al hombre por la posesión de su gran riqueza maderera.
     
    El primero en segregarse de la común propiedad de Segovia sería el llamado Monte Cabeza de Hierro, en las alturas del valle de El Paular, dónde, a partir del siglo XVI, los monjes cartujos del monasterio, que desde su llegada al valle en 1390 tenían únicamente los derechos para pastar en él sus ganados, comenzaron a talar pinos que vendían en las vecinas tierras del Señorío de Buitrago. Tras las denuncias interpuestas por Segovia y los pleitos aq ue dieron lugar, finalmente los monjes serían condenados a respetar el antiguo dominio de la ciudad sobre los pinares.
     
    Pero en 1675 una Real Cédula del rey Carlos II otorgaba al monasterio la propiedad del monte sin que las protestas de los segovianos que alegaban la menor edad del rey y que este documento se había firmado sin su conocimiento, fueran tenidas en cuenta. Tras otra larga sucesión de pleitos, Segovia perdió definitivamente sus derechos frente a la entonces poderosa cartuja, excepto en una estrecha y elevada franja del pinar conocida como la Cinta de Peñalara.
     
    Trasl a périda de los pinares de El Paular, Segovia siguió conservando los de Valsaín hasta que, en 1761, el rey Carlos III, gran aficionado a cazar y pescar en estos bosques, decidió incorporarlos al patrimonio real expropiándolos a sus seculares propietarios junto a los montes de Riofrío y las matas robledales de San Idelfonso y Pirón. Otra vez desposeída, a Segovia sólo le quedaron los derechos de explotación de los pastos, las leñas muertas, algunas ramas de acebo para las celebraciones del Domingo de Ramos, y las ramas de piornos necesarias para cubrir y conservar la nieve de los ventisqueros
     
    Los llamados a partir de entonces Reales Montes de Valsaín, o mas popularmente en singular, Pinar del Rey, fueron acotados o amojonados para señalar con exactitud las propiedades de la corona creándose a su vez un severísimo cuerpo de guardería para vigilarlos. Precisamente fueron dos de estos cotos o mojones, los que señalaban el límite entre los pinares reales y el monte Cabeza de Hierro perteneciente al vecino monasterio (del Paular) y que aún hoy se conservan jalonando el paso de la carretera en lo alto del antiguo puerto del Paular, los que acabarían por dar a este paso su actual denominación de puerto de los Cotos