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RECREO, OXÍGENO Y TRÁFICO. Collado Villalba(Moncho Alpuente)
Villalba aportaba a los veraneantes de la capital "recreo y oxígeno", y los veraneantes correspondían con "riqueza, gusto urbano, tráfico y animación". Los términos de este casi idílico intercambio aparecían en una revista del año 1903 y son citados en el libro La sierra de Guadarrama. Naturaleza, paisaje y aire de Madrid, editado en 1992 por la Comunidad. Antonio Sáenz de Miera, director y coordinador de la edición, comenta en sus páginas el devenir de tan sencillo y reconfortante trueque, y afirma: "De ese intercambio, que entonces parecía no sólo inocuo, sino beneficioso, se podrían derivar problemas que hoy se nos hacen patentes tras la exacerbación de las demandas residenciales y turísticas que se producen en la época anterior".En 1997, según la guía Conocer Collado Villalba, existían en esta localidad, con 40.000 habitantes censados, 32 agencias inmobiliarias y más de cien empresas del ramo de la construcción en todas sus facetas. La sierra sigue ofreciendo a sus residentes, estacionales o fijos, "recreo y oxígeno", y la capital continúa aportando "riqueza, tráfico y animación"; lo del "gusto urbano" es, desde luego, mucho más discutible. En Collado Villalba, como en otros pueblos de la comarca afectados por la capitalización, se distinguen dos núcleos de población bien definidos que sus vecinos conocen como Villalba-Estación y Villalba-Pueblo. Lo más representativo del primer núcleo es, por supuesto, la estación de ferrocarril, motor de la urbanización colindante y del crecimiento de la zona. Pero la significación ha cambiado en los últimos años tras la demolición por parte de Renfe del edificio de la antigua estación, un edificio entrañable para muchos vecinos de la zona que se opusieron inútilmente al derribo. La vieja estación, una construcción de granito en la mejor tradición serrana, no se merecía tan triste final. Aunque las necesidades del servicio exigían una ampliación urgente (se calcula que 10.000 viajeros hacen uso diario de sus instalaciones), la venerable casona podía haber sobrevivido como algunas hermanas suyas de la sierra situadas en la misma línea de cercanías. El ferrocarril y la autopista hace tiempo que pusieron a Villalba a tiro de piedra de Madrid. Huyendo del mundanal ruido y de los infernales precios de la urbe, muchos capitalinos hicieron de su segunda residencia estival la primera y siguieron llevando tráfico, animación y mal gusto urbano a Villalba y sus alrededores. Para sustituir a la vieja estación ferroviaria ha surgido un nuevo edificio que por su rabiosa funcionalidad resulta prácticamente invisible. Así lo ve, o mejor dicho, no lo ve, Carlos Colorado, vecino de Villalba y guionista de un proyecto televisivo sobre el Madrid invisible. El comercio, grande y pequeño, se concentra entre los focos de la autopista y la estación, barrios modernos y anónimos con sus rotondas y sus módicos atascos de tráfico para que los recién llegados de la aglomeración urbana no sientan nostalgias de su anterior hábitat. El centro comercial Los Valles y otras grandes superficies comerciales, media docena de discotecas y un rosario de discobares se concentran en el cogollo urbano de Villalba-Estación, unida al pueblo de Villalba por un delgado hilo conductor, tan fino que en algunos tramos no permite el paso simultáneo de dos vehículos pesados. El núcleo del pueblo de Villalba se preserva milagrosamente alrededor de la iglesia y el Ayuntamiento. La iglesia es una maciza construcción del siglo XVI consagrada a la Virgen del Enebral, en la que destacan el primoroso artesonado, la torre y la propia talla de la Virgen patrona. El edificio del Ayuntamiento, a pesar de las numerosas remodelaciones, conserva su característica traza de principios de siglo, con sus bloques de granito extraídos de las moles circundantes de Guadarrama. A su lado, al borde de la peligrosa carretera, unas rotundas gradas de piedra bastamente labrada en el siglo XVII son testigo de una antigua, tradición democrática. Sobre ellas se sentaban en los días señalados el alcalde y los concejales para administrar justicia en concejo libre y abierto con los vecinos. El pueblo conserva también antiguos caserones rurales y algunas de las primeras villas de veraneo en uno de los conjuntos más armónicos de esta zona de la sierra. Villalba, como toda la comarca, nació de los asentamientos con los que los pastores segovianos, buscando mejores pastos y para facilitar la trashumancia de sus rebaños, fueron jalonando el territorio madrileño, en un proceso a menudo interrumpido por querellas y pleitos de demarcación entre reyes, obispos y nobles. De su antigua dedicación ganadera apenas le quedan a Villalba dos o tres ganaderías, una de ellas de reses bravas. En Villalba (villa blanca) mandó instalar Felipe II pozos de nieve, depósitos perpetuos que sirvieron para refrescar los gaznates de los habitantes de la capital durante los tórridos veranos, Desde su fundación, Villalba estuvo muy relacionada con Madrid como primera etapa y puesto de avituallamiento de los viajeros que entraban o salían de la urbe en un trayecto siempre arriesgado y difiícil: "En el siglo pasado y a principios del actual estaba muy extendida la idea de Guadarrama como guarida de salteadores, como lugar peligroso y paso desagradable", escribe Sáenz de Miera en el libro citado anteriormente, en el que subraya también que tendría que llegar el siglo XX para que los madrileños urbanos dejaran de vivir de espaldas al impresionante murallón de Guadarrama, al que veían más como un obstáculo que como un lugar bello y saludable. Este cambio de mentalidad, propiciado por la aparición en las sociedades urbanas de las teorías higienistas y de retorno a la naturaleza, marcó el rumbo de la sierra madrileña y su desarrollo. Para los antiguos pobladores segovianos, Guadarrama fue "puerto, nieve, agua, madera, pasto y caza"; para los capitalinos, territorio de expansión, de huida, de imposible retorno a unas formas de vida que ellos mismos contribuyeron a cambiar irremediablemente con su "gusto urbano" hasta parir este híbrido a mitad de camino entre lo urbano y lo rural, privilegiado por el inmutable y majestuoso entorno de la sierra de Guadarrama, tesoro y orgullo de Madrid. INSTRUCCIONES PARA VER EL PAISAJE. Miradores(Por Andrés Campos)
Los miradores no sólo son unos lugares más o menos acondicionados para pararse a contemplar un bonito paisaje, sino aulas donde se enseña a ver lo que otros antes avizoraron, ojos prestados con los que podemos ponernos en la mirada de un rey, un montañero, un guarda forestal o un pastor de la vega del Tajuña. De las infinitas oportunidades que hay para aprender a mirar en la región, hemos elegido media docena.
- Silla de Felipe II. El rey de los miradores madrileños es un peñasco de granito que aflora a 1.080 metros de altura en la falda de Las Machotas, donde Felipe II mandó labrar un par de asientos para poder espiar descansadamente a los artífices del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, cuya fachada meridional se ve a 2.250 metros de distancia como si en lugar de alzarse en la ladera pinariega del monte Abantos, estuviese dibujada sobre un plano. A la Silla se sube en coche por el desvío que hay señalizado en el kilómetro 30,200 de la carretera M-505 (Las Rozas-Ávila). La prolongación del asfalto es una senda ecológica, apta incluso para personas en silla de ruedas, que invita a pasear un par de kilómetros por el más bello robledal de la región, el de La Herrería. (www.sanlorenzoturismo.org) - Mirador Gallarza. En 1952 se construyó esta aérea balconada de granito en la loma de los Cogorros, a un kilómetro al norte del puerto de Navacerrada, donde se tiene la viva impresión de estar sobrevolando en avión el pinar de Valsaín y a punto de estrellarse contra la Bola del Mundo, justo enfrente. Se llega en 20 minutos caminando desde el puerto de Navacerrada. Una ruta a pie más larga por la loma de los Cogorros y el vecino arroyo del Telégrafo, de unas tres horas y media de duración, está descrita en www.excursionesysenderismo.com - Mirador del embalse de El Atazar. En realidad, toda la carretera que conduce desde el pueblo de Patones hasta el de El Atazar remontando el encañonado curso del bajo Lozoya, es un mirador.Sin embargo hay un punto, 500 metros antes de cruzar la presa, que está acondicionado como tal, con un panel informativo y una barandilla de madera para asomarse sin peligro al vértigo de esta muralla curva de 484 metros de longitud por 134 de altura, que forma a sus espaldas un embalse de medio billón de litros, 1.070 hectáreas y 72 kilómetros de costas. Al otro lado de la presa, se ve el caserío de pizarra de El Atazar, rodeado de fragantes jarales y de los montes más solitarios de la región. Más información en www.sierranortemadrid.org - Tielmes. Este municipio del sureste invita a los visitantes a hacer la ruta de las Fuentes y los Miradores, una senda de 10 kilómetros y tres horas de duración, con una dificultad media, que enlaza cinco viejas fuentes abrevadero y dos miradores -el de la Ermita y el del Valle- situados a 150 metros de altura sobre la vega del Tajuña, ofreciendo unas vistas del valle y del caserío de Tielmes similares a las que gozan los aguiluchos.Una descripción detallada del recorrido y un plano se encontrarán en www.tielmes.org - Las Canchas. A tres kilómetros del pueblo de Navacerrada se encuentra el edénico valle de la Barranca, donde, caminando una hora y media por la pista de tierra que aparece al final de la carretera, se llega a las peñas o canchas que dan nombre a este mirador situado a 1.760 metros de altura, desde el cual se obtiene una perspectiva magnífica de La Maliciosa, cuyo perfil, visto desde aquí, semeja el de una esfinge. Por la misma pista, en un cuarto de hora más, se llega a la explanada donde antaño se levantaba el Real Sanatorio del Guadarrama, para tuberculosos, que también domina un soberbio panorama: desde la sierra de Hoyo de Manzanares hasta El Escorial. De esta ruta se informa en la Oficina de Turismo de Navacerrada (Cuartel, 5; teléfono 918 560 308; www.ayto-navacerrada.org). - Los Robledos. En el kilómetro 31,300 de la carretera M-604, entre Rascafría y el puerto de los Cotos, aparece indicado el desvío que lleva a este mirador, el mejor del valle del Lozoya (por lo menos, de los que tienen acceso en coche). Allí, además de un monumento dedicado a la Guardería Forestal, hay una especie de brújula gigante -señalador, le dicen- que permite apuntar con su manecilla hacia cualquier rincón del valle y luego leer sobre la esfera el topónimo correspondiente.A mano derecha, se ven las cumbres de Cuerda Larga y la sierra de la Morcuera; a la izquierda, Peñalara y los montes Carpetanos; y al frente, todos los lugares que enhebra el Lozoya desde El Paular, casi a los pies del observador, hasta el embalse de Pinilla, 10 kilómetros más allá. Una panorámica en movimiento desde 15 miradores de la cuenca del Lozoya, incluido éste, puede verse en www.sierranorte.com LA HUELLA DE LAS MÁQUINAS DE AGUA. Molinos Hidráulicos(Por Andrés Campos)
"Siempre habrá nieve altanera que vista el monte de armiño, / y agua humilde que trabaje en la presa del molino". León Felipe se equivocaba. Algo de nieve, cada vez menos, queda en el monte, pero molinos en activo, ni uno. En Madrid, que antaño hubo docenas, hoy sólo pueden verse un puñado de ellos, rehabilitados como museos, restaurantes u hoteles, y pasear por el monte contemplando las melancólicas ruinas que jalonan los ríos serranos. - Museo de los Molinos. El antiguo molino de la Huerta de Angulo, en Morata de Tajuña, uno de los tres con que contaba esta localidad en el siglo XVI, fue objeto en el año 2000 de una recuperación integral -desde la maquinaria hasta el entorno ribereño- para albergar un museo ejemplar, donde además de ver en acción una de las tres piedras que tuvo, la más antigua, se pasa revista a la turbina que se instaló para generar electricidad a finales del siglo XIX, al sistema de cernido y clasificación de la harina, y a diversos utensilios -fanegas, básculas, espuertas, cribas...- relacionados con la molienda. Merece la pena dar un garbeo por el exterior para contemplar la cascada que se forma al pie de la presa y la curiosa silueta del molino, con su alta chimenea cuadrilonga -de cuando era también fábrica de luz-, espejándose junto con los álamos y las ocas en las aguas del Tajuña. Más información, en el teléfono 91 873 03 80 y en www.ayuntamientodemorata.org - Molino de Cantarranas. El que fue molino harinero hasta 1912 y fábrica de harinas y piensos hasta hace 30 años, hoy es un complejo turístico del grupo Foxá concebido para eventos multitudinarios, con una gran carpa rodeada de fuentes, palmeras y hoyos de golf, que esto más que Tielmes, en la vega del Tajuña, parece Marina d'Or. A un lado del edificio principal, de color rojo chillón, se encuentra el hotel, con 13 habitaciones de decoración recargada; al otro, el restaurante, especializado en asados en horno de leña y carne al carbón. Y en medio, ¡oh, sorpresa!, un espectacular museo de tres plantas donde se muestran, perfectamente restauradas, alineadas y pulidas como yates, las mil y una máquinas de la antigua fábrica, así como el laberinto de las tuberías por las que subían y bajaban el grano y los distintos tipos de harinas. Dada su proximidad al museo de los Molinos de Morata (a sólo 12 kilómetros), lo lógico es visitar ambos el mismo día. Teléfono 91 873 77 20. www.foxa.com - Río Cofio. Antaño conocido como río de los Molinos, este afluente del Alberche baña las ruinas de ocho de ellos en tan sólo cinco kilómetros de su curso alto, récord absoluto en la región. Destacan el Nuevo, con su caz monumental enlosado con piedras de moler, y el de la Fabriquilla, en cuyas tripas llenas de zarzas y escombros se distinguen las dos piedras, fija la solera y móvil la volandera, unida ésta mediante un eje vertical a la rueda hidráulica (rodete), que está oculta en el sótano (cárcavo) y que es la que recibía el impulso del agua canalizada a través de un largo caz, resultando de ello un movimiento de más de 100 giros por minuto y una producción de unos 180 kilos de harina por hora. Para verlos hay que caminar río arriba desde la colonia El Pimpollar, en Santa María de la Alameda, hasta la carretera de Las Navas del Marqués. Este paseo de tres horas -incluida la vuelta por el mismo camino- se describe con detalle en www.excursionesysenderismo.com.- El Molino de La Acebeda. En funcionamiento hasta 1976, esta aceña del pueblo serrano de La Acebeda, en el ápice norte de la región, fue rehabilitada en 1993 y abrió un año después sus puertas como restaurante, con especialidades tan apetecibles como las papas con mojo, el revoltillo del bosque y la perdiz al chocolate. De las dos muelas que tuvo, conserva una, la más grande, y toda la maquinaria a punto para ponerla en movimiento, cosa que rara vez se hace por temor a que las vibraciones rompan los cristales. Y es que, justo al lado, está la llamada mesa del agua, situada sobre un vidrio que permite a los comensales ver pasar bajo sus pies la corriente que alimenta el molino, procedente del arroyo de la Dehesa. Además, el Molino de La Acebeda es galería de arte, en la que actualmente expone María de los Ángeles Costafreda. Sólo abre los fines de semana, y tanto para visitarlo como para comer, conviene llamar al teléfono 609 766 441. (www.elmolinodelaacebeda.com) - La Hiruela. El molino de Juan Bravo, del que sólo quedan en pie unas paredillas, y el Nuevo, completamente restaurado, jalonan una senda que discurre por las soledades serranas de La Hiruela, atravesando los robledos, verdes ribas y saucedas del alto Jarama: los más bellos sotos de Madrid. La senda de Molino a Molino, que así se llama, es un itinerario circular de cinco kilómetros y una hora y media de duración, apto para personas de toda edad y condición física, del que se ofrecen un croquis y una descripción pormenorizada en www.sierranorte.com/rutas/hiruela.html. A lo largo del camino se cruzan tres puentes y existe la posibilidad, nada más atravesar el primero, de prolongar el recorrido monte arriba durante 15 minutos para visitar El Cardoso de la Sierra, ya en tierras de Guadalajara. Si además se desea conocer por dentro el molino Nuevo, y verlo funcionar, hay que ponerse antes en contacto con el guía Miguel Ángel Gámez (teléfono 690 865 132).Los grifos de las montañas. Meterse debajo exige disciplina teutónica: el agua está que corta(Por Andrés Campos)
En tiempos de sequía no existe espectáculo más gratificante que el agua cayendo, con derroche estruendoso, de los grifos abiertos de la montaña. Aquí se muestran las cinco cascadas más bellas de la región, pero hay muchas más: la chorrera de San Mamés, junto a la aldea homónima del valle del Lozoya; la de Rovellanos, en Canencia; el salto del Hervidero, en el río Guadalix; las cascadas del arroyo del Hornillo, en Santa María de la Alameda; las del río Pradillo, en el cóncavo de Siete Picos; las del arroyo de las Guarramillas, en las vecindades de Cotos... Prácticamente hay una para visitar cada fin de semana. - Chorro de Somosierra. Pocos accidentes de la envergadura de esta cascada, también conocida como chorrera de los Litueros, se registran a tan pequeña distancia de un pueblo de Madrid. A sólo un kilómetro al norte de Somosierra, el arroyo de la Peña del Chorro, recién nacido en el pico Tres Provincias, se lanza al vacío en varios saltos rugientes. El mayor ronda los 50 metros. Se va bajando por la carretera abandonada (antigua N-I) que nace junto a la gasolinera para, a los 700 metros, echarse a andar a la derecha por una pista de tierra que, en cinco minutos, deja al pie de la cascada, la cual, vista de cerca, semeja una cola de caballo dividida en tres mechones, lista para ser trenzada. Este arroyo volandero es la primera fuente del Duratón, río famoso por sus hoces atiborradas de buitres. www.sierranorte.com/somosierra - Cascadas del Purgatorio. No son las más grandes de la región -15 metros mide la mayor-, pero sí las que gozan de un emplazamiento más impresionante, en una pétrea garganta a medio camino entre el monasterio de El Paular y el puerto de la Morcuera, donde el arroyo del Aguilón, caudaloso tributario del Lozoya, interpreta, en versión acuática, las angustias de las almas atascadas entre el infierno y el cielo, con mucho espumarajo, remolino y escándalo. La aproximación, también espectacular, se hace por un camino bien señalizado que sale del centro de educación ambiental Puente del Perdón (teléfono: 91 869 17 57), a dos kilómetros de Rascafría, y se va abriendo paso por robledales y pinares hasta llegar a la angostura donde salta y grita el Aguilón. La senda acaba en un balcón de madera frente a la primera cascada, pero los machacas pueden seguir trepando para ver más. Son 12 kilómetros y unas cuatro horas de paseo, incluida la vuelta por el mismo camino. www.rascafria.org - Chorrera de Mojonavalle. Cerca del puerto de Canencia, el arroyo del Sestil del Maíllo se escurre por la escarpada ladera de Mojonavalle dando lugar a la chorrera del mismo nombre, de unos 30 metros de altura. A su vera proliferan, formando un bosque de cuento, abedules, tejos, acebos y serbales, especies típicas de latitudes mucho más norteñas. Éste es uno de los rincones más umbríos, húmedos y gélidos de la sierra de Guadarrama, como lo demuestra la cascada, muy a menudo helada. Por la pista forestal que arranca junto a la gran fuente de piedra del puerto, se accede en diez minutos al centro de educación ambiental El Hornillo (teléfonos: 901 525 525 y 609 250 135) y, por la senda ecológica que nace aquí, se baja en otro tanto hasta la chorrera. Es un paseo ideal para hacer con niños. (www.sierranortemadrid.org) - Chorros del Manzanares. Caminando río arriba desde los aparcamientos de Canto Cochino, casi siempre por la margen izquierda, se accede en dos horas largas a este paraje que, además de cascadas, ofrece vistas, pozas, soledades y el asombro de pinos antediluvianos. Se facilitan folletos de la ruta en el centro de educación ambiental que hay a la entrada de la Pedriza (teléfono: 918 539 978), a un par de kilómetros de Manzanares El Real. www.manzanareselreal.org - Ducha de los Alemanes. Esta caída limpia, de un par de metros, que sufre el arroyo de la Navazuela en el valle de la Fuenfría debe su nombre, según dicen, a las duchas que se daban en ella los primeros montañeros de la sierra -varios de ellos, de origen germano- en los albores del siglo XX. Sea o no cierto, meterse debajo exige tener una disciplina teutónica, pues el agua está que corta incluso en pleno verano. Antiguamente se le llamaba chorro del Árbol Viejo, por el anciano tejo que crecía (y aún crece) a su arrimo. Desde el aparcamiento de Majavilán, en las Dehesas de Cercedilla, se llega en 45 minutos subiendo por la calzada romana hasta el chalé de Peñalara y luego por la pista de tierra conocida como carretera de la República. No nos perderemos, si antes pasamos por el centro de educación ambiental Valle de la Fuenfría (Carretera de las Dehesas, kilómetro 2; Cercedilla; teléfono 918 522 213).Las primeras fuentes del Guadarrama. Valle de Navalmedio (Valle de Navalmedio)
Al valle que cae al sur del puerto de Navacerrada, bajo la jurisdicción mancomunada de Navacerrada y Cercedilla, le dicen de Navalmedio precisamente por eso, porque está en medio, en la linde de ambos municipios. Lo surca el río homónimo, una de las primeras fuentes del Guadarrama.Lo tapizan pinos silvestres, alguno tan vetusto y querido de los serranos, que hasta tiene nombre propio. Y lo guardan montañas riscosas: a naciente, las Cabrillas; a poniente, Siete Picos. Recorrerlo un día de primavera, por sendas bordadas de botones de oro y endrinos de nívea flor, es el paraíso. Nuestro paraíso de hoy. Comienza el paseo en el embalse de Navalmedio; por la pista de tierra que nace al final de la carretera de acceso, tras una barrera marrón. Ascendiendo por el frondoso pinar, este camino cruza enseguida el río Navalmedio, bordea luego una serie de praderas -la mayor de todas, la de las Cortes, en la que yacen las ruinas de un campamento juvenil- y, tras salvar de nuevo la corriente, vira bruscamente a la derecha para llegar, como a tres cuartos de hora del inicio, junto al llamado pino de la Cadena. Poco más adelante de este viejo pino -que tiene una cadena ceñida a la base del tronco, colocada en 1924 por Ricardo Urgoiti, propietario del diario El Sol, en memoria de su padre recién fallecido-, la pista se bifurca. Entonces tiraremos por el ramal de la izquierda -el de la derecha nos llevaría al Ventorrillo-, que nos permitirá llegar al puerto de Navacerrada tras dos horas de caminata, no sin antes reposar las piernas y la mirada en la inmensa pradera de la Vaqueriza. En lo más alto del puerto, junto a la estación del telesilla de la Bola del Mundo, arranca una senda pedregosa que, pasando por encima de la casa-cuartel de la Guardia Civil, se dirige en suave ascenso hacia la cuerda de las Cabrillas, donde la altura sobre el nivel del mar es de casi 2.000 metros y la vista del valle, casi cenital. Enseguida arribaremos a un collado donde la senda cambia de vertiente y, sin apartarse mucho de la cresta, continúa por la ladera que da al vecino valle de la Barranca hasta llegar al mirador de las Canchas -tres horas y media desde el inicio-, el cual reconoceremos por estar lleno de paneles de orientación y de gente contemplando arrobada el perfil de esfinge de la Maliciosa. Por el mirador pasa una pista que, siguiéndola a la derecha, conduce en tres cuartos de hora a la carretera M-601 (Collado Villalba-puerto de Navacerrada). A 200 metros, carretera arriba, se halla el paraje del Ventorrillo, donde tienen su base las máquinas quitanieves. Allí, justo por encima de las últimas construcciones, sale a mano izquierda otra pista que, en 45 minutos más -cinco horas, en total-, nos devolverá al punto de partida.
Cocina casera castellana- Cómo ir. El embalse de Navalmedio, punto inicial de la ruta, dista 55 kilómetros de Madrid por la autovía de A Coruña (A-6) hasta Collado Villalba, para seguir por la M-601 hacia el puerto de Navacerrada y desviarse a la izquierda en el kilómetro 12,700, junto a La Fonda Real. - Datos de la ruta. Longitud: 18 kilómetros. Duración: 5 horas. Desnivel: 700 metros. Dificultad: media-alta. Camino: itinerario circular por pista de tierra y sendero, sin señalizar. Cartografía: mapa Sierra de Guadarrama, de La Tienda Verde. - Comer. La Fonda Real (Navacerrada; 91 856 03 05): lechazo y tostón servidos en un salón con vistas sobre el valle; 35 euros. Casa Ochoa (puerto de Navacerrada; 91 852 14 30): cocina castellana en fogones de leña; 25-30 euros. Pasadoiro (puerto de Navacerrada; 91 852 14 27): judiones, cochinillo y postres caseros; 20 euros. - Dormir. La Casona de Navalmedio (Cercedilla; 91 852 13 51): junto al embalse; doble, desde 85 euros. El Corzo (Puerto de Navacerrada; 91 852 11 00): con spa y buen restaurante; 120 euros. Arcipreste de Hita (Navacerrada; 91 856 01 25): en Portazgo, con sauna, squash y bungalows de madera; 75 euros. - Más información. En www.pueblos-net.com/cercedilla y www.ayto-navacerrada.org. Camino "reventón de paisajes". De Rascafría a la GranjaLa ruta es una caminata exigente, sólo para senderistas curtidos, que arranca en el polideportivo de Rascafría (Por Andrés Campos)
Hasta bien entrado el siglo XX, el mejor camino que hubo para ir de Rascafría, en el valle madrileño del Lozoya, al Real Sitio de La Granja, en la vertiente segoviana de la sierra, era la senda de herradura que atravesaba el Reventón, un puerto estratosférico, de 2.039 metros de altura, al que los transeúntes, para compensar, tenían en la más baja estima. Hasta bien entrado el siglo XX, el mejor camino que hubo para ir de Rascafría, en el valle madrileño del Lozoya, al Real Sitio de La Granja, en la vertiente segoviana de la sierra, era la senda de herradura que atravesaba el Reventón, un puerto estratosférico, de 2.039 metros de altura, al que los transeúntes, para compensar, tenían en la más baja estima. "Hágase a pie o a caballo", observaba en 1919 un socio del Club Alpino Español, "el resultado es siempre el mismo: se termina reventado. Sólo en caso de extrema necesidad, como por ejemplo, huyendo de la Guardia Civil, volveríamos a trasponer este paso". Lo lógico es que, al conectarse en 1927 ambos municipios por carretera, a través de los puertos de Cotos y Navacerrada, el viejo camino hubiese quedado sepultado bajo las nieves perpetuas del olvido. Pero no fue así. Al poco de aquello, en plena Guerra Civil, se acondicionó como camino de carros para abastecer a las posiciones republicanas del Reventón. Y para acabar de mejorarlo, fue incluido, hace ahora 10 años, en la red de senderos del alto valle del Lozoya, siendo a la sazón señalizado con 60 postes de madera y rebautizado como la ruta del Paisaje. Mejor que la senda del Reventón, sí que suena. La ruta -que, pese a las mejoras, es una caminata exigente, sólo para senderistas curtidos y días de calma atmosférica absoluta- arranca en el polideportivo de Rascafría, subiendo por la pista de tierra que es prolongación de la cuesta del Chorro, entre prados donde las vacas rumian mirando con amorosa fijeza hacia el monasterio de El Paular, donde Vicente Carduccio pintara su claustro evocando a San Bruno, fundador de la orden cartuja. Gocemos de la vista porque, no más cruzar las Arroturas, que así se llaman estos diáfanos pastaderos, nos vamos a zambullir en el robledal de los Horcajuelos, uno de los rebollares más lozanos y espesos de la región. La sombra, con lo que está cayendo fuera, se agradece. En una hora y media, saldremos del robledal y arribaremos a una encrucijada presidida por la inconfundible peña de la Tortuga, también conocida como el Carro del Diablo. Sin perder de vista los postes, seguiremos la pista que sube en lento zigzag hasta extinguirse a escasos metros del Reventón, ofreciendo en cada revuelta un panorama más amplio del valle del Lozoya, desde el embalse de Pinilla hasta Peñalara. Y, ya en el puerto -unas tres horas desde el inicio-, nos descubriremos respetuosamente ante el monolito a Ibáñez Marín, que fundó en 1900 una de las primeras sociedades excursionistas de Madrid. La bajada a La Granja, por la ladera contraria, son dos horas más, con otras tantas paradas obligadas. Primero, en la fuente del Infante, donde descansar solía don Luis, primogénito de Felipe V, cuando andaba de caza por estos montes y que moriría prematuramente sin reinar más que apenas unos meses. Y después, en el Poyo Judío, un cerro que domina a vista de buitre el real sitio, con su palacio de piedra rosa de la impar Sepúlveda, sus jardines de estilo versallescos y sus dos espejos del Mar y del embalse del Pontón.
Sendas balizadas- Cómo ir. Rascafría dista 94 kilómetros de Madrid yendo por la A-1 y desviándose en la salida 69 por la M-604. La ida se puede hacer en autobús de Continental Auto (teléfono: 91 745 63 00); el regreso, desde La Granja, con La Sepulvedana (teléfono: 91 559 89 55). - Duración de la ruta: cinco horas (sólo ida). Longitud: 17 kilómetros. - Desnivel: 880 metros. Dificultad: alta. Camino: travesía por pistas forestales y sendas balizadas con postes de madera con las siglas RV-4. - Comer. Casa Zaca (La Granja; Tel.: 92 147 00 87): restaurante familiar cuyas especialidades son los judiones de La Granja, las cebollas al estilo Antonia y los huevos rellenos de gambas con langostinos; precio medio, 25 euros. El Candil (Rascafría; Tel.: 91 869 19 20): chipirones en su tinta, carnes a la brasa de encina y tarta de queso con frutos rojos; 25-30 euros. - Dormir. Las Fuentes (La Granja; Tel.: 92 147 10 24): 90-96 euros. El Tuerto Pirón (Rascafría; Tel.: 660 47 41 71): 130-165 euros. Más información. En El Paular, está el Centro de Educación Ambiental Puente del Perdón (Tel.: 91 869 17 57). Aurrulaque 94(Por Antonio Sáenz de Miera)
Quizá Aurrulaque le suene a algunos. A pocos o a muchos, no lo sé, según se mire. Así se llama a los montes cercanos a Siete Picos de Cercedilla. Aurrulaque, una palabra de resonancias vascas en un pueblo de la sierra madrileña, desde hace algunos años. es algo más, hemos querido que sea algo más, un encuentro, un día con un significado especial que trataré de explicar. Muchos madrileños no conocen los nombres de los lugares de su sierra. Ni de los animales, ni de los árboles, ni de las flores. Van y vienen, y miran con indiferencia. Desde algunas calles de Madrid se pueden ver los montes a lo lejos, unos montes que tienen mucha importancia para esta ciudad, y sabemos poco o nada de ellos.Conocer y querer la naturaleza de la sierra, andar con otro ritmo, sentir el sabor, el color, los sonidos, el silencio, los olores, en todo esto estuvo el origen del Aurrulaque, éste es el sentido que hemos querido darle cada año. En la vertiente sur de Siete Picos hay una pradera, un lugar precioso, Navarrulaque, allí acudimos todos los años. Pero antes hay que andar, hacer camino, cansarse un poco, merecerlo. Y empezar desde abajo, claro, desde el principio. Hace algunos años el Ayuntamiento y la Fundación Cultural de Cercedilla con la Agencia del Medio Ambiente de la comunidad pusieron en marcha una iniciativa a la que dieron un nombre singular, Aurrulaque. Porque se trataba de algo especial, una convocatoria que podría parecer disuasoria para mucha gente: andar por la sierra sin más, es decir, sin radios, sin parrilladas, sin neveras, sin coches. Y para algunos ir a la sierra sin este tipo de equipajes no tiene sentido. Lo importante se les queda en el camino. Pero al Aurrulaque se va con un equipaje diferente. Cada uno con el suyo, naturalmente, y con un peso distinto, intangible. . La convocatoria de Aurrulaque es una forma de animar a la gente a subir, por distintas sendas, cada uno según sus gustos o según sus posibilidades físicas, a la pradera de Navarrulaque, a ese precioso lugar en donde todavía hoy se pueden encontrar frambuesas, algún tejo e, incluso, los más exquisitos hallarán, si se lo proponen, algún ejemplar de un lirio martagón. Una vez allí, todos los que hemos llegado, cansados, unos más que otros, y felices, hacemos un gesto de amor a lo que es nuestro, sin título de propiedad, nuestro porque lo queremos. Alguien lee un manifiesto, que es una manera como otra cualquiera de dar solemnidad a un gesto, un manifiesto natural, leído naturalmente, entre amigos. Y dejamos un recuerdo simbólico, que refleja el espíritu de la convocatoria de ese año, con valor permanente, al menos para los que allí estamos. Así han quedado los miradores de Vicente Aleixandre y Luis Rosales, el monumento a los primeros caminantes de la sierra, de Pablo Maojo, el refugio de Navarrulaque y, el más reciente, "el descanso de González Bernáldez" en re cuerdo de ese profesor madrileño que fue tan buen defensor de la sierra y tan amigo de todos. Desde que empezó, hace ya unos cuantos años, el Aurrulaque de cada año ha pretendido ser una invitación a ver y a vivir la naturaleza de una forma distinta. Distinta no porque hubiésemos descubierto nada nuevo, sino más bien al contrario, distinta porque empezaba a ser poco habitual, y eso nos preocupa. Parecía que ver y vivir la naturaleza era dificil sin nevera o radio portátiles. Aurrulaque ha tratado de recordar cada año algo de esto, ha tratado de invertir esa tendencia que llevaban los tiempos, que lo habitual empezase a ser lo otro. Y creo que algo se ha conseguido. Porque hoy ese espíritu, esa forma de andar por la sierra, la observamos con más frecuencia. Es fácil de ver. Gente que llega, gente que mira, gente que habla, gente que camina, gente que descansa, gente que come y no deja huella, gente, en definitiva, que tiene una relación natural con la sierra. Algo se ha conseguido. Es verdad que al ruiseñor se lo han llevado varias veces, es verdad que los libros han desaparecido al poco tiempo de haberlos dejado. Es verdad que entre el deseo y la realidad hay una distancia. No importa, seguiremos. Porque siempre hay alguien en los miradores, y esto también. es verdad. Algo ha cambiado, con todo, para bien. Sólo hay un Aurrulaque cada año, un recuerdo, un acto simbólico, pero cada vez son más los que se montan su propio Aurrulaque durante todo el año. Hemos convertido nuestra vida en un deporte muy duro, y nos dicen que paliemos sus efectos con una bebida. Se equivocan,- el camino está en otra parte. Nos veremos en el monte, cuantas más veces mejor, y beberemos del agua de las fuentes de la sierra. Y Madrid, nuestro Madrid, se refrescará y se aireará también un poco. Que falta le hace. |
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