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    Valsaín

    ANTONIO SÁENZ DE MIERA

    Los pinares del Guadarrama son inseparables del paisaje de la Sierra: pinares de Canencia y Navafría, de San Rafael y El Espinar, de Peguerinos, de Fuenfría, de la Acebeda y de Valsaín... Más de 60.000 hectáreas de bosque de pino silvestre que, tradicionalmente, han supuesto un modo de vida para los habitantes de los pueblos serranos. Cuando yo le preguntaba a mi padre por qué El Espinar tenía banda de música y Cercedilla no, me respondía sin dudar un momento: porque tienen mejores pinares. Pero, agregaba enseguida, con ser buenos, no se pueden comparar con los de Valsaín.

    Y es que el bosque de Valsaín, uno de los más bellos del mundo, ha sido siempre considerado el rey de los pinares guadarrameños. Fue durante muchos años la posesión más valiosa de la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia; en 1761, con Carlos III, pasó a ser propiedad de la Corona y, a partir de ese momento, no ha dejado de estar en manos del Estado, algo que Segovia nunca ha visto con buenos ojos, pero que indudablemente ha contribuido de forma decisiva a su conservación.

    En nuestros días, la previsible creación del Parque Nacional del Guadarrama ofrece una ocasión excepcional para la definitiva ubicación de este bosque único en el conjunto serrano. Valsaín no puede quedar fuera del futuro Parque; ninguna razón podría justificar tamaño despropósito y son los políticos y los técnicos los que tienen que encontrar fórmulas que lo eviten. El nudo de la cuestión es tan fácil de explicar como complicado de resolver sin tocar ninguna fibra sensible. Todo depende de que la corta de la madera sea considerada como una industria extractiva o como una actividad tradicional. Como industria extractiva, quedaría prohibida por el Plan Director de Parques Nacionales, algo que rompería el equilibrio entre el paisaje humano y el paisaje natural, que ha sido clave en el desarrollo de un bosque bellísimo comparable con los pinares más importantes de Centroeuropa.

    El Guadarrama cambia, más despacio o más deprisa; nuestra Sierra no es un espacio natural de valores eternos que hay que preservar. No es ni será siempre la misma, aunque lo queramos, aunque, en ocasiones, nos lo parezca, y tenemos que procurar que esos cambios no se pervientan ni nos pervientan. Sería tan grave tratar de hacer del bosque segoviano una especia de museo intocable como intentar que fuera un negocio sin limitaciones ni controles. La explotación que se ha venido realizando en Valsaín, y que no parece haber perjudicado su adecuada conservación, podría mejorar sensiblemente con su adscripción al Parque, sin necesidad de acabar con una industria que produce el cinquenta por ciento de la madera de la Sierra de Guadarrama, que es además la mejor madera de pino de España y un medio de vida para ciento cincuenta familias.

    Una cuestión de semántica no debería conducir a una solución tan indeseable. Pero tampoco sería admisible que, para mantener la explotación, se acudiera a subterfugios que dejaran a Valsaín fuera del Parque y en manos, quizás, de los interés madereros. Por prudencia y por sentido común, tales soluciones deben ser rechazadas de plano. Tan increíble sería pensar en Segovia como Ciudad Monumental sin su acueducto como pensar en el Parque del Guadarrama sin su Valsaín. Son inseparables. El pinar de Valsaín, uno de los tesoros más preciados de nuestra Sierra, está llamado a ser el pulmón de un Parque Nacional que tendrá en el Valle del Lozoya su corazón. Nada nos faltará: Segovia, presente en el Patronato del Parque, satisfará su vieja reivindicación histórica al tiempo que sus pinares más queridos seguirán formando parte de ese “Guadarrama, viejo amigo”, de esa “sierra ris y blanca” que Machado decía ver en sus tardes madrileñas en uno de sus versos más conocidos, escritos, no lo olvidemos, camino de Valsaín.