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Lugares de interés: Casa ErasoDOMINGO PLIEGO
Se trata de unas ruinas informes situadas a 1650 m. de altitud, cerca de la vieja Fuente Fría, junto a la Calzada Romana, en lo alto de una loma que domina la vaguada del arroyo Minguete.
Enrique III tuvo allí un pabellón de caza, que fue agrandado por Enrique IV y mejorado por los Carlos V. Felipe II lo convirtió en residencia real, por consejo de su Secretario D. Francisco de Eraso, y posiblemente de ahí venga el nombre de Casarás, ya que fue conocida esta residencia como "casa Eraso", que fácilmente pudo pasar a Casa ERAS y, finallmente, a CASARAS.
Fue maestro de obras Gaspar de la Vega, y la construyó Hernán García, terminándose en 1571. La residencia quedó bajo la superintendencia de Francisco de Eraso, aunque más tarde pasaría a manos de Juan de Herrera, maestro de obras del Rey.
Se utilizó también esta casa como almacén de nieve para el cercano palacio de Valsaín, conociéndola con el sobrenombre de la casa de la nieve.
En el Monasterio del Escorial hay una pintura al óleo, de Giuseppe Leonardo, de 1639, que representa la casa Eraso y sus alrededores. Nunca fue convento y es posible que esta calificación esté relacionada con las leyendas del diablo, que se cuentan en la zona de Siete Picos y de la Cueva del Monje, en las laderas del Peñalara. En cualquier caso, la denominación de convento quedó erróneamente recogida en la cartografía del Instituto Geográfico Nacional, divulgándose a partir de la misma. LUGARES DE INTERÉS. El Palacio de Valsaín(Domingo Pliego)
Según Colmenares, ya en 1566 utilizaba Felipe II la Casa del Bosque, en Valsaín, para sus cacerías de verano. Esta casa se incendió y fue reedificada. Allí, Isabel de Valois dio a luz a Isabel Clara Eugenia en 1566.
En 1570, Felipe II se casó con Ana de Austria, sirviendo a aquella mansión de la Casa del Bosque como aposento de la Reina. Este palacio se incendió de nuevo en 1697, pocos días antes del famoso incendio del Alcázar de Segovia.
Hacia 1701, el Conde de Belmonte se trasladó a Valsaín, por orden de Felipe V, para ver la posibilidad de reconstruir el palacio. Las obras de reconstrucción comenzaron en 1717, por cuenta del Rey.
Pero Felipe V añoraba el ambiente de Versalles, y hacia 1720, siguiendo sus instrucciones, se comenzaron a trazar los planos del Palacio y Jardines de la Granja de San Idelfonso, lugar próximo a Valsaín, que fue elegido para la ubicación del nuevo palacio.
El Rey, D. Felipe V, siguió desde Valsaín las obras del palacio de la Granja, al que se trasladó una vez terminadas.
Antes de 1800, el palacio de Valsaín volvió a ser pasto de las llamas, quedando reducido a los pobres restos que hoy podemos contemplar, ya que nunca volvió a ser reconstruido. DE NIÑO QUISE FUGARME A ESTE BOSQUE...Javier Reverte, escritor y periodista, elige... ValsaínSu último gran viaje ha sido a territorio Yukón (Canadá) tras los pasos de Jack London. Pero la patria de su infancia está en un pinar segoviano (Miguel Ángel Barroso) El autor de la «Trilogía de África», «El corazón de Ulises» y «El río de la desolación» entrenó su apetito viajero en los montes y pinares de Valsaín (Segovia) en tiempos en que no había puertas en el campo. Durante un par de veranos en la década de 1950 se trasladó en autocar con sus padres, su abuela y sus cinco hermanos a esta pequeña tierra de conquista. «En mi memoria permanece el olor de los pinos y el rumor del río y de las fuentes», confiesa Javier Reverte. «Me gustaba andar solo por el monte. Recuerdo que me hice amigo de un pastor, un chico mayor que yo que me contaba historias de lobos. Veníamos a las pozas a bañarnos y a pescar truchas con las manos. Se escurrían que no veas y, en ocasiones, sacaba alguna culebra por equivocación. En aquella época había corzos y muchos saltamontes y libélulas; ahora es más difícil ver animales silvestres. En la zona de los Robles, cerca del pueblo de Valsaín, cazábamos escarabajos que usábamos para hacer carreras. Les poníamos nombres de caballos famosos. El mío se llamaba “Roque Nublo”,un purasangre que por entonces ganaba competiciones. Le cogí un enorme amor a la naturaleza. Me pongo sentimental cada vez que vengo aquí».
A las correrías por los pinares habría que añadir los primeros escarceos amorosos. «Hoy los chavales tienen sorbido el cerebro con las maquinitas, pero en mi época jugábamos a las chapas, a la taba... y a las prendas con las niñas». Las prendas o «castigos» se sustanciaban con besos más o menos castos, pero suficientes para que una tal MariCarmen Raso le robara el corazón a Javier. «Le propuse fugarnos los dos al monte, pero aquel amor no fue correspondido. Entonces planeé irme yo solo con una tienda de campaña y vivir de la caza y de la pesca. No llegué a largarme porque mi padre me interceptó. Debió chivarse algún hermano mío». La fiebre del oro Así que todo empezó aquí, junto al río Eresma, para este hijo y nieto de periodistas que un día rompió el precinto de su motor y decidió dedicarse a viajar y a contarlo. De la Boca del Asno, un conocido lugar de recreo para los amantes de la Sierra de Guadarrama, hasta el mítico río Yukón, en Canadá, escenario de su última aventura. Un recorrido de 750 kilómetros en canoa en busca del río Klondike, Dawson City, Chilkoot Pass y White Pass, escenarios de la fiebre del oro de finales del siglo XIX; en busca del mundo que conoció y describió Jack London. La experiencia será descrita en un próximo libro. «El viaje real, físico, es importante, pero nada tendría sentido sin un viaje interior, sin el conocimiento de uno mismo que proporcionan estas peripecias. Cualquier persona que ame viajar comprenderá lo que digo. Cuando esto se plasma sobre el papel es muy importante evitar el egocentrismo». Reverte reivindica la sencillez y la naturalidad en la literatura frente al engolamiento y el empacho de frases subordinadas. «Uno puede añadir reflexiones filosóficas a la descripción de lo que ve sin necesidad de una erudición desmesurada. En mis viajes he contado con la ayuda de los clásicos; he procurado elegir lugares con sabor mítico y poso literario. En “Vagabundo en África” está Conrad. Y en el nuevo libro está, claro, Jack London». La «Trilogía de África» con la que Reverte alcanzó el reconocimiento aún le da muchas satisfacciones. «Los libros se siguen reeditando, y hay personas que me preguntan si volveré a escribir sobre este continente. Les contesto que, honestamente, no tengo mucho más que añadir. Mis pasos me llevan por otros derroteros». La atracción, ahora, es el norte del norte. Después del Yukón, y una vez ejercitados los brazos con los remos, el próximo proyecto será navegar el McKenzie que, con 1.738 kilómetros, es el río más largo de Canadá. Desemboca en el Ártico y su estuario sirve de refugio a ballenas beluga. Eso será después de la publicación, la próxima primavera, de una novela ambientada en la posguerra española y con protagonismo de la Iglesia católica. Época de moras Pero hoy, a las puertas del otoño, a lo largo del Camino de las Pesquerías que parte del merendero y el aparcamiento de la Boca del Asno y llega a las puertas de Valsaín pasando junto a varios puentes históricos, las prioridades son otras: dar oportunidad a los sentidos para que la mente vea escenas del pasado. El río que nos lleva es más modesto que el Yukón y el McKenzie, pero no por ello menos evocador. El Eresma se abre paso entre pinos, enebros, helechos, jaraspringosas, rosales silvestres y zarzamoras. Hay domingueros buscando caladeros de moras para hacer pasteles y mermelada. Reverte coge unos pocos frutos y se los echa a la boca: el gusto también juega en este ejercicio. En un recodo del río donde las rocas lavadas permiten caminar sobre las aguas, el escritor mete las manos como esperando tocar una resbaladiza trucha o un cangrejo (el tacto). Una vez vio una culebra saliendo a la orilla con un pez en la boca. Casi como en un documental de televisión. En la calle de las Acacias, en Valsaín, aún está en pie la vieja casa de piedra donde Javier Reverte veraneaba con su familia. En la planta baja había una tienda de comestibles cuyo rótulo está prácticamente borrado. La vivienda se encontraba en el piso de arriba. El escritor pregunta a unos vecinos que pasan por allí. Por lo visto, la vivienda aún se alquila en el periodo estival. Junto a la puerta del establecimiento hay una piedra donde Javier se sentaba al fresco. «Aquí una niña me dio el primer beso en la boca. Aunque a mí me gustaba otra». Sí, aquella Mari Carmen que no quiso fugarse con él. «A lo mejor lee esto y se acuerda». El bosque animado
Los montes de Valsaín se encuentran en la vertiente norte de la Sierra de Guadarrama, en el término municipal de San Ildefonso-La Granja (Segovia). Con una superficie forestal de 10.672 hectáreas, la especie vegetal más representativa es el pino silvestre, que deja espacio a robledales, pastizales, piornales, encinares y bosques de galería. La singularidad de este espacio natural, así como la riqueza y diversidad de su avifauna (más de 100 especies nidificantes), hicieron que fuera declarado en 1987 Zona de Especial Protección para Aves (ZEPA). También está incluido en la red Natura 2000 de espacios protegidos de la Unión Europea. Sus habitantes más renombrados son el buitre negro y el águila imperial. Entre los mamíferos encontramos la nutria, el corzo y el jabalí. Lagarto verdinegro, víbora hocicuda, salamandra y rana ibérica destacan en la nómina de reptiles y anfibios. El lugar ofrece propuestas para todos los públicos, desde andarines a buscadores de setas y moras. El Centro de Interpretación de la Boca del Asno es un buen punto de partida. Allí se proporciona información sobre la riqueza de la zona, así como de las excursiones que pueden realizarse. Rutas cargadas de vestigios históricos, fruto de la presencia de la realeza en estos montes. LUGARES DE INTERÉS. LA TOMA DE AGUAS DEL ACUEDUCTO DE SEGOVIA(Domingo Pliego)
Esta conducción, que aún existe y, aunque muy reparada, sigue en funcionamiento, lleva el agua del río de la Acebeda (curso alto del Río Frío) hasta Segovia. En su día llevaba agua directamente hasta la primera torre del Agua del Acueducto, conocida como la Casa de Piedra. Hoy, estas aguas constituyen un aporte más de la red de agua potable de la ciudad.
La toma de aguas en el arroyo de la Acebeda está formada por un simple muro de desviación, que forma un ángulo de cuarenta y cinco grados con el eje del arroyo. El muro, o presa, está constituido por 26 piezas de granito, de 69 cm. de ancho y distintas longitudes, hasta sumar los casi 11 metros y medio de longitud total, engrapadas entre sí con plomo y hierro. La cota de esta presa es de 1.255 m. de altura, unos 255 m. más alta que la propia ciudad de Segovia. El caudal del canal de toma llega a ser de 50 litros por segundo.
El muro o presa de desviación es, probablemente, el original romano, aunque los engrapados de hierro pueden ser posteriores, pero la conducción, enterrada casi en su totalidad, fue restaurada varias veces, siendo la última hacia 1970.
En 1929 se colocó una tubería de plomo de distintos diámetros, enterrada en el suelo, en la misma ubicación del canal original. Esta conducción, de 11 kilómetros y medio de longitud, tenía más de 2 kms. de un diámetro de 50 cm., y el resto de 40 cms. Había 110 arquetas de registro en los vértices de la poligonal formada por la conducción, muchas de ellas aprovechando las primitivas romanas.
Cerca de la carretera de La Granja a Riofrío, que cruza esta conducción a la altura del km. 6, pasa bajo un camino o cañada de ganados, estando protegida exteriormente, en la superficie del camino mismo, por cinco grandes losas funerarias del siglo XVII, que aún pueden verse.
La vieja conducción cruzaba los arroyos de las vaguadas por unos cajeados de losas de granito, de unos 2 m., de largo por 1,70 m. de ancho (tres piezas en el fondo y dos en los costados). Aún pueden verse varios de estos cajeados, si se recorre la conducción por encima, a partir de la misma toma de aguas (hay mucho matorral y abundantes jarales que molestan el paso, pero no lo impiden).
La pendiente de la conducción es del 0,43% en casi todo el trayecto, excepto en la bajada del Molino de los Hoyos, donde alcanza un 13,5%, constiyendo un verdadero "salto" de agua de unos 70 m. de desnivel, que, sin duda, se aprovecharía en su día para mover dicho molino. PASOS HISTÓRICOS DE LA SIERRA DE GUADARRAMA: El Puerto de la Fuenfría(Por Julio Vías, de su libro "Memorias del Guadarrama")
Camino de Reyes y Villanos
Las primeras referencias documentales que hablan del camino del Puerto de la Fuenfría datan de principios del siglo XIII. Según el cronista segoviano Diego de Colmenares, cuando los habitantes de Segovia aún se esforzaban en poblar las grandes extensiones de tierras yermas que se extendían entre las cumbres del Guadarrama y la ciudad de Toledo, el obispo de Segovia don Gutierre Miguel mandó levantar, hacia el año 1200, una pequeña alberguería en el camino de subida a la sierra. El lugar elegido era una alta explanada donde manaba una fuente de aguas casi heladas en la que tradicionalmente solían detenerse para beber y descansar los pocos viajeros que entonces debían aventurarse a cruzar el collado que, entre los cerros Minguete y Ventoso, daba paso hacia los territorios de la tras-sierra.
Durante más de cinco siglos, aquella pequeña venta perdida en la soledad del pinar conocida como Venta de la Fuenfrída crecería hasta casi convertirse en una pequeña aldea en donde habitaba un pequeño ejército de mesoneros, herreros, mozos de espuela, criadas y fregonas. Allí mismo quiso Miguel de Cervantes que naciera el pícaro Pedro del Rincón, el jóven Rinconete protagonista de una de sus más célebres Novelas Ejemplares.
La venta de la Fuenfría fue, durante todos estos siglos, propiedad compartida del Ayuntamiento y de la Noble Junta de Linajes de la Ciudad de Segovia, que tenían la importante misión de inspeccionarla regularmente y de cuidar de que estuviera siempre abastecida. Precisamente, una de las pocas referencias documentales que de ella se conservan trata de la inspección que, en 1725, ya casi al final de su larga historia, hicieron el regidor de la ciudad y varios diputados de la Junta de Linajes, ocasión para la cual se la abasteció, entre otros productos, con dos pavos, cuatro libras de vaca, doce de tocino, dieciséis de perdices, vino, dulces y bizcochos, pagándose cincuenta y ocho reales a la cocinera que tuvo que guisar la comida durante la visita.
Desde que a finales del siglo XIV el rey Enrique III levantara un pequeño pabellón de caza junto a las orillas del río Eresma, el puerto de la Fuenfría se convirtió ya en lugar de paso habitual para los reyes que acudían a correr los muy reales montes de osso de Valsaín y La Acebeda en los que habitualmente buscaba refugio el extraño e infortunado monarca Enrique IV, quien, por su conocida afición a la soledad y a la naturaleza, acabaría siendo conocido como el rey Silvano. Hacia 1545, el emperador Carlos I comenzó a levantar en Valsaín el palacio de El Bosque, que en 1565 sería terminado por su hijo Felipe II convirtiéndose en su residencia de verano favorita hasta que en 1584 se terminaron las obras del monasterio de El Escorial, al otro lado de la sierra.
La aspereza de la travesía del puerto, que en invierno quedaba cerrado por la nieve durante muchos meses, obligó al secretario del rey Francisco de Eraso a aconsejar al monarca que completase las obras del palacio de El Bosque con un alojamiento emplazado por las alturas de la sierra para hacer más seguro el trayecto en las jornadas reales. Felipe II decidió hacer caso a su secretario cuando, en mayo de 1566, su mujer la reina Isabel de Valois, que se hallaba embarazada de seis meses de la infanta Isabel Clara Eugenia, tuvo que sufrir una penosa travesía por el puerto en la que necesitó continuas paradas para descansar bajo la sombra de enramadas de pino levantadas por los lacayos.
El rey, después de elegir personalmente el emplazamiento de su nuevo refugio en un amplio rellano próximo a la venta de la Fuenfría pero lo suficientemente apartado del bullicioso camino, encargó su construcción a su maestro mayor ed obras Gaspar de la Vega. Este arquitecto hizo los diseños al nuevo estilo de Flandes tan del gusto del monarca, es decir, coronándolo con inclinadas cubiertas de plomo en las que trabajaron emplomadores traídos especialmente desde los Países Bajos.
La Casa Eraso, como así fue conocida, era un magnífico edificio. De ella apenas conservamos el testimonio gráfico de un cuadro atribuido a Giuseppe Leonardo y una breve descripción de su fábrica y su uso hecha en 1626 por Juan Gómez de Mora, arquitecto de los reyes Felipe III y Felipe IV, que por aquel tiempo cruzaba la Funefría con frecuencia para supervisar las obras de reforma de el palacio de El Bosque:
"Es esta cassa de piedra y cubierta de plomo, y tiene de madera la mejor armadura que se alla en la mayor parte de España. Cuando los Reyes passan al bosque de Balsaín comen en esta cassa y está labrada con esta comodidad. Asiste un casero de ordinario que tiene quenta della y de ençerrar la niebe en los poços que hay para lo que fuere menester. Y la mayor parte del ynbierno suele estar tapiada por la gran niebe que suele caer en su termino. Biene de Segouia las fiestas y domingos un capellá a decir Missa a los moradores en una hermita junto a la cassa, y a pocos passos mas abajo camino de Segouia está una benta que tomó el nombre de la Fuenfría por una fuente que tiene su vertiente a la parte de Segouia"
La Casa Eraso sirvió durante más de dos siglos como alojamiento a los reyes de España en sus jornadas a través de la Fuenfría. Desde allí, una noche de 1686, el rey Carlos II, que viajaba de vuelta a la Corte tras una corta estancia en Valsaín, pudo contemplar el resplandor de las grandes llamas que consumían el palacio de El Bosque después de haberse extendido el fuego desde alguna de las grandes chimeneas encendidas para caldearlo durante la visita real.
En 1700, recién llegado de Francia para ser coronado rey de España, Felipe V se dejó cautivar enseguida por la belleza de estos pinares y comenzó las obras de reconstrucción del palacio, del que sólo quedaban los muros. Pero este interés duró poco tiempo; en 1718, durante una cacería, descubrió los parajes que rodeaban una granja que los monjes jerónimos de El Parral tenían junto a la pequeña ermita de San Idelfonso, no muy lejos de Valsaín. Este nuevo lugar, situado al mismo pie de Peñalara y extraordinariamente abundante en agua, le hizo concebir la idea de levantar un nuevo palacio al gusto francés y abandonó las obras de reparación de El Bosque.
Por estos años, el camino de la Fuenfría estaba en tan mal estado que apenas permitía el paso de carruajes. Cuando el rey anunciaba su visita a La Granja, a donde acudía asiduamente para visitar las obras de su nueva residencia, el Ayuntamiento de Segovia debía enviar al puerto grupos de hombres para que auxiliaran al cortejo real amrrando gruesas maromas a la zaga de los carruajes, evitando a fuerza de brazos que se despeñaran por la áspera bajada.
La construcción del magnífico camino empedrado que aún hoy podemos admirar en la vertiente meridional del puerto se debió llevar a cabo entre 1722 y 1728, según se deduce de los relatos de algunos viajeros franceses de la época. En 1721, Louis de Rouvroy, duque de Saint Simon, un personaje que adquirió gran relieve en la corte de Felipe V al venir a España como embajador extraordinario para tratar del posible casamiento del rey Luis XV de Francia con la infanta española María Teresa, al cruzar la Fuenfría camino de La Granja decidió abandonar su carruaje y hacer el trayecto a lomos de mula después de observar que no había dos dedos de distancia entre las ruedas y el precipicio. Sorprendentemente, atribuía el que no se hubiera hecho nada por arreglar este camino al hecho de que el rey no sintiese ningún miedo al atravesarlo.
Poco tiempo después, en 1729, otro viajero francés, el interventor de la hacienda francesa, Etienne de Silhouette, ya cruzaba el puerto por el nuevo camino del que escribió "que en otros tiempos era mut difícil y que ha sido arreglado desde que el rey ha tomado gusto a este sitio".
Pero el nuevo camio fue utilizado poco tiempo. El ocaso del puerto de la Fuenfría como lugar de tránsito real se inició con la muerte de Felipe V, de todos los reyes seguramente el que con más ilusión lo atravesaba. Entre las últimas comitivas solemnes que pudieron verse cruzar por las alturas del puerto destacarían dos cortejos funebres: el del rey, que en cumplimiento de su voluntad de ser enterrado en su palacio, pasó por allí el 17 de julio de 1746, y veinte años después, el 18 de julio de 1766, el de su viudad Isabel de Farnesio.
La construcción de la nueva carretera de Villalba a La Granja por el puerto de Navacerrada, iniciada en 1778 y concluida a principios del reinado de Carlos IV, dejaría obsoleto el milenario camino de la Fuenfría que acabó por ser abandonado. La vieja venta y la Casa Eraso quedaron deshabitadas y comenzaron a arruinarse. La dureza del clima y el continuo saqueo de sus restos, que fueron aprovechados como cantera durante muchos años, apenas dejaron de estos dos albergues, refugios de reyes y villanos, las pobres ruinas que hoy se pueden contemplar a las orillas de la antigua carretera real. Solo la espléndida obra del camino mandado pavimentar por el rey en su impaciencia por llegar cuanto antes a su amada palacio, se conserva hoy día en muchos tramos como si el tiempo no hubiera pasado por él.
Paisajes admirados
De todos los puertos y pasos del Guadarrama recorridos por tantos viajeros a lo largo de la historia, ninguno como el de la Fuenfría ha despertado tan tempranos y vehementes sentimientos de admiración por los paisajes que se pueden contemplar al atraesar sus alturas.
Aunque duro y abrupto como la mayoría de los demás pasos de la sierra y a veces denostado por imaginarios viajeros, como el soldado de El Buscón, la inmortal obra de Quevedo, que hubiera querido volarlo con pólvora para alivio de caminates, el puerto de la Fuenfría fue siempre mucho más ameno de transitar a causa de la frondosidad de sus bosques y por las soberbias panorámicas con que obsequiaba a los viajeros cultos e ilustrados de todas las épocas. Posiblemente, el primer personaje en dejarse cautivar por sus paisajes fue el rey Felipe II cuando eligió el emplazamiento para levantar su refugio de la Casa Eraso. Sólamentequien haya contemplado la espectacular panorámica de la cumbre de Peñalara y el valle del río Eresma cubierto de inacabables pinares que se domina desde las ruinas de esta casa, podrá hacerse una idea de lo aficionado que era el culto rey Felipe a los paisajes hermosos.
Durante los siglos XVII y XVIII, muchos de los viajeros extranjeros que acudían a España atraídos por el general sentimiento de curiosidad hacia todo lo español que imperaba en países como Francia e Inglaterra, dejaron en sus libros de viaje no pocos testimonios de admiración por los paisajes de la Fuenfría- En 1659 François Bertaut, señor de Freauville y gentilhombre y lector de Cámara de Luis XIII de Francia, después en asistir de ese año a la firma con España de la Paz de los Pirineos como miembro de la delegación francesa, acudió a Madrid con una embajada del mariscal de Grammont. En una de sus jornadas, atravesando el puerto por el camino real en dirección a Valsaín, no pudo ocultar su admiración por los que calificó como "los más bellos y espesos pinares del mundo" al tiempo que le venían a los labios, como expresión de su entusiasmo, unos versos que acababa de aprender:
Y es turbante Guadarrama
de la cabeça del Viento
tomándose por remate
la media luna del Cielo
Louis de Rouvray, al que vimos cruzar el puerto en 1721, pocos años antes de que se arreglara el camino, confesaba en sus memorias no haber visto nunca "un camino tan hermoso y tan aterrador". Otro viajero francés, Jean François Peyron, que cruzó el puerto en 1777 en su camino desde El Escorial a La Granja, describió de esta forma tan moderna para su tiempo impresión que le causaron hasta los más pequeños detalles del paisaje de la Fuenfría:
"Se atraviesan para llegar allí muy altas montañas que se llaman Puerto de la Fuenfría; están cubiertas de pinos centenarios que producen efectos soberbios. Algunos, blanqueados por la edad, proyectan a lo lejos su tronco rugoso y desnudo; otros, ennegrecidos y heridos por el rayo, muestran en su seno el verdor, la ruina y la desolación en contraste pintoresco. En el fondo del profundo valle que forma este grupo de montañas, corre un pequeño río cuyas aguas son extremadamente frías. El aire de estas tierras es penetrante y allí se siente un frío riguroso incluso en plena canícula. Al llegar al punto más alto de la montaña se descubre un paisaje inmenso, campos dilatados que se extienden cubiertos de bosques, aldeas y pueblos..."
En 1786, ya casi terminada la nueva carretera del puerto de Navacerrada y, por lo tanto, a punto de quedar abandonado el paso de la Fuenfría, el inglés Joseph Towsend pasó por allí dejándonos una espléndida descripción en su Viaje por España en los años 1786 y 1787, un libro que, publicado en 1791 y traducido al francés poco después, tuvo tal éxito en Europa que veinte años después casi todos los oficiales franceses venidos a España con el ejército de Napoleón traían un ejemplar en su equipaje. En su relato podemos ver la impresión que le causó la soberbia panorámica desde la Casa Eraso que dos siglos antes cautivara a Felipe II:
"Este puerto es elevado y desde él se disfruta de una vista deliciosa (...). Al mirar hacia abajo en dirección a Segovia todo el territorio parece tan llano como la superficie de un lago y tan dilatado como el océano; pero a medida que se desciende a la llanura se ven las montañas elevarse ante uno. Sus profundos barrancos y amenazantes peñas, los pinos que los cubren allá donde pueden crecer y los furiosos torrentes que los rasgan, hacen de estas cimas unas tierras de una majestad salvaje"
A partir de entoces, y al igual que había ocurrido poco antes con el antiguo camio del puerto de la Tablada, los tiempos de esplendor del puerto de la Fuenfría daban paso a su utilización como humilde camino de herradura apenas transitado por segadores y arrieros que rodeaban por aquí para evitar el pago del portazgo de Navacerrada. La Fuenfría quedaría así, durante más de un siglo, prácticamente abandonada hasta que a principios del siglo XX un pqueño grupo de historiadores la sacaran del olvido al encontrar en ella los restos del a vía romana XXIV del Itinerario de Antonino.
Las Huellas de Roma
El carácter casi legendario que a causa de su calzada romana ostenta hoy el puerto de la Fuenfría, es un fenómeno bastante reciente ya que durante años se tuvieron muchas dudas acerca del lugar por donde atravesaba la sierra esta vía XXIV que llegaba hasta Segovia desde Titulcia, en las inmediaciones de Aranjuez, y que comenzó a ser estudiada por primera vez de forma rigurosa por el historiador e ingeniero Eduardo Saaavedra hacia 1860.
La total certeza no se tuvo hasta 1910, cuando al extraerse tierra de las márgenes del viejo camino con el fin de recebar el firme y suavizar las fuertes pendientes que dificultaban la saca de maderas del pinar, apareció, a escasos setencientos metros del puente de la Venta de Santa Catalina, un miliario romano con la inscripción todavía visible:
V S P N L Q I L V
C D D I I D. A V G. T R I B.
C. V I I ...
El descubrimiento del miliario de Cercedilla dio lugar, en el seno de la Academia de la Historia, a vivas controversias entre dos de los más acreditados especialistas en vías romanas de aquella época, el jesuita Fidel Fita y el historiador y arqueólogo Antonio Blázquez. En los respectivos estudios que publicaron en el mismo número del boletín de esta institución, discrepaban sobre todo en la datación del miliario: de tiempos de Trajano según Fita, y de Vespasiano según Blázquez. Es a éste último a quien debemos el descubrimiento de esta vía y los estudios más serios realizados sobre su trayecto hasta Segovia desde las mansiones romanas de Titulcia y Miacum.
Antonio Blázquez y Delgado Aguilera (1859-1950), era militar, historiador, miembro de la Academia de la Historia y de la Real Sociedad Geográfica, y autor de importantes estudios sobre la longitud de la milla romana. Desde 1905 anduvo buscando restos de esta antigua vía por diferentes puertos y collados de la parte central y occidental de la sierra, preguntando a pastores y arrieros y requiriendo a los ingenieros de montes para que avisaran de cualquier hallazgo antiguo en los trabajos de apertura de caminos forestales.
El miliario descubierto al pie de la Fuenfría era aparentemente idéntico a los ya entonces desaparecidos "tres hitos de piedra redondos y del altor de un ombre hincados en el suelo junto al Camino Real" a los que de este modo se refería un viejo libro de apeos y deslindes de mediados del siglo XVII conservado en el archivo de la villa de Guadarrama, y que sin duda fueron otros tres miliarios pertenecientes a la misma vía. Estos tres antiguos miliarios, que estuvieron situados entre esta última localidad y Collado Villalba, fueron el indicio gracias al cual pudo Blázquez determinar definitivamente el trazado de la vía XXIV, que en su aproximación a la Sierra de Guadarrama desde Aranjuez y Madrid, coincidía con el del camino real posterior utilizado durante siglos por los reyes para ir a Valsaín.
Sin embargo, en la memoria que publicó en 1918 tras su investigación, el magnífico camino empedrado que asciende aún hoy por la vertiente meridional del puerto y los cuatro puentes de rústica mampostería que le sirven de paso para cruzar los arroyos que bajan de las cumbres ya los atribuyó a obras posteriores que, como vimos, fueron realizadas durante el reinado de Felipe V. Esta hipótesis de Blázquez ha sido confirmada por recientes y rigurosos estudios realizados sobre este camino que determinan con total precisión el trazado de la antigua calzada romana, diferente en muchos tramos al camino abierto por el primero de los Borbones.
Pese a ello, la antigua y arraigada costumbre de las gentes de considerar romano a cualquier camino empedrado y a todo puente antiguo y de origen incierto, sigue hoy día otorgando a la hermosa calzada de la Fuenfría el sello mítico y legendario de todas las obras romanas. POR EL CAMINO DE LAS PESQUERÍAS, A ORILLAS DEL ERESMAUna cómoda trocha, mandada empedrar por Carlos III, facilita un poco frecuentado recorrido en la vertiente norte del Guadarrama
(Por Alfredo Merino)
A pesar de haber madrugado lo suyo, el caminante debe ceder el paso a un grupo de jinetes con el que se cruza a la vera del arroyo Carneros, no sea que, con las estrechuras del puente del Niño, alguna caballeriza le arree un pechugón, que le sirva un tiempo de recuerdo de esta ruta que sale de La Granja (Segovia) y se adentra en los espesos robledales del río Eresma.
La cancela que defiende el camino señala que es ésta una tierra ganadera. Los rústicos carteles, labrados en pura madera de Valsaín, indican que, de los tres caminos que nacen en la encrucijada, el de la izquierda es el correcto. Una segunda barrera libera, por fin, de servidumbres al sendero, que a partir de ese momento marcha despreocupado por el fondo del robledo. Salen al paso añosos ejemplares, desvencijados arbolones que son los señores del bosque. A sus pies, las pringosas jaras hace tiempo que dejaron de sudar y, arrugadas, parecen que dormitan pensando en lo lejano que les queda el verano. Eresma
No pasa largo trecho hasta escuchar el ruido con el que el Eresma se marcha de la sierra. Al poco, el río aparece de nuevo por la derecha. Al llegar a sus orillas, el puente Pasaderas permite cambiar de margen; aquí, el robledal cede terreno a la pinada. Se esparcen grandes rodales de pinos silvestres, entre cuyos limpios fustes se atarean las ardillas. También hay un lugar para los pálidos chopos, que espolvorean el suelo con su lluvia de hojas blanquecinas. Ya siempre por la orilla del río, se descubre junto a sus aguas algún que otro tramo enlosado. Son retazos de aquella pequeña obra de ingeniería que, a finales del siglo XVIII, mando construir el rey Carlos III para matar el tedio cortesano de las tardes de estío palaciegas. Coto privado
Aficionado al noble arte de la pesca, el río Eresma fue el coto privado del monarca ilustrado en los suaves veranos de La Granja. Habría que ver al entusiasta rey, seguido por una corte de petimetres que, a regañadientes, salía del palacio para mojar el anzuelo en las frías aguas serranas. Bastante deteriorado, en esta primera parte, todavía persisten las losas ennoblecidas por una espesa patina de musgo. De vez en cuando, surgen pequeños descansaderos y escalerillas que permiten acceder a las pozas y remansos más escondidos del cauce. Un estrecho paso se salva con gastados escalones, que conducen a una casa a la que van a parar las grandes canalizaciones que descienden de la ladera de enfrente. Más adelante, vuelve a angostarse el camino pegado al río, que corre bastante caudaloso para la época del año en la que andamos. A mano derecha, un oxidado canalón lleva el agua a algún sembrado, mientras da compañía, durante un trecho, al camino. Algo más adelante, un sordo ruido es el preámbulo de una espectacular cascada que se despeña por la ladera opuesta. Desbordada entre ciclópeos canchales, medio ahoga a los árboles y arbustos que encuentra a su paso. Al final de la mínima garganta, otra tanda de escalones permite escapar de la húmeda umbría. Tras remontar una cuesta, el camino desemboca ahora sobre una amplia y redondeada piedra, justo delante de un esbelto puentecillo. Corona real
Para que no haya ninguna duda acerca de la autoría y de la propiedad de esta senda, en el borde de la piedra aparece grabada la corona real y la fecha en que fue trazada: 1768. Pasa el camino bajo este puente, llamado Anzolero y continúa por la zona donde el empedrado mejor se conserva. En una escurridiza lancha, se conservan los escalones y canalizos que fueron tallados en la pura roca para evitar cualquier resbalón poco deseable para su majestad. Poco a poco, se abre el valle, hasta que se llega a la pequeña presa, situada aguas abajo de Valsaín. Llegado a este punto de la sierra, el caminante se queda cabilando durante un buen rato. No sabe si darse la vuelta para llenarse la andorga en La Granja o, antes del retorno, recomponer sus fuerzas en alguno de los rotundos y magníficos figones de esta villa maderera.
Datos prácticos Cómo llegar.- Desde Madrid por la autopista A-6 hasta la localidad de Villalba. Continuar luego por la M-601, en dirección al Puerto de Navacerrada. Seguir por esta ruta rumbo a Segovia, hasta la localidad de La Granja.- Frente al indicador del kilómetro 121, hay que desviarse por el ramal que se abre a la izquierda. Seguirlo entonces hasta su final, donde se sitúa una amplia chopera, punto donde comienza la ruta. Indicaciones.- Excursión sin mayor dificultad que lo escurridizo que puede resultar el suelo, debido al agua y a las hojas secas. Un buen calzado para caminar por estos lugares es más que recomendable. Valores naturales.- Desconocido curso fluvial que incluye una sorprendente cascada. No son muchos los madrileños que conocen este bello rincón. Horario.- En realizar esta ruta se tarda, aproximadamente, entre una hora y media y dos horas para el recorrido completo de ida y vuelta. Dónde comer.- Casa Zaca, buen figón situado en La Granja. Teléfono: 92 147 00 87. POR LOS PINARES DE VALSAÍN RUMBO A LA BOCA DEL ASNOUn recorrido por los umbríos bosques que se esparcen junto a las orillas del bello y tranquilo cauce del río Eresma (Por Alfredo Merino) Trescientos años se han cumplido desde que Carlos II abandonó este palacio, coincidiendo con el fin de la estirpe de los Austrias. Desde 1697 el robusto edificio aguanta en pie los envites de hombres y elementos.
Tempestades, incendios y guerras civiles hundieron su techumbre y vaciaron las cuencas de sus ventanas. Pero, a pesar de tanta injuria y abandono, y con el escarnio sobre sus ladrillos de haber sido declarado monumento histórico y artístico, su noble fábrica aún aguanta en pie. Fue Enrique IV quien levantó este edificio, llamado en principio la Casa del Bosque, epicentro de un zoológico. Por estas mismas fragosidades del Guadarrama aquel Trastamara soltó a lo más florido de su afamada colección de fieras. Bien cierto que no para su contemplación, sino para satisfacer sus ansias venatorias. El caso es que, para la preocupación de leñadores, ganaderos y demás paisanos de aquella época, convirtió el alto Eresma en el primer safari del universo. El olor a madera recién cortada y el trasiego de la amplia caballada en los prados que se extienden al sur del pueblo, señalan que leñadores y ganaderos siguen con su laboreo en el Alto Eresma. Hoy, las únicas fieras que inquietan al caminante son los malencarados mastines que azuzan al ganado. Añosos robles dan fin al prado que se extiende en el margen izquierdo del Eresma. En sus cercanías, un camino remonta su curso y, tras dejar un puente de madera, llega junto a una presilla, punto de encuentro de pescadores. Algo después se llega al llamativo puente de Los Canales, sorprendente acueducto formado por pilares de piedra berroqueña. A partir de allí, la orilla ofrece un ancho paseo por el que se sigue una suave caminata que remonta el curso del río. De vez en cuando aparecen tramos solados con grandes losas de granito y también algunas escalerillas, hoy solo útiles a los musgos, descienden hasta una oscura poza. Es el camino de las pesquerías. Camino de las pesquerías Mandado construir por Carlos III, a pesar de su anonimato, es un curioso ejemplo de la arquitectura civil del XVIII que recorre toda la orilla del Eresma, desde las cercanías del palacio de La Granja, hasta la Casa de la Pesca, a los pies de las Siete Revueltas. La marcha no tiene mayor misterio que subir aguas arriba para ir descubriendo escondidos parajes. Mostajos, majuelos, servales, acebos, zarzales y helechos jalonan el camino, que de vez en cuando se asoma hasta el borde de las aguas para ver en su fondo las truchas. Así se alcanzan Los Asientos, bucólico paraje que, desde temprana hora, colonizan algunas familias. De vez en cuando el camino se bifurca y, cuando el bosque se abre en despejadas praderas, surgen pistas y sendas, siendo recomendable seguir la cercana al río. El recio puente de Navalacarreta da paso a una mínima pero angosta garganta de piedras entre las que se precipita el Eresma. Boca del Asno Para evitarla se sube por un empinado terraplén, en cuya cumbre se descubren balaustradas de madera que protegen el precipicio y mesas de madera que se esparcen por las praderas. Al otro lado de la garganta, un puente de madera da acceso a la Boca del Asno. Aguas arriba aparecen nuevos tramos enlosados.Un mojón de piedra acompaña a otro puente que suda su resina al sol del mediodía. Es el de Los Vadillos. El caminante sigue hasta el Puente de la Cantina y retornará por la otra orilla, siguiendo el rumbo que le señalan las aguas.
Datos prácticos Cómo llegar.- Desde Madrid, por la autopista de La Coruña, hasta Villalba, para tomar la M-601 hasta el Puerto de Navacerrada, a partir del cual la carretera se denomina CL-601.Al llegar a Valsaín, cruzar el puente sobre el Eresma y dejar el vehículo aparcado en las cercanías de las ruinas del palacio real, donde comienza la excursión. Horario.- Entre tres horas y tres horas y media hasta el último de los puentes. Indicaciones.- Como todas las marchas que se realizan en este tiempo estival, es recomendable comenzar temprano. Existe la posibilidad de refrescarse en cualquiera de las abundantes charcas que jalonan el recorrido. Valores naturales.- Son los pinares más importantes del centro de la península Ibérica. Presencia de águila imperial y buitre negro como especies destacadas, junto con una completa muestra de la fauna serrana. Dónde comer.- Recomendable el Restaurante El Torreón, en Valsaín. EL CAPRICHO DE UN REY PESCADOREl rey Carlos III impulsó entre 1767 y 1769 las obras de la senda de pescadores de uso regio que recorre los nueve primeros kilómetros del río Valsaín
(Javier Prieto Gallego)
Todo se debe a la pasión de Carlos III por pescar truchas. Así se escribe la historia y así se acometen impagables obras públicas como la pavimentación de la orilla izquierda del río Eresma a su paso por Valsaín. Impagable no por la cuantía pecuniaria, que también; impagable, sobre todo, por el gozo inmenso que hoy procura a quien se aventura por aquellas losas de granito en un recorrido inolvidable para disfrutar de algunos de los rincones más hermosos de toda la sierra del Guadarrama.
El rey Carlos III lo sabía como nadie y por eso impulsó esta auténtica senda de pescadores de uso regio con unas obras que se llevaron a cabo entre 1767 y 1769 a lo largo de los nueve primeros kilómetros del río Valsaín, que es como se nomina al Eresma aquí, entre su nacimiento y el actual embalse segoviano de Pontón Alto. Nueve deliciosos kilómetros en los que sus paisajistas de cabecera diseñaron todo un repertorio de escalinatas, muretes y represas con el fin de que su rey pescador pudiera pasearse las orillas y escoger el rincón que mejor viera para practicar una de sus aficiones preferidas sin mancharse ni la suela de los botines. Por suerte para los corre-ríos buena parte de aquella obra sigue aún donde se plantó tan alcance de cualquier plebeyo que haría pasmarse a más de un rey campechano. Trazado circular Por si fuera poco, desde hace unas semanas cuenta con una espléndida señalización como compañera de viaje por alguno de sus tramos más impactantes. El itinerario en cuestión, bautizado como 'Sendero de los Reales Sitios', dibuja un trazado circular que enlaza las localidades de La Granja, Valsaín y Pradera de Navalhorno del que forma parte el aludido tramo de las Pesquerías Reales. El primero de los paneles informativos hay que buscarlo en la rotonda junto a la puerta de Segovia -uno de los accesos al Real Sitio-, en el arranque de la carretera que continúa hacia Navacerrada. Desde ese panel los primeros pasos encaminan hacia Segovia mientras se avanza con la carretera al lado derecho. A los pocos metros se alcanza la melancólica fachada del viejo Parador levantado en el siglo XVIII. En otros pocos pasos más, frente a la gasolinera, se alcanza el segundo de los paneles, dispuesto para informar acerca de la importancia del cultivo de los afamados judiones, producto estrella en la gastronomía de la localidad. Tras superar el embalse del Pontón Alto el paseo abandona los trajines de la carretera para ponerse en paralelo con la orilla izquierda del río. El tramo por el robledal que arropa entre jaras las márgenes del embalse finaliza en su misma cola, al alcanzar los primeros vestigios del regio enlosado. Desde aquí hasta la localidad de Valsaín median 3,5 kilómetros de delicioso paseo repleto de sorpresas y piedras bien puestas entre los que destacan, por orden de aparición, el vado del puente de Las Pasaderas, la escalinata que precede al puente del Anzolero o la presa del Olvido, ya cerca de Valsaín. Desde esta localidad, tras visitar las desabridas ruinas del primitivo palacio real, el camino enfila hacia La Pradera de Navalhorno para atajarla por su calle Primera en dirección al Centro de Montes y Aserradero de Valsaín. La última de sus serrerías da paso a un arbolado paseo de fresnos por el que se alcanza la fuente del Nogal de Calabazas. Casi de inmediato, entre impresionantes apilamientos de troncos, se abre la bifurcación en la que, por la izquierda, se abandona el asfalto para encaminarse, a través de los pinares, hasta la puerta de Los Cosíos, del palacio Real. Desde ella una pista conduce hasta la cercana carretera CL-601 en cuya compañía, recorriendo el sendero que la flanquea, se llega de nuevo, en diez minutos, al inicio del paseo. DE INTERÉS
En marcha: El inicio del paseo se localiza junto a la Puerta de Segovia, de la localidad de La Granja de San Ildefonso.
ALTAS TORRES QUE NO HAN CAÍDO ( Por Andrés Campos)
Levantadas en tiempos de violencia fronteriza, las murallas son el recordatorio de un mundo atroz, pero también la orgullosa enseña de aquellas villas que no han sucumbido al asedio de la moderna vulgaridad urbanística, que han sabido defender sus altas torres almenadas contra un ejército de especuladores, hormigoneras y gnomos de jardín. Éstos son los más importantes recintos fortificados de Madrid y de las provincias aledañas: - Buitrago del Lozoya. Al pie de Somosierra, antaño belicoso paso de moros y cristianos, se alza la única villa de la región que conserva completo su recinto fortificado: una muralla de más de 800 metros de longitud, nueve de altura y tres de espesor, que se erige imponente sobre una cerrada curva del río Lozoya desde el siglo XII, si no antes. La puerta principal -con acceso en recodo, para mejor defenderla de los atacantes- se abre en el muro meridional, bajo la torre del Reloj, cobijada por un arco ojival y otro de herradura. Justo encima, hay un tramo rehabilitado del adarve -unos 100 metros- que permite contemplar a vista de ángel la iglesia gótica de Santa María y los tejados del casco viejo, siempre y cuando se concierte la visita en la oficina de turismo (teléfono: 918 68 16 15), porque está cerrado con llave. Otro tramo restaurado, de libre acceso, se halla en el ángulo norte, allí donde Buitrago corta cual proa las aguas verdes del Lozoya. La Feria del Mercado Medieval -que se celebra este fin de semana- es una ocasión muy apropiada para la visita (www.buitrago.org). - Alcalá de Henares. De los casi seis kilómetros que llegó a tener la muralla alcalaína en el siglo XV, quedan en pie 1.200 metros flanqueados por 19 torres en el ángulo noroeste de la ciudad vieja, correspondientes a la cerca del Palacio Arzobispal. Erigida en el siglo XIII y reformada en el siguiente por el obispo Tenorio, tiene lienzos de casi siete metros de altura por 1,8 de grosor en las partes más antiguas, y torres que miden más de 11, todo ello de mampostería encintada, con vanos, esquinas y almenas de ladrillo, al más puro estilo alcalaíno. Paseando desde la puerta de Madrid hasta el arco de San Bernardo, por la calle de Andrés Saborit y la Vía Complutense, se ofrece, en sugerente contraste con esta obra medieval, la modernidad del Museo de Esculturas al Aire Libre, con creaciones de Úrculo, Alberdi, Poblador, Pepe Noja... Hay una oficina de turismo (teléfono: 918 81 06 34) en la plaza de los Santos Niños, a cuatro pasos de la muralla (www.ayto-alcaladehenares.es). - Ávila. Consideradas el mejor ejemplo de fortificación medieval que se conserva en Europa, las murallas de Ávila definen un recinto rectangular de 2.516 metros de perímetro, 12 de altura y tres de espesor medio, con 88 torres y nueve puertas. La mejor vista de las mismas, la que aparece en todas las guías, se obtiene desde el paraje de los Cuatro Postes, en la carretera de Salamanca. Se puede subir al adarve en tres puntos -la puerta del Alcázar, la del Peso de la Harina y la del Carmen- y andar sobre las murallas algo más de un kilómetro, gozando de una insólita perspectiva aérea de las iglesias románicas y de los jardines de las casas palaciegas. El resto del recinto puede verse caminando por el exterior, en un cómodo paseo circular que dura alrededor de una hora. Horarios de visita, precios y otros datos útiles se pueden encontrar en la puerta del Peso de la Harina (teléfono: 920 25 50 88), en el Centro de Recepción de Visitantes de Ávila (teléfono: 902 10 21 21) y en www.avilaturismo.com. - Segovia. Aunque no las necesitaba, estando en lo alto de una peña tajada por los barrancos del Clamores y del Eresma, la capital segoviana comenzó a rodearse en el siglo XI de una muralla de 3.000 metros de longitud. De las cinco puertas que tuvo, se conservan tres: la de San Cebrián, que se abre al norte; la de Santiago, a la sombra del Alcázar, y la de San Andrés, al mediodía. Sobre esta última, en lo que fue el cuerpo de guardia, se halla el Espacio Informativo de la Muralla (teléfono: 921 46 12 97), con paneles que explican, entre otras curiosidades, el funcionamiento de la puerta de rastrillo. También desde aquí puede subirse al adarve y pasear por él cerca de 300 metros, contemplando por un lado los tejados de la antigua judería, y por otro el vallejo del Clamores, el Pinarillo y la cercana sierra de Guadarrama. Más información, en el Centro de Recepción de Visitantes situado en la plaza del Azoguejo (teléfono: 921 46 67 20) y en www.turismodesegovia.com. - Palazuelos. A 137 kilómetros de Madrid, en las vecindades de Sigüenza, se halla esta localidad guadalajareña que fue villa pechera de doña Mayor Guillén de Guzmán, querida de Alfonso X el Sabio, y luego de los Mendoza, oculta dentro de un impresionante recinto murado de más de dos kilómetros de longitud, razón por la cual es conocida (por los cuatro que la conocen) como la pequeña Ávila. Tiene tres puertas fortificadas -la principal, con el clásico acceso en zigzag, para facilitar la defensa- e, inserto en el ángulo septentrional, un castillo alto y cuadradote que encargó hacia 1454 don Íñigo López de Mendoza, el famoso poeta y primer marqués de Santillana, al no menos famoso arquitecto Juan Guas, y que desde 1999 está siendo rehabilitado como vivienda privada. Más detalles sobre este ignoto reducto de pura Edad Media se pueden conseguir en la página www.castillodepalazuelos.es y en la oficina de turismo de Sigüenza (teléfono: 949 34 70 07; www.siguenza.es). |
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