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La Sierra de Guadarrama

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Un collado muy deportivo

ALFREDO MERINO
 
El nombre de este portacho del Guadarrama, situado sobre Valsaín, recuerda a un deporte muy popular en siglos pasados. Alcanzarlo forma parte de una esforzada marcha que recorre interesantes parajes serranos.
Matarían aquí los cabreros sus largas horas de ocio con este esforzado juego que antaño gozó de mayor predicamento? ¿Sería, más bien, como asegura el docto Julio Vías, lugar de apuestas de los monteros en los ratos que les dejaban libres sus quehaceres en las monterías regias que se celebraban en el cercano Valsaín?

Como fuera. Dado que la pasada primavera se glosaban en esta sección las andanzas de Federico Díaz, del que apenas nada se recuerda hoy, aparte de ser el artífice de la que tal vez sea la más singular construcción de la región madrileña: el Monumento a los Ojos.

Aparte de ello, y de sus singulares escritos, amistades y gustos bohemios, este madrileño fue uno de los primeros españoles en pisar el Círculo Polar Artico y, a lo que vamos, campeón de barra castellana.

Es la barra castellana un deporte tradicional que está más muerto que vivo, a pesar de sus viejas raíces y extraordinarias singularidades. Su origen se sitúa en la barra del arado romano con la que se hacían los surcos en los sembrados y con la que los labriegos de antaño, al parecer aún no demasiado cansados con sus jornadas de agro de sol a sol, se entretenían en viriles desafíos y apuestas por ver quién la lanzaba más lejos.

Con el tiempo, se estableció que en vez de la reja del arado, sería una barra de hierro con los extremos aguzados, con un peso por encima de los siete kilos. La actividad gozó de gran prestigio durante bastantes siglos, siendo citada en varias ocasiones por Miguel de Cervantes.

Hasta los años 70 fue considerada un deporte con todas las de la ley, bajo el nombre de Barra Española, dependiente de la Federación Española de Atletismo, hasta su exclusión de la disciplina deportiva.

Lo que no ha trascendido, sin embargo, es si Díaz practicó su afición en este portacho que se alza a una altura de 1.984 metros, entre el Montón de Trigo y La Pinareja, en el cordal del Guadarrama Central que es dado en llamarse La Mujer Muerta.

Alcanzarlo es un ejercicio pedestre de primer orden y una de las marchas más interesantes de esta parte de la sierra. Comienza en el aparcamiento de Majavilán, al final de las Dehesas de Cercedilla.

El primer tramo discurre por la calzada romana. Por ella se remonta todo el valle de la Fuenfría, alcanzándose el puerto de igual nombre, después de haber cruzado los puentes del Descalzo y de Enmedio, la pradera de Los Corralillos y la carretera de La República.

Es el puerto de la Fuenfría una de las encrucijadas más importantes de todo el Guadarrama, pues aquí llegan la citada calzada romana, la carretera de La República, la senda de los Cospes, el Camino de Santiago Madrileño, el sendero de gran recorrido GR-10 y varios caminos menores.

No tomar ninguno de ellos, sino salir de la pista que atraviesa horizontal la ladera y comenzar a ascender de frente y a unos 20 metros de un visible mojón de granito. Se trata de la subida del Cerro Minguete que se alza justo delante.

Alcanzar sus 2.023 metros lleva menos de 30 minutos. Su cumbre es un privilegiado miradero sobre Siete Picos, Peñalara y Valsaín. Aunque hay que fijarse hacia el norte, para descubrir la armoniosa silueta del Montón de Trigo y, justo a su izquierda, el collado objetivo final de esta entretenida marcha.

Desde la cima de Cerro Minguete descender por el camino que lleva al cercano portacho que separa este monte de Montón de Trigo. Luego continuar hacia el segundo, sin subir demasiado.

El cómodo camino, enseguida se desvía a la izquierda y cruza la ladera oeste del Montón de Trigo, alcanzando sin problemas el collado que ostenta el nombre de un deporte anciano y popular que, hoy, por desgracia, ha pasado a peor vida.


MARCHA EXIGENTE

Para andarines. La ruta descrita discurre por caminos evidentes, sencillos y cómodos, por lo que es difícil extraviarse. Por el contrario, resulta exigente a causa de su longitud, unos diez kilómetros, e importante desnivel, alrededor de 600 metros. Calcular entre cinco horas y media y seis horas, para su recorrido ida y vuelta, por el mismo camino, sin contar paradas.


HACIA LAS DEHESAS

Ferrocarril. El tren es una buena opción para llegar a Cercedilla. (http://www.renfe.es y tel: 902 240 202). La carretera de Las Dehesas comienza al final de la cuesta situada sobre la estación de Renfe. Durante el verano puede limitarse el acceso de vehículos a La Fuenfría, pues los aparcamientos situados en el fondo del valle, suelen llenarse.


PARADA Y FONDA

Información. En el Centro de Visitantes del Valle de la Fuenfría brindan información sobre ésta y otras excursiones por la zona. Carretera de las Dehesas, kilómetro 2. (Tel: 918 522 213).

Comer. Casa Cirilo. Las Dehesas, Cercedilla. (Tel: 918 521 798).

Dormir. Casa rural Los Castaños. C/ Emilio Serrano, nº 10. Cercedilla. (Tel: 918 521 798).

Directo a la cima de la esfinge

ANDRÉS CAMPOS

El camino más corto a La Maliciosa remonta este curso de su cara suroeste desde la Barranca de Navacerrada

Desde los albores del excursionismo madrileño, a La Maliciosa se la comparó con seres tan dispares como una monja -el parecido que guardan las largas estrías blancas de sus ventisqueros con las tocas de ciertas religiosas lo señaló el primero Constancio Bernaldo de Quirós en su Guía alpina del Guadarrama, en 1909- y un rinoceronte, paquidermo cuyo hocico le recordaba a Juan Almelá Meliá (Andanzas Castellanas, 1918), vista por el lado occidental, su cúspide, con el cuerno del Peñotillo. Menos conocido, pero no menos acertado, es el símil que por esas mismas fechas acuñó el poeta Carlos Fernández-Shaw: La Maliciosa, esfinge inmutable.

Es La Maliciosa una esfinge de cuatro fortísimas patas -sus estribos de las Buitreras, los Almorchones, los Asientos y los Porrones- y elegante espinazo que asciende desde el collado del Piornal, donde entronca con las Guarramillas. Una esfinge que, centinela avanzada hacia la llanura desde el cogollo de la sierra, custodia dos espacios sagrados de ésta: el alto Manzanares a saliente y la Barranca de Navacerrada a poniente. Una esfinge que nos propone hoy el enigma de cuál es el camino más corto hasta su cima.

Para subir a La Maliciosa hay catalogadas 13 vías. La más rápida y cómoda es la que se le acerca suavemente por la espalda, por el norte, desde el puerto de Navacerrada: dos horas y 600 metros de desnivel. Pero, con sus seis kilómetros, no puede ser la más corta. ¿Y las peligrosas trochas que trepan por la abismática cara sur? Tampoco: exigen una aproximación de cuatro kilómetros desde Mataelpino. La más directa es la que sube desde la Barranca por el arroyo de las Tijerillas, entre las Buitreras y los Almorchones, salvando 800 metros de altura en sólo dos kilómetros y medio. Con una pendiente del 32%, más que una senda, es una escalera.

Otra cuestión enigmática, pero para la que no tenemos respuesta, es por qué el arroyo de las Tijerillas aparece en todos los mapas, oficiales o no, con el nombre postizo y cero ingenioso de arroyo de La Maliciosa. Tijerillas le dicen los serranos desde que el mundo es mundo. Tijerillas le llama en sus Andanzas Juan Almelá Meliá, que remontó este regajo durante la primera ascensión a La Maliciosa de que hay noticia, allá por 1910, en lo más crudo del invierno. Y Tijerillas se lee en el letrero -cosa rara, porque los letreros en España rebuznan- que hay en un costado del aparcamiento número 2 de la Barranca, que reza: 'Senda Maliciosa y Tijerillas'.

Guiados por esa senda, empezaremos cruzando por un puente de madera el río Navacerrada, del que es afluente nuestro arroyo. Acto seguido, doblaremos a la izquierda y, culebreando por espeso jaral, pasaremos de largo junto al embalse del pueblo de Navacerrada para llegar en diez minutos a la vaguada del arroyo de las Tijerillas, el cual llevaremos cantando en lo sucesivo a mano izquierda, mientras que a la diestra nos hará enmudecer el silencio gris de una enorme pedrera. Bruscamente, pasaremos del piso del pino al de la gayuba, al del enebro y al piorno, y de éste al del azafrán y la roca.

Sin dejar un instante la senda, cruzaremos el arroyo por primera y última vez cerca de sus fuentes, empinado y cascajoso, nos encaramaremos al espinazo de La Maliciosa transcurridas dos horas desde el inicio y, virando a la derecha, en media hora más, a la propia cima, desde donde se ve todo Madrid y, en los días claros, hasta los montes de Toledo. A naciente se destaca La Pedriza, un caos absoluto de rocas junto al que reposa una de las estribaciones de La Maliciosa. La esfinge mira el desbarajuste pétreo de reojo y guarda silencio, enigmática.

Con buen tiempo y en forma

Dónde. La Barranca se halla a 60 kilómetros de la capital yendo por la M-607 (de Madrid a Navacerrada por Colmenar Viejo), con desvío señalizado a la derecha al poco de pasar el hito del kilómetro 57. Los autobuses de La Sepulvedana (teléfono 91 530 48 00) llevan al pueblo de Navacerrada, que está a sólo tres kilómetros de la citada Barranca. Cuándo. Marcha de siete kilómetros y cinco horas de duración -tres de subida y dos de bajada por el mismo camino-, con un desnivel acumulado de 850 metros -La Barranca, 1.380 metros; La Maliciosa, 2.227- y una dificultad alta, sólo recomendable en épocas de bonanza meteorológica y para personas en buena forma. Quién. Guillermo García Pérez es el autor del libro Andanzas por las sierras de Madrid, guía de la editorial La Tienda, donde se describen con todo detalle las 13 posibles ascensiones a La Maliciosa. Para esta subida en particular, también puede consultarse La sierra de Guadarrama (editorial El Senderista), de Juan Pablo Avisón. Y qué más. Cartografía que se puede consultar: hoja 18-20 (Cercedilla) del Servicio Geográfico del Ejército o mapa excursionista Sierra de Guadarrama, de La Tienda Verde (calle de Maudes, 23 y 38; teléfono 91 534 32 57). En ambos, el arroyo de Las Tijerillas figura como arroyo de La Maliciosa.

Alto Lozoya. Travesía hasta la solitaria cumbre de Cabeza Mediana

ALFREDO MERINO

RASCAFRIA.- A pesar de ser el puerto más aislado del Guadarrama, el de Los Cotos fue desde antiguo una importante vía de paso. Por aquí cruzaban los naturales del Alto Lozoya cuando, para ir a Segovia o Avila, querían evitar el arisco puerto del Reventón. Así fue trazado el histórico camino del Palero, en desuso a partir del momento en que, durante los años 30, se abrió la carretera que lleva a Rascafría por el valle de La Angostura. Su parte más elevada, la que va desde Los Cotos al collado de la Sillada de Garcisancho, también es conocida como el camino Viejo del Paular.

Es un recorrido que brinda las mejores vistas de la cabecera del valle, discurriendo por parajes solitarios. Una de las rutas sobre las que brindan información en el centro que la Consejería de Medio Ambiente tiene en el Puente del Perdón, en Rascafría, transita por este sendero. Pero, aparte de las imprecisiones en su descripción, en la misma se alude de forma continua a las balizas que deberían señalar el camino. Cinco años después de ser proyectada la ruta, aún no han sido colocadas.

El camino puede seguirse, sin embargo, gracias a las señales recién pintadas del sendero de Gran Recorrido 10, uno de cuyos tramos coincide con esta ruta. Una vez más, el esfuerzo anónimo y desinteresado da sopas con honda a toda una señora Consejería.

Tras la inevitable barrera, situada junto a la carretera de Rascafría, la pista se adentra en La Pradera, despejada llanura en cuyo fondo todavía perduran los restos de un barracón militar. No hay que llegar allí, sino que justo en un visible mojón situado en medio de la pradera, hay que desviarse hacia la izquierda, hacia una vaguada que desciende al profundo pinar. Más abajo hay que cruzar un arroyo, abandonando en este punto la pista, que desciende hacia la derecha, y proseguir por un sendero situado enfrente. Las señales blanquirrojas, pintadas sobre una piedra del suelo, ayudan a encontrar el rumbo.

Unos puentecillos de madera conducen a un abandonado refugio perdido en la espesura del bosque. Tras él, una subida desemboca en otra despejada pradera desde la que se contempla toda la vertiente norte de las Cabezas de Hierro. Una fila de piedras clavadas en el suelo llevan al caminante a un abrupto descenso que no termina hasta llegar al fondo del barranco abierto por el arroyo de La Laguna. Un rústico puente, situado aguas arriba, permite cruzar el brioso cauce, tras el que sigue una empinada cuesta que muere en una pista horizontal. Tomada a la derecha, conduce a la Sillada de Garcisancho, topónimo que señala el escondido collado que separa las laderas del Peñalara con la Cabeza Mediana. Hacia ella, se dirige la pista que surge a la derecha, cruzando una recoleta pradera presidida por un notable pino silvestre.

No cuesta mucho encaramarse a lo más alto de la loma. Pero no se engañe el excursionista. Esta no es su objetivo. Habrá de recorrerla en toda su longitud y descender por un empinado cortafuegos, situado en la vertiente opuesta. Luego, tras un profundo collado, hay que arremeter la última costanera. El lugar, que es frecuentado por ganado vacuno, se encuentra perdido en medio del alto Lozoya. Pues, si bien algunos de los pocos que se aventuran por estos parajes llegan hasta la Sillada, la mayoría prosigue camino del Palero abajo, sin reparar en el interés de estos altozanos.

Ya cerca de la cumbre, el pinar se abre en amplios prados y armoniosos roquedales. Las caballadas que pasan el año sueltas por el valle muestran querencia por estos andurriales y miran con curiosidad el paso del caminante. Ya junto al mojón que señala el punto más elevado, al lado de una placa solar y un pararrayos; es momento de recuperar el resuello, mientras se contempla cómo todavía se pierden bajo la nieve las oscuras aristas del Peñalara.

Datos prácticos

Cómo llegar.- Desde Madrid, por la carretera de A Coruña hasta llegar a la localidad de Villalba, donde habrá de tomarse la N-601, en dirección a Segovia, hasta el puerto de Navacerrada. Una vez aquí, hay que desviarse por la carretera C-604 hasta el puerto de Los Cotos. Desde este lugar, hay que descender hacia Rascafría, hasta sobrepasar el kilómetro 41, dejando el vehículo justo enfrente de una pista que se abre a mano izquierda.

Horario.- Es una caminata que dura entre dos horas y media y tres horas para todo el recorrido.

Indicaciones.- Se trata de una excursión que, sin tener dificultades demasiado notables, exige por parte del viajero cierta atención y conocimiento del terreno, pues el camino puede perderse en algunos puntos.

De igual manera, el trayecto tiene tramos con un importante desnivel. El camino de regreso es el mismo que el llevado a la ida.

Valores naturales.- En esta ruta hay bastantes valores paisajísticos y naturales. En concreto, un amplio pinar, praderas de montaña y zonas de roca. Entre la fauna que puede verse figura el buitre negro, el águila, el ratonero, el picapinos y algunas especies de aves de bosque.

Dónde comer.- Casa Marcelino en el puerto de Los Cotos es un buen lugar para reponer fuerzas.

Chapuzones en agua fría de montaña para combatir el calor

ANDRÉS CAMPOS
 
Pocos placeres más elementales e intensos que zambullirse en pleno verano en una charca rebosante de las aguas frías de la montaña, cuya pureza atestiguan las truchas y las nutrias. La Pedriza del Manzanares, el valle del Lozoya y la cuenca alta del Eresma ofrecen las mejores ocasiones para ello en la sierra de Guadarrama. A continuación se proponen cuatro sencillas rutas a pie para acercarse a las pozas más bellas y solitarias de la región.

- Río Cambrones. La poza del Guindo semeja un gran espejo ovalado: un espejo de 20 metros de largo por la mitad de ancho, enmarcado en una orla de hierba sobre la que se yerguen y contonean, mirándose y remirándose en el cristal de las aguas, varios álamos, fresnos, sauces y un lánguido cerezo, o guindo, que es el que da nombre al remanso.

Más arriba de la del Guindo, que, con su corte de árboles presumidos, es la reina de las pozas de la sierra, quedan la de Enmedio, la Negra -negrísima su agua en un tenebroso hondón, al pie de una espumeante cascada-, la del Barbas y un interminable rosario de pozas escalonadas que, de tan alto como suben, ya sólo espejan el cielo. Son las pozas o calderas del Cambrones, un riacho bravo y saltarín que desciende 900 metros en 14 kilómetros, desde su cuna en el puerto de Malagosto hasta las vecindades de La Granja, donde se lo bebe el Eresma. A las pozas se llega andando en una hora desde La Granja, por una senda que se desvía del viejo paseo de la Casa de Vacas a 500 metros del puente de la Princesa. La descripción y el croquis de la ruta se hallarán en www.segoviasur.com y en la oficina de información turística del paseo del Pocillo (teléfono: 676 457 395), cerca del punto de partida.

- Angostura. Desde el área recreativa Las Presillas, en El Paular, hasta la poza de Sócrates, junto al puerto de los Cotos, el río de la Angostura o alto Lozoya ofrece 15 kilómetros de buenas razones para darse un chapuzón. Las charcas más solitarias y apetecibles son las que quedan a medio camino, donde no se puede llegar directamente en coche.

Para disfrutar de ellas, nos echaremos a andar por la pista forestal cerrada al tráfico con barrera que nace en el kilómetro 32,4 de la carretera M-604 -a mano izquierda, según se sube hacia Cotos-, la cual nos llevará en media hora hasta el anciano puente de piedra de la Angostura, donde cambiaremos de margen.

Entre este puente y el de madera de los Hoyones, que está a dos kilómetros río arriba -otra media hora-, veremos sucederse los rápidos, las cascadas y las pozas profundas, más que muchas piscinas, a la sombra de los pinos albares, los robles y los abedules. Bañistas, en cambio, no veremos otros que los martines pescadores y las nutrias. Para orientarnos, hay sendos centros de educación ambiental en Cotos (teléfono: 918 520 857) y El Paular (teléfono: 918 691 757). Otra referencia útil para caminar por la zona es www.andarines.com/madrid/laangostura/angostura.htm

- Alto Manzanares. Caminando río arriba desde el último aparcamiento de la Pedriza se llega en tres cuartos de hora a la archifamosa Charca Verde, una poza de 20 metros donde al agua adquiere un vivo color de elixir de clorofila al remansarse entre gigantescas lanchas de granito que sirven de solárium para la muchedumbre habitual de bañistas. Muy tranquilo, el lugar, no es.

Si lo que se busca es intimidad, hay que seguir remontando el Manzanares casi dos horas; de hacerlo así, hallaremos, justo por encima de las cascadas conocidas como los Chorros, un rosario de pozas solitarias asombradas por pinos silvestres de añosísima corpulencia, con vistas a la riscosa cuerda de las Milaneras.

Sobre la ruta de los Chorros -diez kilómetros y cinco horas de duración, incluida la vuelta por el mismo camino- informan en el centro de educación ambiental (teléfono: 918 539 978) que abre todos los días junto al control de acceso a la Pedriza, a dos kilómetros de Manzanares El Real.

En los días más calurosos del verano, mejor opción que subir, es efectuar el descenso del Manzanares desde su nacimiento en el Ventisquero de la Condesa, cerca del puerto de Navacerrada, recorrido que se describe con detalle en www.excursionesysenderismo.com.

- Aguilón. Este arroyo, uno de los principales afluentes del Lozoya, se tropieza en su curso medio con una impresionante quebrada, lóbrega y vertiginosa, por la que se abre paso brincando de poza en poza con saltos de hasta 15 metros de altura.

El Purgatorio, que así se llama el paraje, es uno de los enclaves de mayor valor ecológico de la región, habitado por la nutria y el desmán de los Pirineos, lo que habla de la pureza casi teórica de estas aguas recién nacidas en la umbría de la Najarra. El camino de acceso, bien señalizado, parte del centro de educación ambiental Puente del Perdón (teléfono: 918 691 757), en el kilómetro 27,6 de la carretera M-604, a dos de Rascafría, y se va abriendo paso por robledales y pinares hasta llegar a la quebrada de marras.

La senda acaba en un mirador de madera frente a una de las cascadas, pero se puede seguir subiendo con cuidado por los escarpes rocosos de la margen derecha -izquierda, según se asciende- para gozar de las pozas que se esconden allende el Purgatorio. Este lugar, más alto, bello y solitario, es, apurando la metáfora, el paraíso. Son 12 kilómetros y cuatro horas de paseo, incluida la vuelta por el mismo camino. Se encuentran más detalles de la ruta en www.madrid.org/inforjoven.

En busca del Pino de las Tres Cruces, sobre el Valle de Los Caídos

Un recorrido por un camino solitario de amplias panorámicas que se abren sobre el valle de Cuelgamuros

ALFREDO MERINO

SAN LORENZO DE EL ESCORIAL.- El mejor sueño que puede concebir cualquier excursionista que se precie no es otro que recorrer un camino solitario que salte de cumbre en cumbre. Algo que se antoja difícil en estos tiempos que corren, en los que todo el mundo parece haber vuelto su mirada a la naturaleza. Y más aún en las cercanías de una urbe como la capital madrileña, capaz de despertar las ansias campestres en el más recalcitrante de los urbanitas.

Pero a tiro de piedra de nuestra ciudad se extienden solitarios recorridos y abren sus trazos aislados retazos de rutas que, por increíble que parezca, hacen realidad tan locos sueños. Un buen ejemplo se encuentra en el franco cordal que se extiende entre los cerros de La Carrasqueta y San Juan, justo encima de Cuelgamuros. Una marcha de sencillo acceso, que puede despacharse en un par de horas y completamente solitaria. Ideal para una tarde de verano.

MAS QUE UN SIMPLE ARBOL.- Hace tiempo que el caminante recorrió esta ruta para descubrir un pino cuya extraordinaria vegetalidad le había convertido en algo más que en un simple árbol. ¿Qué mejor excusa para echarse a andar que saludar a un viejo amigo?

Se elevaba este especimen justo en el ángulo noroeste de la tapia que delimita los terrenos del Valle de los Caídos. Era uno de los más añejos del Guadarrama. Con una altura por encima de los 25 metros, el perímetro de su tronco alcanzaba tres metros y medio. Se le conocía como el Pino de las Tres Cruces. Parece que el nombre le vino por las cruces que tenía grabadas en su tronco. Aunque hay quien cree que aludía a que en este preciso punto coincidían los términos municipales de El Escorial, Guadarrama y Peguerinos. Los más píos, por el contrario, aseguran que se debía al hecho de que tan formidable presencia, sólo podía aludir a la Santísima Trinidad.

La concurrida Fuente de las Negras es el punto de partida. Allí se inicia un sendero que, hacia el norte, penetra en el bosque. El camino, transita bajo un cuidado arbolado, descubriendo de vez en cuando bucólicas praderas y esparcidas pedrizas. Manteniendo el rumbo, encara una fuerte pero corta pendiente. En su final se encuentra el refugio de La Naranjera. También conocido como La Carrasqueta, es una de esas recias construcciones que se esparcen por esta parte del Guadarrama. Construidas hace varias décadas para albergar los servicios de cuidado y gestión de estos montes, hoy aguardan olvidadas convertirse en ruinas.

En el lado oeste de este paraje, conocido como La Portera del Cura, se extiende interminable una valla de piedra. Es el límite de las posesiones del Patrimonio Nacional, en cuyo centro se encuentra el Valle de los Caídos, otrora conocido como Cuelgamuros. Al otro lado de la valla, unas cercanas piedras ofrecen descansadas terrazas desde las que se contempla a placer la «mayor cruz de la Tierra» o, si se quiere, «la octava maravilla del mundo». Un tremendo monumento de 150 metros de altura y cerca de 50 de envergadura, erigido tras la guerra a fuerza de sudor de presidiario, por expreso deseo del general Franco. Mejor dejarlo aquí y seguir con nuestra caminata.

Cruzada de nuevo la cerca, se toma a mano derecha -noroeste- el ancho camino que discurre paralelo a la misma. De inmediato, se inicia un empinado descenso que se solventa con un par de descarnadas revueltas. Atraviesa el sendero un sombrío bosque alfombrado de espesas gayubas y el pinar se acicala con el perfume de romeros, cantuesos, jaras y tomillos. A continuación, atraviesa una amplia colladona, donde la vista abarca la depresión de Pinares Llanos.

LA NATURALEZA POR LOS SUELOS.- El bosque se aclara y se llega hasta el fin de la cerca, donde debía estar el Pino de las Tres Cruces. Pero el venerable árbol ya no se apoya en la esquina de la finca. Su altivo tronco, yace en el suelo tras el cercado, desmochado y sin ramas. Su antaño lustrosa madera hoy es un tronco rígido y gris, se diría que cadavérico. Entre los piornos las pruebas del crimen: un par de bidones de plástico, una camiseta y virutas en el suelo.

Mas la vida sigue. Otro pino de considerables dimensiones crece a escasos metros. Sus ramas lanzadas al cielo proclaman que hace tiempo tomó el relevo de su padre.


Datos prácticos

Cómo llegar.- La manera más razonable de llegar al comienzo de la ruta, es a través del puerto de Malagón, al que se accede desde San Lorenzo de El Escorial. Desde el collado, una carretera en mal estado lleva en cuatro kilómetros hasta la Fuente de las Negras, donde se inicia la andadura. .

Horario.- Entre tres horas y tres horas y media para el recorrido de ida y vuelta.

Indicaciones-. Dada la situación de la ruta y el reducido horario que supone, junto con lo prolongado de los días en esta época del año, puede emprenderse a la caída de la tarde, cuando el calor comienza a remitir.

Valores naturales.- Buitre leonado, águila real, picapinos, ardilla, jabalí, etcétera.

Dónde comer.- Restaurante La Genara, en El Escorial.


Las autopistas más ecológicas. Senderos de gran recorrido

 
ANDRÉS CAMPOS
 

Los senderos de gran recorrido (GR) son itinerarios de medio centenar de kilómetros en adelante, que generalmente discurren por caminos anchos -pistas forestales, cañadas reales, antiguas calzadas...-, sin grandes pendientes y, para mayor comodidad, señalizados con trazos de pintura blanca y roja. Recorren la sierra de Guadarrama por sus dos vertientes, pero también las que parten del centro mismo de la ciudad.

- Sendero GR-10

Uno de los grandes clásicos del senderismo español es este itinerario de Valencia a Lisboa, que corre 200 kilómetros por tierras madrileñas, desde Patones hasta San Martín de Valdeiglesias, bordeando la ladera meridional del Guadarrama. Las serrezuelas de Patones y La Cabrera, las dehesas de Miraflores y Manzanares, el valle de la Fuenfría y los pinares del embalse de San Juan son algunos de los paisajes gloriosos que surca. El tramo más vistoso, empero, es el que va del puerto de Guadarrama a San Lorenzo de El Escorial por la cresta de Cuelgamuros. Es una travesía de 20 kilómetros y unas seis horas, sólo ida. El tramo de Cuelgamuros se explica paso a paso, con planos y fotografías, en www.trotamontes.org/marcoabantos.htm.

- Sendero GR-10.1

Se trata de una variante del anterior, del que se desgaja en el paraje de El Collado, en Bustarviejo, y con el que vuelve a juntarse en el puerto de la Fuenfría, en Cercedilla, después de dar un rodeo de 50 kilómetros por el valle madrileño del Lozoya y el segoviano de Valsaín. La última parte del sendero, la más espectacular, conduce del puerto de Cotos al de la Fuenfría por el camino viejo de El Paular y la umbría de Siete Picos, atravesando los arroyos que dan origen al Eresma y el bosque de pinos silvestres más cuidado de España. Incluyendo la bajada a Cercedilla, es una caminata de 22 kilómetros y unas seis o siete horas de duración, sólo ida. Tanto Cotos como Cercedilla están comunicados con trenes de Cercanías (Renfe, teléfono 902 24 02 02) y autobuses de Larrea (teléfono 91 398 38 05), por lo que no se necesitan vehículos de apoyo (www.madrid.org/inforjoven.)

- Senda Real

Inaugurada en octubre de 1999 y homologada poco después como GR-124, esta ruta senderista, idea feliz de Ecologistas en Acción, invita a ir de la ciudad a la sierra por el camino más directo. Son 47 kilómetros desde la glorieta de San Vicente hasta el castillo de Manzanares el Real, rodeando por el este el monte del Pardo, atravesando los pastaderos de Colmenar y orillando el embalse de Santillana. Desde el puente medieval que hay señalizado en el kilómetro 38,400 de la carretera M-604, entre Colmenar Viejo y Cerceda, se puede seguir fácilmente la Senda Real hasta Manzanares paseando entre dehesas de ganado bravo. Es éste un paseo de 15 kilómetros y cinco horas de duración, incluida la vuelta por el mismo camino. (www.ecologistasenaccion.org/madrid/natural/senda/real.htm)

- Senda de las Merinas

Esta ruta de 53 kilómetros comunica naturalmente la ciudad con la sierra Oeste, yendo desde la misma glorieta de San Vicente hasta San Lorenzo de El Escorial, por la Casa de Campo, Pozuelo, Villafranca del Castillo, Valdemorillo y Zarzalejo. Las vías pecuarias por las que discurre en todo momento -la vereda de San Antón, la de las Carreras, la colada del Camino de la Crucijada...- explican su bautismo. Para una sola jornada, lo más apetecible es pasear desde el barrio de la estación de Zarzalejo hasta Valdemorillo llevando a una y otra mano hermosas dehesas de encinas. Al inicio de este recorrido de 20 kilómetros y seis horas -incluida la vuelta por el mismo camino-, se pasa junto a las lagunas de Castrejón, en cuyas aguas someras se refleja la mole granítica de la Machota Chica. El sendero completo se detalla en www.andarines.com, bajo el epígrafe Una salida por el oeste.

- Sendero GR-88

Se le conoce también como Sendero Segoviano, porque la mayor parte de él (140 kilómetros) discurre por la falda septentrional del Guadarrama, entre los términos de El Espinar y Cerezo de Abajo, siguiendo casi siempre la cañada real de la Vera de la Sierra, y sólo al final se adentra 45 kilómetros en Madrid para ir a enlazar con el GR-10 a la altura del Pontón de la Oliva, en Patones. La carretera se cruza con el sendero GR-88, que invita al caminante a subir por la Loma Mediana, entre los valles de los ríos Jarama y Ermito, contemplando el único bosque madrileño de hayas. En tres horas, se puede alcanzar la divisoria de aguas de la sierra y asomarse a la llanura segoviana. Información en la Federación Española de Montaña y Escalada: www.fedme.es

Los antiguos pinares de Segovia

 
(extracto del libro, Memorias del Guadarrama, Historia del descubrimiento de unas montañas, de Julio Vías)
 
 
Remontando como una gran marea verde las faldas de Peñalara hasta casi rodear las altas escarpaduras de la cumbre, se extienden por ambas vertientes de la montaña algunas de las mejores masas de bosque de pino silvestre de toda Europa. En la vertiente segoviana la vista se pierde en el gran océano de pinos de los montes de Valsaín, "joya de la riqueza forestal de nuestro país", como fueron calificados en 1884 por los ingenieros encargados de su ordenación Rafael Breñosa y Joaquín María de Castellarnau. Al otro lado de la sierra, los no menos valiosos pinares de El Paular, encajonados en el fondo de la cabecera del Lozoya por el poderoso abrazo de las cumbres de Peñalara y las Cabezas de Hierro, y que por su paisaje y umbrosa vegetación merecieron, en 1864, el calificativo de "valle alemán", en la Memoria de Reconocimiento de la Sierra de Guadarrama, del ingeniero Máximo Laguna, el cual, habiendo estudiado en la Escuela de Montes de Tharandt, en Sajonia, creía otorgarles así la máxima categoría forestal y paisajística.
 
Aunque la historia de estos dos montes tiene un origen común, los avatares por los que pasaron cada uno de ellos fueron muy distintos. Pertenecientes ambos a la Comunidad de Villa y Tierra de Segovia desde el siglo XII y frecuentados habitualmente por los reyes de Castilla en sus monterías, sus destinos se separaron a causa de las ambiciones, intereses e intrigas que durante siglos movieron al hombre por la posesión de su gran riqueza maderera.
 
El primero en segregarse de la común propiedad de Segovia sería el llamado Monte Cabeza de Hierro, en las alturas del valle de El Paular, dónde, a partir del siglo XVI, los monjes cartujos del monasterio, que desde su llegada al valle en 1390 tenían únicamente los derechos para pastar en él sus ganados, comenzaron a talar pinos que vendían en las vecinas tierras del Señorío de Buitrago. Tras las denuncias interpuestas por Segovia y los pleitos aq ue dieron lugar, finalmente los monjes serían condenados a respetar el antiguo dominio de la ciudad sobre los pinares.
 
Pero en 1675 una Real Cédula del rey Carlos II otorgaba al monasterio la propiedad del monte sin que las protestas de los segovianos que alegaban la menor edad del rey y que este documento se había firmado sin su conocimiento, fueran tenidas en cuenta. Tras otra larga sucesión de pleitos, Segovia perdió definitivamente sus derechos frente a la entonces poderosa cartuja, excepto en una estrecha y elevada franja del pinar conocida como la Cinta de Peñalara.
 
Trasl a périda de los pinares de El Paular, Segovia siguió conservando los de Valsaín hasta que, en 1761, el rey Carlos III, gran aficionado a cazar y pescar en estos bosques, decidió incorporarlos al patrimonio real expropiándolos a sus seculares propietarios junto a los montes de Riofrío y las matas robledales de San Idelfonso y Pirón. Otra vez desposeída, a Segovia sólo le quedaron los derechos de explotación de los pastos, las leñas muertas, algunas ramas de acebo para las celebraciones del Domingo de Ramos, y las ramas de piornos necesarias para cubrir y conservar la nieve de los ventisqueros
 
Los llamados a partir de entonces Reales Montes de Valsaín, o mas popularmente en singular, Pinar del Rey, fueron acotados o amojonados para señalar con exactitud las propiedades de la corona creándose a su vez un severísimo cuerpo de guardería para vigilarlos. Precisamente fueron dos de estos cotos o mojones, los que señalaban el límite entre los pinares reales y el monte Cabeza de Hierro perteneciente al vecino monasterio (del Paular) y que aún hoy se conservan jalonando el paso de la carretera en lo alto del antiguo puerto del Paular, los que acabarían por dar a este paso su actual denominación de puerto de los Cotos

LA PRIMERA EXCURSIÓN DEL GUADARRAMA. Marcha Giner, por Alfredo Merino

 
(Nota publicada en el Diario El Mundo el día 24 de Julio de 2002)
 
Marcha Giner. Los próximos días 26, 27 y 28 se realizará esta ruta, que recuerda la más temprana visita que la Institución Libre de Enseñanza llevó a cabo en la sierra madrileña
La primera excursión del Guadarrama

ALFREDO MERINO

Corría el verano de 1883 cuando a Francisco Giner de los Ríos se le presentó la ocasión de llevar a la práctica el más original y recordado de sus planteamientos educativos: la visita a la naturaleza. Así que el precursor del ecologismo español organizó sus vacaciones de una manera por aquel entonces muy original: recorrería la sierra de Guadarrama.

Junto con otros profesores y alumnos de la Institución Libre de Enseñanza, el maestro emprendió el 14 de julio de aquel verano un largo recorrido que le permitió cruzar la sierra en tres jornadas.El viaje constituyó la primera excursión colectiva realizada en la sierra de Guadarrama y está considerada como uno de los primeros hitos del guadarramismo.

Los próximos días 26, 27 y 28 de julio se va a conmemorar la salida realizada hace 119 años. Organizada por el Foro de la Sierra y con la colaboración de la Comunidad de Madrid, la Marcha Giner repetirá con la mayor fidelidad posible el recorrido original.Para ello, saldrán cada una de las jornadas de los mismos lugares que lo hicieron aquellos hombres, pernoctando donde ellos pasaron la noche.

La excursión repetirá de cabo a rabo aquel memorable viaje, pero su intención no es glosar en exclusiva sus indudables méritos deportivos. «Se trata de algo que va más allá de una simple actividad, como la marcha. Buscamos aproximarnos al Guadarrama desde la perspectiva más humanista y cultural», explica Domingo Pliego, uno de sus organizadores.

Junto con Giner, a la sazón con 44 años de edad, marcharon el también profesor Manuel Bartolomé Cossío; los colaboradores Salvador Calderón, José Madrid Moreno y Jerónimo Vida, ambos en calidad de naturalistas y los alumnos Pedro Blanco, Julián Besteiro, Eduardo y Alejandro Chao, Jorge Arellano, José María Garay, Raimundo Martínez Vaca, Luis Prieto y Darío Cordero. Catorce personas en total de las que cabe citar de manera especial a Besteiro y Garay, que años más tarde se convertirían en presidente de las Cortes constituyentes y en alcalde de Madrid, respectivamente.

Hoy, aquel recorrido sigue siendo duro y cansado. Entonces lo fue mucho más. Hay que tener en cuenta que aún no funcionaba el ramal ferroviario que une Villalba con Cercedilla, ni tampoco estaba trazada la carretera que alcanza el puerto de Navacerrada.«Para cumplir sus objetivos no les quedó más remedio que el primer día, por ejemplo, salir de Villalba a las 3.00 horas. «Después de atravesar lo más abrupto de la sierra, alcanzaron el monasterio de El Paular a la caída de la tarde», cuenta el geógrafo y miembro de Ecologistas en Acción Alvaro Blázquez, de quién partió la idea original de organizar esta marcha.

La segunda jornada, igual que hicieron Giner y sus compañeros, transcurrirá en la visita al monasterio de El Paular, Casa de la Horca, puente del Perdón y otros lugares de interés del Alto Lozoya. Por último, el tercer día, el domingo 28 de julio, se completará la marcha con la travesía del Alto Guadarrama, desde Rascafría a La Granja a través del histórico puerto del Reventón.

En todo momento se ha intentado recorrer los mismos caminos que tomaron. Aunque no siempre ha sido posible. Para encontrar la mayor fidelidad posible, Domingo Pliego, experto senderista, ha llevado a cabo una labor detectivesca, rebuscando entre los jarales, bosques y pedrizas aquellas olvidadas sendas.

APOYOS

UNA ESTACION SINGULAR: LA FUENTE DE LOS GEOLOGOS

Uno de los lugares por los que el próximo fin de semana pasará la Marcha Giner también celebra un cumpleaños que, hasta la fecha, ha pasado por completo inadvertido.

A escasa distancia del puerto de Navacerrada y en el arcén de la carretera, la fuente de los Geólogos es uno de los monumentos más conocidos de todo el Guadarrama.

Inaugurada hace 70 años, es obra del arquitecto alpinista Julián Delgado Ubeda, quien la levantó por encargo de la Comisaría de Parques Nacionales. No existía, pues, en el momento en que se realizó la excursión primigenia.

Fue erigida en memoria de cuatro insignes geólogos: Casiano de Prado, José Macpherson, Salvador Calderón y Francisco Quiroga.

A su inauguración, en julio de 1932, acudieron entre otros el presidente de las Cortes, Julián Besteiro, y en ella se glosó la figura de aquellos hombres de ciencia que, según recordó Eduardo Hernández Pacheco, «fueron los primeros que estudiaron la geología española y sintieron profundamente el amor por la naturaleza y el paisaje».

Como insisten los organizadores, la intención es repetir el camino andado en el siglo XIX.

Aunque no siempre lo han logrado. «Algunas pistas han desaparecido, sobre todo las que siguieron la primera jornada. También evitaremos un tramo, cerca de La Granja, donde ellos se perdieron», explica Pliego.

Al final, ya en La Granja, una visita por los jardines del palacio reconfortará los ánimos cansados.

Más adelante, dentro de unos meses, se editará un libro que recogerá los avatares de ambas excursiones, la de 1883 y la de 2003, con un profundo análisis de la evolución del paisaje entre ambas fechas.

Giner de los Ríos, el maestro ecologista

Francisco Giner de los Ríos, filósofo y pensador español, fue, antes que cualquier otra cosa, maestro en el sentido más amplio y extenso de la palabra.

Nacido en Ronda (Málaga) en 1839, su paso por Alemania le permitió conocer al filósofo Federico Krause, importando a España sus teorías, el krausismo.

Las aplicó a partir de 1876 en la Institución Libre de Enseñanza, fundada por él como centro de formación al margen de las influencias de la Iglesia y del Estado, los dos entes dominantes de las escuelas de la época.

Entre los conceptos de su método, destacaba por lo novedoso el contacto con la naturaleza.

Una inquietud no sólo teórica, sino práctica, llevándola a cabo a través de repetidas excursiones y recorridos de carácter científico-educativo a lo largo de la geografía española.

A pesar de ser la primera excursión, el recorrido por la sierra de Guadarrama que se revivirá el próximo domingo sentó las bases de esta manera de acercarse al medio natural: mediante el respeto y el conocimiento. Conceptos bien presentes hoy en el movimiento ecologista.

El Escorial, por Teresa Berganza

Los árboles tienen personalidad y cada uno es diferente
Hace casi tres décadas Teresa Berganza eligió este lugar para vivir cerca de la naturaleza. El mismo al que venía con sus padres de pequeña a pasar los domingos
 
Asegura Teresa Berganza, una de las grandes voces de la lírica mundial, que San Lorenzo de El Escorial es el lugar idóneo para vivir. Rodeando al monasterio -«una maravilla llena de maravillas en su interior»-, hay un incomparable marco natural que la mezzosoprano recorre a pie siempre que puede. «Me gusta mucho caminar. Suelo dar paseos de hora y media. A mi hijo también le gusta y a veces subimos juntos a la Silla de Felipe II o a Abantos. Pero sobre todo paseo por la Herrería». Unos paseos que considera terapéuticos porque le sirven para contrarrestar la vida social que su profesión requiere y que confiesa que no le ha gustado nunca. «Me gusta ir sola, a paso rápido, sin escuchar música, disfrutando de la soledad y el silencio. Cada vez los necesito más. Me gusta mirar los árboles, porque tienen personalidad y cada uno es diferente. Aquí hay algunos que, si me los dieran, los pondría en mi casa como una escultura».

Dice que este año ha echado en falta en sus paseos los pequeños arroyos que suelen correr en invierno. El recuerdo de esta escena bucólica la transporta al pasado, cuando llevaba a sus hijos al pinar de Abantos: «Siempre querían ponerse las botas de agua, porque su ilusión era meterse en los riachuelos, que caían tan bonitos... Ahora están secos. No hay agua».

Inevitablemente el cambio climático se cuela en la conversación. «Recuerdo los inviernos de antes, y hablo de veintitantos años atrás, te levantabas por la mañana y estaba todo grisáceo. En Bilbao ante ayer tuve que protegerme del sol». Lo dice cuando diciembre va ya por la segunda quincena. «Si seguimos maltratando a la Naturaleza un día se vengará. Es muy fuerte y no podemos ir contra ella», se lamenta.

Acaba de volver de Bilbao, donde ha cantado en un concierto organizado por el BBVA. Unos días antes actuó en Madrid, en el auditorio del Museo del Prado, y la semana anterior estuvo en Amsterdam... «La vida que hago es de locos. Aviones, cambios de horario, de clima, de dieta... Por eso cuando cumplí los cincuenta me impuse una vida sana». En la que incluye, aparte de sus caminatas, la práctica diaria de yoga desde hace diez años. «La vida del artista es muy inestable, con momentos de éxito y otros más bajos. Hace falta equilibrio mental para llevarlo bien. El yoga me lo da».

Lo dice quien ha conocido el éxito desde muy joven, aunque afirma que nunca ha sido profeta en su tierra. «Y creo que sigo sin serlo. No me conocen. Tengo un público bergancista que me quiere muchísimo, pero mucha gente no sabe quién soy, porque no soy una cantante mediática. Tuve que serlo al comienzo de mi carrera, en Estados Unidos, en una época en que no había más remedio que estar en la televisión, en programas como los de Maurice Chevalier, y presentar discos, como se hace ahora aquí. Pero yo me he dedicado a cantar y a volver después a mi casa o al hotel. Me marché de España porque en aquella época no podía hacer nada... Fui una emigrante y gracias a ello soy lo que soy. Si no, estaría dando clases de solfeo o tocando el piano en algún colegio».

Resulta difícil imaginarse a Teresa Berganza en esa «tesitura». Es más fácil pensar en ella en uno de sus recitales, «auténticos espectáculos teatrales en los que la música, la palabra y el gesto constituyen una unidad», como consta en su presentación en la web de los Premios Príncipe de Asturias, galardón que recibió en 1991, compartido con otras figuras de nuestra lírica. Entre ellas, Victoria de los Ángeles, fallecida hace dos años, en cuyo homenaje va a participar. «Para mí es un gran honor. Mientras lo cuento siento escalofríos, porque Victoria ha sido muy querida para mi y creo que no se le ha hecho mucha justicia, siendo tan gran cantante. Este homenaje me parece una responsabilidad enorme, porque pienso si le gustaría el programa o cómo voy a cantar».

Mi cabeza es joven

Hay otros proyectos para el próximo año, como el Concurso Viñas, en el Liceo de Barcelona. «Luego me voy a cantar por esos mundos. Aunque a Estados Unidos no sé si voy a ir, porque es tremendo lo de los aeropuertos... Te quitan los zapatos, te deshacen las maletas, te piden explicaciones de cada medicina... Y ahora que no soy joven, bueno si lo soy de aquí -dice señalando la cabeza-, aunque no por mi fecha de nacimiento (1935), por qué tengo que pasar por todo eso».

Mientras pasea por el bosque de laHerrería, posando para las fotos, le pide al fotógrafo que la saque guapa. Una petición que no le parece nada complicada al fotógrafo, que se concentra en que el paisaje que capta no desmerezca a la entrevistada. Es coqueta y se cuida mucho, aunque sabe adaptarse a su edad: «Cuando me veo arreglada y pintada me pregunto por qué se opera la gente. Si yo lo hubiera hecho, mira como estaría», dice mientras se estira la piel de la cara con las manos. Después ríe y comenta: «El pelo blanco también es. Para qué tapar las canas si son bonitas. Como las manchas y las arrugas, cada cosa a su edad».

Las hojas de los robles han caído ya y crujen bajo los pies de Teresa Berganza. Frente a la ermita de la Virgen de Gracia recuerda que a este lugar venía con sus padres cuando ella y sus hermanos eran pequeños, «con los filetes empanados, la tortilla de patata y, sobre todo, las empanadillas que hacía mi madre. Qué buenas estaban».El camino desde la estación, situada a unos dos o tres kilómetros, lo hacían apie, con la cesta de la comida y la manta que luego extendían sobre el suelo. Entonces ya le gustaba El Escorial y preguntaba a su padre por qué no iban a veranear allí. «Y él me contestaba que esto era para los ricos». Iban tan sólo de visita, a ver a una hermana de su padre, que cosía para unos militares que, por una de esas «casualidades del destino», vivían justo en el mismo lugar donde Teresa Berganza tiene ahora su casa, frente al monasterio. Con gran sorpresa, comprobó que entre las casas que Patrimonio puso en alquiler estaba ésa.

Los recuerdos se agolpan

Los recuerdos se agolpan en su mente. «Podríamos estar hablando una semana», comenta entusiasmada. Escucharla es un placer, casi tanto como oírla cantar. A la voz une sus gestos -«nací artista»-, que son cordiales y acogedores.

La afición por la naturaleza la ha heredado de su padre. «Era excepcional. Nos enseñaba las flores y los bichitos. Y nos explicaba... Recuerdo que una vez vimos dos lagartijas, una sobre la otra. Fue la única vez que mis padres me dijeron cómo se podía hacer un niño. Y yo pensaba, "qué cosa más rara que luego salga un lagartijito de estos dos"». También le atribuye su creatividad. Y a su madre el tener los pies en el suelo.

Se considera tímida, extrovertida y hogareña. Y afirma haber encontrado aquí la casa de sus sueños. Señala un largo corredor interior que comunica con otras viviendas. Sus muros de piedra y los faroles colgados del alto techo parecen trasportarnos a otra época. Y la resonancia que encuentran las voces añade aún más misterio. «Esto es como un convento. A mí, que me gusta la soledad y que soy una mujer mística, aunque no en el sentido religioso, me encanta entrar aquí, pienso que soy como las viudas del siglo XVII que se iban a los monasterios pero que tenían su apartamento propio».

Explica entre bromas que si se encontrase con Felipe II paseando por allí, una vez repuesta del susto, le diría: «Pase, Majestad, que le voy a cantar una canción maravillosa de las de su tiempo». No cabe duda de que el monarca creería estar en la gloria.

Para mantenerse en forma, Teresa Berganza camina una hora y media diaria. La Herrería es su lugar favorito.

Naturaleza y arquitectura

Situado a los pies del monte Abantos, San Lorenzo del Escorial aúna naturaleza y arquitectura. Piedra berroqueña y pinares en los alrededores proporcionaron a Felipe II los elementos básicos para la construcción del monasterio, en cuyo interior se encuentra el panteón real, un encargo de su padre, Carlos V. Desde la silla que lleva su nombre, el monarca contemplaba la evolución de la obra que ha pasado al acervo de frases populares como ejemplo de lentitud y parsimonia. Pero el resultado mereció la pena. Desde la plataforma de granito en la que se encuentra la Silla se divisa una magnífica panorámica del pueblo y del paisaje que le rodea. Destaca el monte Abantos (1.752 metros), declarado paisaje pintoresco en 1961, un lugar emblemático para los senderistas. La verticalidad de sus laderas y las repoblaciones realizadas en el pasado, cuando la antigua Escuela de Ingenieros de Montes tenía aquí su sede, dan lugar a una diversidad de entornos que lo convierten en el destino ideal para los amantes de la montaña. En el llano se extiende el bosque de la Herrería, declarado de especial interés ecológico en 1995. En él se alternan zonas de bosquetes de roble melojo con otras formaciones adehesadas en las que conviven robles y fresnos. Durante las fiestas de San Lorenzo, en el mes de agosto, tiene lugar la Travesía de las Cumbres que rodean a El Escorial, 19 kilómetros en los que Las Machotas (1.404 metros) son lugar de paso obligado.

 
 

Valsaín

ANTONIO SÁENZ DE MIERA

Los pinares del Guadarrama son inseparables del paisaje de la Sierra: pinares de Canencia y Navafría, de San Rafael y El Espinar, de Peguerinos, de Fuenfría, de la Acebeda y de Valsaín... Más de 60.000 hectáreas de bosque de pino silvestre que, tradicionalmente, han supuesto un modo de vida para los habitantes de los pueblos serranos. Cuando yo le preguntaba a mi padre por qué El Espinar tenía banda de música y Cercedilla no, me respondía sin dudar un momento: porque tienen mejores pinares. Pero, agregaba enseguida, con ser buenos, no se pueden comparar con los de Valsaín.

Y es que el bosque de Valsaín, uno de los más bellos del mundo, ha sido siempre considerado el rey de los pinares guadarrameños. Fue durante muchos años la posesión más valiosa de la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia; en 1761, con Carlos III, pasó a ser propiedad de la Corona y, a partir de ese momento, no ha dejado de estar en manos del Estado, algo que Segovia nunca ha visto con buenos ojos, pero que indudablemente ha contribuido de forma decisiva a su conservación.

En nuestros días, la previsible creación del Parque Nacional del Guadarrama ofrece una ocasión excepcional para la definitiva ubicación de este bosque único en el conjunto serrano. Valsaín no puede quedar fuera del futuro Parque; ninguna razón podría justificar tamaño despropósito y son los políticos y los técnicos los que tienen que encontrar fórmulas que lo eviten. El nudo de la cuestión es tan fácil de explicar como complicado de resolver sin tocar ninguna fibra sensible. Todo depende de que la corta de la madera sea considerada como una industria extractiva o como una actividad tradicional. Como industria extractiva, quedaría prohibida por el Plan Director de Parques Nacionales, algo que rompería el equilibrio entre el paisaje humano y el paisaje natural, que ha sido clave en el desarrollo de un bosque bellísimo comparable con los pinares más importantes de Centroeuropa.

El Guadarrama cambia, más despacio o más deprisa; nuestra Sierra no es un espacio natural de valores eternos que hay que preservar. No es ni será siempre la misma, aunque lo queramos, aunque, en ocasiones, nos lo parezca, y tenemos que procurar que esos cambios no se pervientan ni nos pervientan. Sería tan grave tratar de hacer del bosque segoviano una especia de museo intocable como intentar que fuera un negocio sin limitaciones ni controles. La explotación que se ha venido realizando en Valsaín, y que no parece haber perjudicado su adecuada conservación, podría mejorar sensiblemente con su adscripción al Parque, sin necesidad de acabar con una industria que produce el cinquenta por ciento de la madera de la Sierra de Guadarrama, que es además la mejor madera de pino de España y un medio de vida para ciento cincuenta familias.

Una cuestión de semántica no debería conducir a una solución tan indeseable. Pero tampoco sería admisible que, para mantener la explotación, se acudiera a subterfugios que dejaran a Valsaín fuera del Parque y en manos, quizás, de los interés madereros. Por prudencia y por sentido común, tales soluciones deben ser rechazadas de plano. Tan increíble sería pensar en Segovia como Ciudad Monumental sin su acueducto como pensar en el Parque del Guadarrama sin su Valsaín. Son inseparables. El pinar de Valsaín, uno de los tesoros más preciados de nuestra Sierra, está llamado a ser el pulmón de un Parque Nacional que tendrá en el Valle del Lozoya su corazón. Nada nos faltará: Segovia, presente en el Patronato del Parque, satisfará su vieja reivindicación histórica al tiempo que sus pinares más queridos seguirán formando parte de ese “Guadarrama, viejo amigo”, de esa “sierra ris y blanca” que Machado decía ver en sus tardes madrileñas en uno de sus versos más conocidos, escritos, no lo olvidemos, camino de Valsaín.

 
 
 
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